Mirelsa Modestti González

Punto de vista

Por Mirelsa Modestti González
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El poder incendiario del racismo

George Floyd no podía respirar. Rogó por su vida, pidió aire, pero la rodilla inmisericorde de Derek Chauvin no cedió ni un centímetro. “No puedo respirar”, expresó en varias ocasiones. Pero la rodilla siguió sobre su cuello y la mano del policía siguió en su bolsillo, como quien posa para una revista. Antes de perder el conocimiento, Floyd se dio cuenta de que estaban asesinándolo. “No me mates”, suplicó entre gemidos. Varias personas intentaron interceder. Algunos, desesperados, le reclamaban al policía que lo estaba matando. Pero la rodilla siguió ahí cuando comenzó a sangrar por la nariz. Siguió ahí cuando había perdido el conocimiento. La rodilla siguió ahí hasta que no había nada que hacer.

En febrero de 2012, Trayvon Martin visitaba familiares en una comunidad cerrada. Salió a caminar y un vecino, George Zimmerman, decidió que el jovencito negro era, “probablemente” un delincuente y lo mató. La justicia estadounidense le aceptó que disparó en defensa propia, aun cuando el joven nunca se le acercó y lo que había en su bolsillo era un paquete de dulces. En 2013, un jurado absolvió a Zimmerman.  

Son dos ejemplos: uno de brutalidad policial y otro de racismo institucional. Hay cientos de ambos. Un estudio de Harvard encontró que, del Sistema Nacional de Estadísticas Vitales, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) clasificaron incorrectamente el 55% de las muertes causadas por policías y que los “errores” ocurrían desproporcionadamente en las jurisdicciones más pobres.

Según el diario Los Angeles Times, uno de cada mil varones negros en Estados Unidos morirá a manos de la policía. Eso es 2.5 veces más que para los varones blancos.

La brutalidad policial y el racismo institucionalizado en los Estados Unidos han aumentado significativamente. Los promueve el odio que vive en las entrañas de un país esclavista que se bañó de sangre para dejar de serlo y cuyas heridas no han cicatrizado. El mismo odio que idolatra su derecho a portar armas y a utilizarlas a la menor provocación (o sin provocación alguna). El odio ciego e irracional que ha protagonizado sobre 1,300 tiroteos en escuelas desde 1970, según el Center for Homeland Defense and Security, y que roba los hijos a sus padres inmigrantes y los encierra en jaulas. Es odio que se siente en supermercados, en estacionamientos, en patios escolares… odio que conocen bien muchos hispanos y negros que transitan por los espacios caucásicos, así como las personas LGBTTIQ.

Sobre ese odio se edificó la campaña del presidente Trump, que bien pudo tener por lema “Let’s make America hate again”. Porque el greatness a que se refiere el mandatario es una versión del Herrenvolk hitleriano, pero con ketchup. Y va camino a la reelección con la misma consigna que le ha servido bien, porque sabe que ese odio está bien enraizado y pesará en las urnas más que sus múltiples desaciertos. 

Pero el odio no es inmune. La injusticia y el abuso provocan rabia, indignación y coraje. Y cuando la injusticia y el abuso levantan la ira del pueblo, se siente en las calles a pesar de la pandemia. Vemos en nuestras pantallas la rabia y el dolor ancestrales de una gente que no aguanta un abuso impune más.

No está en mi naturaleza destruir, pero no puedo juzgarlos. La indignación, el dolor y la vergüenza que siento no me lo permiten. Arderá Roma y el Nerón estadounidense perseguirá a los que no sean como él y se construirá una casa de oro.

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