María de Lourdes Santiago

Punto de vista

Por María de Lourdes Santiago
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El plebiscito del PNP

Decía el escritor irlandés Oscar Wilde, que él podía “resistirlo todo, menos la tentación”. De esa pobreza de voluntad padecen muchos.

En la política, esa inclinación a sucumbir puede terminar echando por la borda las mejores oportunidades o las más reiteradas promesas. El plebiscito unilateral que tendrá lugar este domingo es un gran ejemplo.

Lo que comenzó como la celebración de que —al fin— las fuerzas que persiguen superar el actual estatus colonial pudieran encontrar un espacio de consenso para un proceso que nos llevara a una nueva relación con los Estados Unidos, ha terminado convirtiéndose en un ejercicio electoral al servicio del Partido Nuevo Progresista (PNP), que no pudo decirle que no a tres tentaciones: los fondos federales, su tendencia a la imposición por encima del consenso y el instinto colonizado de bajar la cabeza.

Cuando se consideró el proyecto de ley con la versión original del Plebiscito, según la cual se presentaría al País una papeleta con dos opciones, la estadidad, o la libre asociación/independencia, el presidente del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Rubén Berríos, advirtió del peligro que representaba la cláusula que sometía la votación al escrutinio del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. No había por qué confiar, alertó Rubén, en que quienes tan bien se habían servido de la colonia se interesaran en descolonizar.

En aquel momento, a pesar de ser un proyecto imperfecto, distinto a la Asamblea de Estatus que representa para nosotros el mecanismo idóneo, el PIP y otras agrupaciones políticas determinamos participar en el plebiscito como un gesto de buena fe para mover el tema del estatus cediendo nuestras preferencias y contribuyendo al consenso entre distintos sectores. Pero por ahí estaban los $2.5 millones que el expresidente Barack Obama había asignado para una votación de estatus que se hiciera en términos que fueran de la satisfacción del Norte.

Y como pedirle al PNP que refrene su voracidad de fondos federales es como decirle al viento que no sople, terminaron pidiendo permiso al colonizador para la consulta descolonizadora. En su contestación, tardía y tajante, Justicia federal exigió que se incluyera el “actual estatus territorial” entre las opciones y el gobernador, luego de un tuit inicial diciendo que esa inclusión era “inaceptable”, terminó rindiéndose.

La flojera estadista implicaba desconocer que en noviembre del 2012, en una concurrida votación, ya el País había declarado claramente que no quería continuar con el estatus que ahora ellos vuelven a colocar en la papeleta. Su claudicación —como bien sabían ellos que ocurriría— ponía en entredicho el ánimo descolonizador del plebiscito, empujando a los proponentes de la libre asociación y la independencia fuera del proceso. Y así, de proceso consensuado para la descolonización, el plebiscito ha degenerado en un “rally” PNP amenizado por la propaganda de mitos y miedos.

Pero no es sólo que ahora los estadistas vayan solos a votar. Es que para añadirle sal a la herida autoinfligida de la inclusión de la colonia en la papeleta, el Departamento de Justicia ha “aclarado” que no le ha dado el visto bueno al plebiscito. Ahora tienen, por cada tentación que no resistieron, un desaire. No tienen aval federal ni aún haciendo lo que les dijeron; no tienen la participación multisectorial que daría legitimidad al proceso, y no tienen ni un centavo de los $2.5 millones por los que tanto salivaron. Y tampoco les queda, vayan pocos o muchos a votar, otra opción que enfrentar a la nación de la que, a pesar de maltratos y desprecios, quieren convertirse en un apéndice.

Así, al final del día, terminará el País regresando a la vía de la suprema definición. Y con la constancia de siempre, estará el independentismo, en defensa de nuestra nacionalidad y nuestra libertad.

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