Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El PNP

El primer recuerdo que tengo del Partido Nuevo Progresista se retrotrae al día de las elecciones de 1968. Tenía menos de diez años y ningún interés por la política. Ese día histórico, en que terminaba el largo dominio del Partido Popular Democrático, fue vivido desde la indiferencia. La memoria de esa jornada se formó porque en una de mis idas y venidas al parque que quedaba al final de la calle, mientras en la casa los adultos seguían los resultados por televisión, un amigo se entusiasmó con la victoria y me comunicó que él “era PNP”. El niño tenía mi edad y como yo entendería poco o nada de lo que ocurría, pero ya a esa corta edad sus padres le habían inculcado esa seña de identidad: se era PNP como se era zurdo, asmático o primo de los Sánchez de Corozal, es decir de manera inocultable y fatal. Aparentemente, ese día “ser PNP” proveía una novel satisfacción, la de la victoria total.

Cualquiera que haya leído mis columnas o que me haya escuchado en conversatorios y la radio, conoce lo que pienso del bipartidismo puertorriqueño que se inauguró con las agrupaciones protagonistas de las últimas décadas ese día hace casi 52 años. Si el país tiene alguna esperanza, esta consiste en que se afiance y aumente la tendencia que se ha dado en las últimas elecciones y los porcientos de voto que reciben el PNP y el PPD continúen reduciéndose. Ambos partidos son de un monstruo las dos patas y el esperpento se sostiene por ofrecimientos engañosos a la ciudadanía. Monstruos al fin, monstruosas han sido las consecuencias: el ELA no fue más que tres palabras sin sentido y el aprovechamiento por Washington de un capo político represor y palabrero, y la estadidad imposible, por no tener relación alguna con la formación e intereses de Estados Unidos, no es más que una quimera que en el imaginario de los estadoístas se traduce en unión permanente con la dependencia económica.

Hay personas que usan tanto la mentira que acaban insensibilizándose a ella. Exageran e inventan sus hazañas, reformulan sus insuficiencias, ignoran y esconden sus errores, se vuelven ciegos a sus crímenes. Durante décadas esto es lo que ha ocurrido con los dirigentes y los seguidores del bipartidismo puertorriqueño. La ceguera de la ciudadanía ha sido construída de manera tan efectiva que grandes masas adeptas a esos partidos no ven la relación de nuestra realidad presente con medio siglo de incompetencia y corrupción.

Una deuda externa de 120,000 millones de dólares ha sido contraída por Puerto Rico sin dejar rastro. El resultado de esa cantidad incalculable de dinero escandalosamente solo ha producido ruinas y abandonos. Menos escuelas, prácticamente ningún hospital, marcadamente menos comercios, pésimas carreteras, una red eléctrica moribunda y carísima, un sistema universitario asediado, el aumento de la pobreza, la precarización de la clase media, pueblos y ciudades tan llenos de ruinas que parecen haber sido bombardeados. Un hecho innegable y sobrecogedor estáasociado con esta situación: esos 120,000 millones de dólares pasaron exclusivamente por manos de funcionarios del PNP y del PPD. Este es el tamaño abismal de su impunidad, mendacidad e incompetencia.

Hace unos días, cuando se daba a conocer la relación de personajes del gobierno con una empresa de construcción que iba a proveer en cuestión de días muchos cientos de miles de pruebas de coronavirus (nuestra situación es tan absurda que describirla merece la unión de estos conceptos improbables), escuché decir a un periodista “que él quisiera saber si Puerto Rico pudiera algún día enfrentarse a una catástrofe sin actos de corrupción”. Perdone usted señor periodista, pero Puerto Rico es mucha gente. No somos nosotros el problema sino ustedes.

Resulta ya imposible dar cuenta de lo que ha sido este cuatrienio en términos de pusilanimidad, incompetencia y arrogancia. Hacer la lista significaría simultáneamente hacer un retrato de un pueblo que sería tan vergonzoso que provocaría que cortáramos la atención y dejáramos de escuchar. No es Whitefish y Cobra por ejemplo, sino que en esos primeros días luego de los huracanes viajaron funcionarios a Estados Unidos a comprarle una limusina blindada de un cuarto de millón al gobernador o que su esposa usara corrientemente helicópteros para desplazarse. No es solo la corrupción casi inimaginable de estas situaciones, sino también la indiferencia también casi inimaginable que expresan ante nuestra suerte.

Luego de más de un mes y luego que diversos países, incluyendo Estados Unidos, demostraran la gravedad de la pandemia, en Puerto Rico apenas hay recursos para probar si alguno de nosotros ha sido contagiado por el virus. Este contexto excepcional y peligroso provocó una respuesta común y corriente en unos inversionistas políticos del PNP que hasta ese momento tenían una compañía de construcción. Probablemente usaron sus relaciones con miembros del partido (y acaso de negocios) que eran doctores que acababan de ser nombrados a un grupo de trabajo por la gobernadora. En poquísimos días se armó una contratación de 38 millones de dólares en la que una compañía de construcción le vendería al gobierno un millón de pruebas a un sobreprecio tan elevado que resulta increíble que alguien haya estado en disposición de llegar a este acuerdo. Este hecho demuestra que esos números deben ser comunes a la hora de que el gobierno se disponga una y otra vez a vaciar sus arcas y caer voluntariamente de zoquete. Esta situación prueba una vez más que no hay límites en los márgenes de ganancia para los incompetentes e impunes y que no se consideran las consecuencias potencialmente catastróficas para la ciudadanía.

Lo que verdaderamente me trastorna es que todo indica que este fue otro día más en la oficina. Aparentemente médicos que acaban de llegar a una posición de influencia en el gobierno se alían con funcionarios de gobierno (probablemente ninguno de ellos electo) y con intereses privados y en cuestión de horas empieza a correr una transacción que en ese momento ni siquiera tenía un primer contacto con un suplidor en Australia y para la cual se estaría utilizando una firma falsa. Solo hay un hilo conductor en toda esta trama: médicos, la gobernadora, sus funcionarios, los dueños de la compañía de construcción, todos, absolutamente todos, son miembros del Partido Nuevo Progresista.

En catástrofes y estados de excepción ya lo decía en su chat no hace tanto nuestro criollo y penepé Carl Schmitt: “hasta los nuestros los cogemos de…”

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