Mayra Montero

Tribuna Invitada

Por Mayra Montero
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El PNP: sangre y carne de gallina

Mucho se ha hablado sobre el dilema y la lucha de poderes que sacude al Partido Popular Democrático. Pero lo que ocurre en el seno de esa colectividad política es nada comparado con lo que está ocurriendo en el Partido Nuevo Progresista y entre sus afiliados, paladines del ideal anexionista.

El enfrentamiento del gobernador con la Junta de Control Fiscal es el enfrentamiento natural, inevitable, con la nación de la que su partido y sus votantes quieren formar parte, pero que les dio la espalda. Mucho tardó en ocurrir esto. Se resquebraja, ya sin posibilidad de maquillaje, el eje ideológico que los ha sostenido durante tantas décadas. La guerra con los Estados Unidos —porque esto es una guerra con el Congreso y con la Presidencia— es una contradicción insoportable, que ataca el corazón del pensamiento estadista, lo descoloca y lo paraliza.

Ricardo Rosselló dijo por radio que estaba dispuesto a ir a prisión por su desobediencia a los dictámenes de la Junta. Me pregunto: ¿en calidad de qué? ¿Preso político, preso de conciencia, o preso por atentar contra la seguridad nacional y la Constitución de los Estados Unidos? No sé. Eso debe contestarlo él.

En todo caso, siento decirle que es muy improbable que lo metan en la cárcel. No hace falta. Basta con cerrar el grifo, que es un trámite rápido, limpio, sin que haya que recurrir a detenciones ni espectáculos televisivos. Y cualquier tribunal (federal) puede dictar la orden en cualquier momento. Con embargar las cuentas del Gobierno y maniobrar con el flujo de fondos federales solucionan el asunto.

Toda la “vehemencia” patriótica de la que ahora presume la alta jerarquía de ambos partidos tiene un punto en común, que no es la defensa de las pensiones ni de los salarios de los empleados públicos. Si desde el principio les hubiera preocupado eso, no habrían gobernado de la manera irresponsable y vil en que lo han hecho, cuatrienio tras cuatrienio.

Por el contrario, ahora lo que defienden son sus privilegios y sus instrumentos de poder, que peligran porque otros van a copar el aparato administrativo. Por eso se han montado en ese discurso incendiario, y por eso están atrapados en un callejón sin salida. Es mucho lo que arriesgan. Hay personajes, inversionistas políticos que presionan y amenazan tras bambalinas. Temen que les arrebaten la capacidad de aprovecharse de los presupuestos y la sumas astronómicas, como lo han hecho hasta ahora, moviéndose de una esfera a la otra, el color no importa.

Toda la filosofía de gobierno y alternancia de poder de las últimas décadas en Puerto Rico ha estado inspirada en el manejo de un tesoro inconmensurable, que es el dinero que se cogía prestado y los fondos federales. Esa estructura autónoma (“la poquita autonomía que teníamos” como dicen los lloriqueantes) se ha venido abajo.

En el marco del panorama actual, no hay nada que impida que un ente como la Junta de Control Fiscal, o como el entramado legal constituido para atender la bancarrota, con la jueza Taylor Swain al frente, tome posesión de las finanzas públicas. Ni siquiera proclamando la soberanía mañana, habría manera de zafarse de una situación de parálisis financiera: sin mercados, sin industrias, sin economía propia. Aquí no existe un Banco Nacional, ni se imprime dinero en el patio del Departamento de Estado.

La última gran oportunidad para un levantamiento masivo cuando confluían a nuestro alrededor circunstancias propicias de política internacional, y éramos el eje de un Caribe en candela, y a nivel local hervía una clase obrera numerosa y activa (que ahora no existe), y la paralización de industrias nativas era capaz de afectar la economía estadounidense, se esfumó en el curso de un quinquenio. Allá para el año 70. De un quinquenio o dos.

Para esa época, las penurias sociales aún no se mitigaban con los cupones ni con el Plan 8, ni con la economía de la droga, que a partir de los ochenta empezó a despuntar y a cobrar fuerza política. Ahora hay que contar con ellos, nadie se olvide de que esto es casi un narcoestado.

En el fragor de las consignas, no se analizan esas realidades, ni se hace el esfuerzo por trazar un plan económico realista, objetivo, preparando a la población para un cambio de mentalidad profundo. Hay una gran superficialidad.

Se le ocurre al gobernador por último, jugándose la baza más desesperada, escribirle al presidente Trump. El presidente, por suerte, anda jugando golf. Yo no lo mezclaría mucho en esto, podríamos salir trasquilados y hasta con un muro que tendríamos que pagar de nuestros mosqueados bolsillos.

Y para colmo, en la Legislatura, metáfora cruel de nuestra pesadilla, un representante de nombre Memo González, ¡Memo González!, anda tratando de adelantar un proyecto para investigar el estado de los “abastos de sangre” en la isla. ¿Alguien puede creerlo?

Se me pone la carne de gallina.

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