Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El PNP: la nueva minoría

Tres años ya han transcurrido de este cuatrienio. El flujo de eventos cotidianos y la abrumadora banalidad de los políticos crean cortinas de humo. El peso del tiempo embota las percepciones y anestesia el entendimiento. Los días del país pasan a la deriva, en un río de malas noticias.

Observar y reflexionar se convierten en una tarea ingrata. Para muchos la venda en los ojos resulta preferible a las gafas. Además, es fácil olvidar la pertinencia de lo que se ve o cavila, cuando publicistas y manipuladores de opinión ponen celadas para que la vista y la mente se distraigan hasta el desvarío.

Aunque no sea más que una vaga memoria o una visión difuminada, algo debe permanecer en nuestras mentes de lo que han sido estos tres años. ¿En cuántas intervenciones públicas vimos a Ricardo Rosselló hilvanando con incorrección y torpeza su sarta de palabras vacías? ¿Cuántas promesas y comisiones anunciaron la estadidad en cuestión de nada y la nada de otros espejismos? ¿Cuántos derroches en fiestas y helicópteros, en autos blindados y escoltas, en viajes, en equipos para La Fortaleza? ¿Cuántas manipulaciones y mentiras se dijeron sin jamás tener que responder por ellas? ¿Cuántos elogios desmedidos y fanfarrones a funcionarios que luego cayeron en desgracia y hoy esperan su día en corte y acaso su temporada en la cárcel? ¿Cuántas compensaciones inusitadas y sueldos astronómicos? ¿Cuántas leyes y proyectos para apuntalar el usufructo del país como una finca privada, como herencia familiar de generación en generación, como territorio impune de América? ¿Cuánto intento de controlar todas las posiciones?

La voz atiplada del gobernador, sus casi infinitas pausas dubitativas marcadas por un “eh” cada tres palabras, fueron descomponiéndose hasta quedar inmovilizadas en las pantallas en la parte final de su notoria entrevista en la cadena Fox. Rosselló se derrumbó en la primera ocasión en que tuvo ante sí a un interlocutor: la primera vez que alguien le hizo preguntas que no pudo controlar. Su imagen última es la de un muchacho aterrado que escucha a un juez dictando su sentencia. Es posible que ese día haya terminado su dilatada adolescencia.

Es probable que cuando los lectores lean esta columna el sábado ya el Senado haya aprobado en alguna madrugada de la semana, sin vistas públicas ni debates legislativos, sin consideración alguna de los sectores opositores, reformas electorales, del código civil o de los municipios. El partido que tuvo a Rosselló como gobernador considera que debe atar y atornillar todo. Los presuntos paladines de la democracia sientan las bases para el control de los procesos electorales. Inquietos por haber ganado con solamente el 41% del voto en las últimas elecciones; con encuestas recientes que indican que esa cifra puede haberse reducido en un 5%, se pretende imponer la ilusión de que continúa siendo un partido mayoritario. El raquítico 36% de votantes que sería el PNP de nuestros días, no puede desprenderse anímicamente de las dos ocasiones en que obtuvo por un pelo la mayoría absoluta. Sus antiguas cuotas de apoyo fueron las que alentaron su concepto del usufructo del poder como “banquete total”. Desde entonces, un número enorme de sus líderes han orientado sus carreras políticas sobre este proyecto de expolio. Como en cualquier organización proclive a los usos tóxicos del poder, los padrotes máximos engendraron imitadores de factura más modesta en la legislatura, los municipios y las agencias gubernamentales. El PNP es una pirámide de bloques interconectados como los utilizados por los niños, pero en este caso todos los bloques deben ser azules.

La reforma electoral y las del código civil y de los municipios, pretenden obtener la ocupación “total” del territorio sin que se posean los números de apoyo. El PNP sueña aún con una supermayoría, que en realidad nunca tuvo, cuando en la actualidad recibe algo así como un tercio de los apoyos. Quizá por ello ha manipulado en este cuatrienio una y otra vez los números, tratando de convencer a los demás y, quizá también a sí mismo, de que son más, muchísimos más.

Sin embargo, elección tras elección, objetivamente, tanto en cantidades absolutas como en porcientos, el PNP se empequeñece. Entre otras funciones cuestionables, la mal llamada reforma electoral pretende facilitar el voto de puertorriqueños encamados y emigrados. Ante la disminución dramática de su base de apoyo, el PNP busca “inventar” electores. Votarán por él los que no pueden por estar enfermos o los que no están porque partieron. Se pretende asegurar el éxito en la próxima elección con trágicos y utilizados moribundos y con espíritus errantes. Es probable que pronto Rivera Schatz procure cómo hacer que los muertos pongan una sola cruz bajo la insignia.

En la elección especial del pasado fin de semana, realizada para seleccionar a los que sustituirían en el Senado y la Cámara a funcionarios que en su mayoría han sido bajas por motivos de corrupción, hubo alrededor de 25 candidatos. Los dos senadores electos perdieron sus anteriores cargos en el gobierno por asuntos que acabaron en los tribunales. Veinticinco candidatos y dos reincidentes, esta es la prueba de la fascinación que ejerce el “banquete total”.

Hace apenas unos meses, las multitudes más grandes que se han congregado en nuestra historia marcharon durante días contra estas prácticas y personajes. Las reformas que se pretenden ahora se enmarcan en este contexto. ¿Cómo neutralizar la expresión política de esta multitud o, en su defecto, cómo hacerla lo menos dañina para el partido?

El PNP siempre ha soñado con números. Ya sea el estado 51 o el 51% de los electores. Para ello reforma leyes e impone plebiscitos; para ello promete la estadidad inalcanzable en 5 años o en 30 meses. Desde 1968, cuando ganó por primera vez una elección, han transcurrido 51 años. De estos el PNP ha gobernado 27, más de la mitad. Hoy solo una cifra es importante y esel desgaste de años de “banquete total”: se estima que solo el 36% del electorado lo favorecería el año entrante. Contrario a sus delirios de grandeza y a su proclividad a la prepotencia y al embuste, el PNP no es más que otro partido minoritario. Como la estadidad, su supermayoría no ha sido más que un mito. Quitemos la venda de nuestros ojos. Son otros los que somos más, muchísimos más.

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