Mirelsa Modestti González

Punto de vista

Por Mirelsa Modestti González
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El poder de la palabra

El gobernador se disculpó por su lenguaje en el chat. ¿Por qué la gente no quedó conforme?

Porque no fue, realmente, el uso de “malas palabras” lo que causó el revuelo. El lenguaje soez, a estas alturas, alarma a muy poca gente. La mayor parte de nosotros, en algún momento u otro, echamos mano de alguna palabra de esas que la FCC ordena suprimir al aire. El poder de edificar o destruir no está en la combinación de letras que conforma una palabra, sino en el contexto en que las proferimos y el uso que les damos.

El psiquiatra noruego Tom Andersen acuñó la famosa frase “El lenguaje no es inocente” para referirse a la carga emocional que llevan las palabras y la manera en que su uso impacta nuestras relaciones y nuestra vida. La palabra puede ser una balsa a la que pueda asirse un náufrago emocional y también un disparo en la sien de la autoestima de otro.

El famoso chat es una caricatura que, por la ocupación de los protagonistas y lo certeras que resultan sus desfiguraciones, no nos gusta. La homofobia, la degradación de la mujer, la marginación y el insulto a quienes no comparten nuestro pensar, o nos reclaman por nuestras acciones, ocurren a diario en nuestras redes sociales y en los comentarios de los lectores de los periódicos, pero no nos indigna. No somos conscientes de cómo tras un teclado, o guarecidos tras apodos y nombres falsos, muchos se esconden para agredir. Al ver al gobernador y a su equipo hacerlo y luego despacharlo tan burdamente, nos hemos sentido insultados. Pero el odio hace rato que campea sin restricciones por nuestro mundo digital y físico. Y el gran peligro no es solo la herida emocional que ese odio ostensible provoca. Es que, de la palabra a la acción no hay mucha distancia. El odio manifiesto en el lenguaje incita al odio desatado en las acciones. 

Reclamemos al gobernador y a su equipo porque, ciertamente, su comportamiento ha sido insultante, degradante e irresponsable. Han dado un pésimo ejemplo. Pero aprovechemos para hacer un acto de introspección sobre la manera en que manejamos la disidencia y la forma en que nos expresamos con relación a quienes no piensan como nosotros o “no son como nosotros”. Denunciemos el insulto y la humillación que corre por las redes sociales y los medios. Es el odio que se derrama en los mensajes y no las llamadas “malas palabras” lo que resulta una afrenta a nuestra vida de pueblo.

El contexto es más importante que el texto. La intención va por encima de la acción. Las palabras, si no se ajustan al verdadero mensaje, resultan huecas. Quizás por eso, la palabra “perdón”, con la ligereza y el descaro que se utilizó, no convenció a nadie.

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martes, 27 de agosto de 2019

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