María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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El poder ciudadano

Solo la especie humana tiene la capacidad y la posibilidad de ser ciudadano o ciudadana de una comunidad, región, país o del mismo planeta. Esto, porque la condición misma de ciudadanía se fundamenta en el acuerdo de vivir en un espacio común, decidir y/o delegar la gestión de lo público en relaciones de poder. En resumen, el ejercicio de la ciudadanía, es el ejercicio de la política.

Un ciudadano/a se concibe, desde la ética y la práctica, como una persona (ser humano) que tiene derechos, responsabilidades y que vive y participa activamente en la comunidad y sociedad que lo circunda; independientemente de su lugar de origen, etnia, género, condición social, edad, creencias u otras condiciones externas. Es ciudadano/a, por razón de ser humano y como parte de una comunidad humana y planetaria. No lo define un orden legal o jurídico, por lo que tiene derecho a participar como actor/a político en las acciones o decisiones que se toman en su comunidad o país. En fin, la ciudadanía es la condición política que nos permite participar de nuestro propio destino.

Podemos ejercerla de manera defensiva, cuando reclamamos, demandamos o exigimos la protección de derechos amenazados o violados. Las protestas, las marchas y hasta las huelgas pueden ser ejemplos. Pero también podemos ejercerla de manera propositiva, cuando se participamos de acciones de reforma política y/o normativa para eliminar injusticias o para ampliar las condiciones de equidad social. Los ejemplos más recientes son los diseños participativos de leyes, la reforma la educación superior, o la creación de proyectos de microrredes para lograr una energía sostenible pos huracán María. Lo ideal sería que tengamos la capacidad y los saberes para ejercerla de manera defensiva y propositiva, como ciudadanos activos y democráticos. En Puerto Rico conocemos y practicamos más la defensiva y tendemos a delegar en el Estado la propositiva, pero ambas son responsabilidad de nuestro ser ciudadano.

Cuando lo hacemos en el espacio de la comunidad, vamos conociendo, acordando, respetando y actuando sobre las normas internas y externas que afectan la convivencia. Para lograr esta convivencia se requiere educación política. La literatura plantea que la educación política se alcanza cuando la ciudadanía sabe y sabe hacer. Esto es, se informa, se capacita y se compromete con los otros y las otras sobre lo que es mejor en este espacio común. Busca conocer los derechos humanos fundamentales, comprende la constitución política y la estructura del Estado, cuenta con los mecanismos, procedimientos e instancias de participación democrática, maneja la organización, estructura y sentido de la gobernanza y reacciona desde estrategias y mecanismos para el manejo de conflictos.

Para lograr una ciudadanía desde la práctica y no sólo desde el discurso retórico, desde un pasaporte o una ley que se acuerda en un pequeño grupo, las personas debemos conocer, comprender, practicar, convivir y participar activamente en nuestras decisiones de cada día. Y como decía Dewey, “que la educación despierte en cada ciudadano/a la iniciativa y la disposición por los intereses de la colectividad, para convertir al ciudadano/a en un actor motivado y capaz de incidir en los procesos sociales y políticos y de esta manera ir superando la pasividad, la indiferencia, y la manipulación de intereses, que terminan imponiendo la lógica del mercado y del capital, sobre cualquier otra consideración de solidaridad y bien común”.

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