José H. Rivera Madera

Tribuna Invitada

Por José H. Rivera Madera
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El poder de la voluntad puertorriqueña

Nadie realmente conoce cuál es su capacidad para emplearse en momentos difíciles hasta que las circunstancias nos obligan a experimentarlo. Podemos pensar diariamente en situaciones que pongan a prueba nuestro tesón y voluntad, pero nada es comparable con vivir en carne propia una situación de vida o muerte que involucre, no solo a uno mismo, sino a toda la familia y seres queridos. Es en ese momento donde tenemos la encrucijada de hacer una de dos cosas: o dejarse llevar y arrastrar por las circunstancias o meter mano y echar pa’ lante con lo que tengamos a nuestro alcance.

Puerto Rico durante toda su historia ha vivido resistiendo. Invadido dos veces por pueblos y culturas diferentes, nos hemos negado a la asimilación y a la desaparición de nuestra identidad como pueblo y estoicamente hemos mantenido nuestro puertorriqueñismo vivo contra cualquier pronóstico. No ha sido un camino fácil ni libre de angustias. Durante muchas temporadas han soplado vientos que amenazan con dislocar nuestro pensar y nuestro ánimo pero al final de la jornada, siempre hemos encontrado la fuerza para prevalecer y continuar con el camino que deben recorrer todos los pueblos en el forjar de su historia. El pasado 20 de septiembre de 2017, el día del paso del Huracán María, nos planteó un nuevo reto que debemos afrontar con fuerza.

El panorama de destrucción y desolación que nos dejó María durante su paso, nos hizo buscar dentro de cada uno hasta la última unidad de fuerza y valor para poder afrontar la situación. Mucha gente perdió todo. Los sacrificios de toda una vida se vieron destruidos en horas y en la calma que viene luego de la tormenta comenzamos a ver las caras de la tragedia. Los vientos y las lluvias tomaron rostros de puertorriqueños y comunidades abatidas y los campos del país lloraban lágrimas de lodo y ríos revueltos. Barrios y sectores quedaron totalmente aislados y sin acceso a caminos principales por donde poder comunicarse con el resto del país. Esa noche del 20 de septiembre llenaba de frío los corazones sacudidos por la bestia mientras la oscuridad y el silencio se esparcía junto con la niebla por todo Puerto Rico. El canto del coquí se sustituía por sollozos de gente que dormía con las estrellas como techo, pero nadie imaginaba lo que iba a suceder en los días que venían.

El pueblo esperó pacientemente por la respuesta de quienes están llamados a resolver y a responder ante estas situaciones. Los alcaldes y alcaldesas comenzaron la monumental tarea de abrir caminos para efectuar rescates y llegar hasta los suyos. Con el pasar de los días se dieron cuenta de una dura realidad… el gobierno central no llegaba con la ayuda esperada. Con dificultad llegaban comunicaciones y noticias de un Centro de Operaciones de Emergencia que en contraste con el resto del país, anunciaba acuerdos y daba números sobre la recuperación desde la comodidad del aire acondicionado, comidas y los lujos que brindaba el Centro de Convenciones de Puerto Rico.

Aunque fuimos muchos los que tomábamos con cautela y escepticismo estas noticias, pasó poco tiempo en darnos cuenta de que no eran ciertas. La realidad que veíamos en las calles contrastaba brutalmente con lo que decía el Gobernador en inglés y con las estadísticas y gráficas que nos presentaban en conferencias de prensa. Poco a poco y con los días pasando la verdad comenzó a fluir y las noticias de hospitales en crisis porque los suplidores de oxigeno no llegaban, de suministros atascados en puertos por burocracia y de contratos dados a compañías nebulosas que no cumplían con la necesidad eran la orden del día. Pasó poco tiempo para que el puertorriqueño se diera cuenta de la realidad… el Gobierno había colapsado y perdía sus fuerzas en el eterno tiroteo político. No tenía la capacidad para afrontar la situación pero nos llenaban las pocas líneas de comunicación existentes con canciones y estrategias mediáticas dirigidas a mantener sus números de aceptación. La realidad era alternativa para ellos.

Fue en ese momento donde Puerto Rico mostró lo mejor de sí mismo. Entendiendo que estaban solos en la tarea de reconstruir la patria no se sentaron a esperar por nadie, se necesitaban manos.  La primera línea de respuesta, COE regionales y municipales, policías y entidades no gubernamentales asumieron el control de la situación. De todos los puntos del país en donde la situación era más favorable se comenzaron a formar grupos de apoyo y de ayuda.

Recolectaban lo que podían para llevarlo a los lugares más necesitados y compartían su comida, ropa y bienes con quienes lo habían perdido todo. Se abrieron caminos con machetes y azadas, se cocinaba en casas para todo el barrio, se cruzaban ríos y caminos destrozados para llevar la ayuda a su destino y de pronto junto al reverdecimiento de los montes, volvieron a surgir las sonrisas en las caras de muchos.

De todos los rincones del mundo llegaban noticias de grupos y personalidades dispuestas a ayudar, venían soldados y personal militar, muchos de ellos puertorriqueños o con alguna plaqueta boricua y otros que se volvieron puertorriqueños por unos días para servir y reclamarle al gobierno federal su obligación con Puerto Rico. Durante unos días fuimos ciudadanos del mundo, el ayudar era contagioso y los que tuvimos la oportunidad de vivirlo marcamos nuestro corazón con abrazos y risas de niños, ancianos, mujeres y hombres que resistieron valientemente.

Puerto Rico no es solo la tierra, es su gente. El gobierno no es solo el encargado de la reconstrucción del país, lo somos todos. La emergencia nos ha mostrado de lo que somos capaces si trabajamos juntos, si remamos todos en la misma dirección y abrazamos la bandera del bienestar colectivo y no individual. El camino está trazado, al descubierto quedaron quienes se quisieron aprovechar de la emergencia para engordar sus bolsillos y quienes dieron de lo que no tenían para levantar al país. Sin duda la historia los juzgará, ya hay investigaciones abiertas a esos efectos y la tormenta de culpas y señalamientos persiste luego del huracán. Dejemos que la historia siga su curso e insertémonos nosotros como protagonistas de nuestro destino. Dijo Don José Luis Alberto Muñoz Marín una vez que “el camino de los pueblos no termina nunca” hagamos nosotros ese camino con el poder de la voluntad puertorriqueña. Que así nos ayude Dios.

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