Miguel Marxuach Lausell

Tribuna Invitada

Por Miguel Marxuach Lausell
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El potencial de la agroecología

Empecemos por lo básico. En economía, no es lo mismo un dólar de inversión o gasto en un negocio de capital extranjero que un dólar de inversión o gasto en proyectos económicos de capital local. Se calcula que el efecto multiplicador es de más del doble de lo invertido o gastado, es decir, se duplica el beneficio en la economía cuando optamos por lo local.

Valga una aclaración, no estamos implicando el rechazo a la inversión de afuera sino buscando medir de forma justa el impacto de la inversión pública en el desarrollo económico sustentable de Puerto Rico. No está de más reiterar que la creación de una base económica local fuerte y resiliente es zapata indispensable de cualquier proyecto para Puerto Rico que tenga como meta un vida digna y de equidad para todas las personas.

Tampoco es lo mismo comer cualquier cosa que llevar una dieta balanceada principalmente de alimentos locales ecológicos sin químicos. En Estados Unidos se calcula que el costo en gastos médicos y pérdida en productividad de los trabajadores relacionado a lo que comemos es de $1,000 mensuales por persona.

Con esto en mente, en esta columna me enfoco en el impacto económico de la agricultura ecológica (“organic farming”) para resaltar el hecho de que dirigir las políticas públicas y los incentivos económicos hacia la agroecología también incide de forma importante en la reducción de la pobreza y el incremento en el salario promedio familiar.

Recientemente, por primera vez en Estados Unidos, se completó un amplio estudio que demuestra el impacto positivo de la agricultura ecológica en la economía local de una región. El estudio —llevado a cabo por Edward Jaenicke de la Universidad del Estado de Pensilvania y Julia Marasteanu del Food and Drug Administration de Estados Unidos— encontró una correlación positiva significativa en ambos: la reducción de la pobreza y el alza en el salario promedio de las familias en áreas geográficas identificadas como “organic hotspots”. Organic hotspots son regiones donde se concentran actividades de la cadena agroecológica entre agricultores, procesadores y consumidores.

El estudio demuestra que la economía regional que nace de la agricultura ecológica es una excelente estrategia para reducir la desigualdad sin dependencia y de esa forma promover el desarrollo económico sostenible.

A mí me queda claro que comparado con otras estrategias (en muchos casos de dependencia) el efecto multiplicador de la inversión y el gasto en lo local sumado al mejoramiento de la salud y, por ende, de la productividad, sumado a los beneficios probados por el estudio de la reducción de la pobreza y el alza en el salario promedio familiar es una de las fórmulas más efectivas para la recuperación y construcción de otro Puerto Rico. Siendo esto así, las métricas que usemos para determinar cómo distribuir los incentivos deben reflejar esta realidad multidimensional.

El estudio de Jaenicke y Marasteanu también concluyó que los “hotspots” de agricultura convencional no tenían el impacto positivo en la reducción de pobreza y aumento del salario promedio familiar. El impacto positivo solo se refleja cuando son ecológicos. Es decir, las políticas públicas y los incentivos deben apuntar no solo a aumentar la producción y la economía alrededor de la agricultura local sin hacerlo de forma ecológica (“organic”).

Aquí hay proyectos en esta dirección por toda la isla. Hay iniciativas públicas como la del Bosque Modelo, proyectos comunitarios y cooperativos en la ciudad y en el campo: el mercado natural del Viejo San Juan y el mercado de la placita Roosevelt en Hato Rey; otros mercados que operan en Ponce, Rincón y Aguadilla y a través del país se gestan otros. También hay cientos de fincas y elaboradores agroecológicos que buscan la sostenibilidad económica y ser catalizadores de cambio.

Entonces, ¿por qué tantos recursos e incentivos públicos están dirigidos a la agricultura químico-dependiente y la experimentación agro-genética?

Miremos los incentivos. Un reciente estudio del Centro para la Nueva Economía y un reportaje del Centro de Periodismo Investigativo dieron a conocer cifras que me impactaron: en una década, entre el 2006 a 2015, la industria de la agrogenética recibió $520 millones en distintos tipos de incentivos contributivos y créditos salariales; ¡durante ese mismo periodo la agricultura ecológica recibió $0! Esto es algo insólito. Esto es perpetuar el modelo de dependencia, ¡creo que ahora es momento de modificar y diversificar la estrategia!

Si bien hay poderosos intereses creados que no están alineados con la reducción de la pobreza y el mejoramiento de la clase media y que cambiarlos requerirá tiempo y valentía eso no es excusa para no articular de inmediato políticas públicas agrícolas coherentes con los objetivos de más salud, mejor ecología y el fortalecimiento de la economía local. Hay que tomar acciones concretas inmediatas para distribuir mejor los incentivos.

Mi pensar ante todo esto es que hay muchísimo margen para incentivar un nuevo paradigma agrícola en Puerto Rico. En realidad, no sería del todo nuevo ya hace más de un siglo un distinguido puertorriqueño lo acuñó: “la agricultura es la espina dorsal del pueblo” (Eugenio Maria de Hostos). Parece que lo hemos olvidado. Invito los Secretarios de Agricultura, Salud, Desarrollo Económico y muchos otros y otras en posiciones de liderato a re-adoptar la visión.

Para comenzar pongamos una pequeña porción de los recursos disponibles, digamos $10 millones anuales en incentivos directos en nuestra cadena agroecológica y de seguro en pocos años veremos grandes resultados.

Puerto Rico debe convertirse en un “organic hotspot” ¡Es obvio!

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