Miguel Marinas

Tribuna Invitada

Por Miguel Marinas
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El poder del Niño Jesús

La religión ha sido concebida como el opio del pueblo (Marx), pero también como el lamento del corazón desdichado ((también Marx). Esta segunda función ha estado menos atendida. Por ello analizamos la cultura y la religiosidad popular porque en ellas radican sentidos que los “altos discursos” suelen dejar de lado.

El ejemplo que presento tiene que ver con la adopción de iconos europeos, católicos del barroco, como fundamento de los rituales populares de Nuevo México. Junto a ellos analizamos cuáles son las posiciones éticas ante el sincretismo, Me refiero, principalmente, a dos iconos: El Niño de Atocha, oriundo de Zacatecas, y el Niñopan de Xochimilco.

Los niños Jesuses americanos tienen un altísimo poder de convocatoria para emocionar y subyugar a sus fieles. Mi hipótesis es que no se trata solo de una imagen de santo según el elenco católico. Todos ellos encierran una sorpresa dentro. El sincretismo, como es sabido, constituyó la estrategia para la pervivencia de cultos precolombinos en el contexto de la dominación española.

Muchos de los latinoamericanos –y tal vez el Cubanito y el del Remedio, en España– tienen que ver con el Caribe y Centroamérica. El de Atocha, principalmente mexicano (aunque, en Puerto Rico, el cantante Maelo Rivera lo incluye en canciones de la primitiva salsa), contiene en sí al orisha afrocubano Elegguá. Este detalle resulta muy interesante y sería en cierta forma la causa inconsciente de la enorme devoción popular de estos niños. El Niñopan de Xochimilco, también en México y exclusivamente local, fue promovido por los franciscanos sin darse cuenta de que para los indígenas también simbolizaba a Huitzilopochtli, “el colibrí del sur”. Sintetiza dos imágenes para los xochimilcas: a Huitzilopochtli en su advenimiento en forma de agua y de recién nacido y al Niño Jesús.

El contexto de creencias y ceremonias de ambos niños es el de una cierta mixtura: figura católica + indigenismo + religión caribeña. Por eso la operación política de fondo parece ser la del sincretismo: el santoral católico se nutre de nuevas advocaciones en el XVI y XVII, que integran y dominan las creencias antiguas de los indígenas y, al mismo tiempo, las figuras clásicas del santoral mexica o caribe resisten y viven bajo la advocación vigente y celebrada del niño Jesús. Esta es la hipótesis de lectura, que requiere matices, pero que explica la función comunitaria (que perviva la unidad del pueblo, pese a la superestructura católica, heredera de la colonización) de estas figuras, en sí mismas sencillas y amables. Pero dotadas de un poder espectacular más allá de la pura devoción.

El niño de Atocha y el Niñopan de Xochimilco, así como el niño Jesús Doctor y otras tantas advocaciones nos interesan desde su valor político, desde su capacidad de hacer comunidad. Sincretizados con Elegguá (Atocha) Huitzilopotlzi (Xochimilco) representan el valor callado de una resistencia de las religiones nativas frente a la proliferación poderosa de la nueva imaginería religiosa católica.

Son muchas las menciones a este niño. Juan Rulfo, en El llano en llamas, pone en boca de un revolucionario la petición al de Atocha. También aparece en la portada y como personaje de la excelente novela de Elena Poniatowska Hasta no verte Jesús mío, la vida de una soldadera de la Revolución. Menos conocidos en el contexto europeo, El niño de Xochimilco y los demás americanos, se emparentan con imágenes como el Niño Jesús de Praga o el Niño del Remedio o las advocaciones de tantos niños que expresan un poder de vínculo popular en tiempos de crisis de creencias y de rituales.

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