Alvin Padilla Babilonia

Punto de vista

Por Alvin Padilla Babilonia
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El populismo autoritario de Wanda Vázquez

La frase “populista” se utiliza muchas veces como un término despectivo. ¿Pero qué exactamente es el populismo? El populismo describe a aquellos movimientos políticos que pretenden hablar, con exclusión de los demás, en nombre del pueblo. Los populistas rechazan, o dicen rechazar, el establishment económico y político. Pero aparte de esta definición superficial hay muchas diferencias entre los movimientos que son categorizados como populistas. Tildan a Donald Trump de populista, pero también a Bernie Sanders. 

La literatura distingue entre el populismo autoritario y el populismo democrático. El populismo autoritario utiliza la retórica del populismo (hablar en nombre del pueblo) para luego perpetuarse en el poder eliminando las garantías institucionales que estén en su camino. Persiguen a la oposición política, cambian las reglas del juego electoral, recomponen la judicatura a su favor, controlan la información pública, restringen el derecho a la libertad de expresión y a la disidencia. 

En cambio, el populismo democrático también cuestiona al establishment económico y político, pero pretende que el sistema político sea más inclusivo y representativo. Abogan por limitar el efecto desmedido que tiene el dinero en el financiamiento de las campañas políticas, aumentar la participación electoral, crear mecanismos de democracia deliberativa y mayor participación política de grupos socialmente marginados. 

La gobernadora Wanda Vázquez, quien llegó al poder sin antes participar en la política tradicional, asume un discurso populista que muchas veces pasa desapercibido. Cuando anunció su candidatura expresó que “[e]l pueblo está cansado de los políticos tradicionales que no escuchan a la gente”. Cuando rechazó debatir con Pierluisi indicó que “[e]l pueblo está cansado de lo mismo de siempre en la política”. Recientemente, revirtió la hora en que inicia el toque de queda porque escuchó “el sentir del pueblo”. 

En el discurso wandista, Puerto Rico necesita ser gobernado por alguien que no responda a los partidos tradicionales, que no es parte del establishment, que lucha “contra la corrupción” y “la desigualdad”. Sin embargo, su populismo se asemeja más al populismo autoritario que al populismo democrático. 

Restringe el derecho a la libertad de prensa. Publica vídeos de campaña sin reportarlos porque los clasifica como una “expresión personal”. Aún considera un proyecto de reforma electoral que cambias las reglas del juego el año de las elecciones. Rechaza debatir con Pierluisi y expulsa del gobierno a sus seguidores. Utiliza sus poderes de emergencia para detener y penalizar a personas de forma inconstitucional. Dice estar en contra de la corrupción y la política de siempre, pero como secretaria de Justicia y ahora como gobernadora, actos de corrupción pasan desatendidos. Todo esto lo justifica en su capacidad exclusiva de oír el sentir del pueblo.

En los últimos años ha ocurrido un retorno del autoritarismo. Afortunadamente, en Puerto Rico no hemos vivido el autoritarismo que han vivido recientemente países como Polonia, Venezuela o Hungría. Sin embargo, tenemos que estar atentos a cómo nuestro gobierno también justifica medidas antidemocráticas con el lenguaje del populismo. Esto no quiere decir que no hay nada malo con la política tradicional o con el establishment. O pensar que es un error gobernar en nombre del pueblo. Pero en lugar del populismo autoritario, debemos adoptar un populismo verdaderamente democrático. 

Un populismo que atienda la desigualdad social, que sea inclusivo con los sectores marginados y los inmigrantes, que viabilice la democracia deliberativa, que elimine el inversionismo político, que limite los poderes ejecutivos y que cree un sistema político más representativo. Un populismo que tome seriamente gobernar en nombre de todos, en lugar de como herramienta discursiva para vender en otro empaque la política de siempre.

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