Luis Vega Ramos

Tribuna invitada

Por Luis Vega Ramos
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El PPD a los 80: más poderoso que una locomotora

Este año cumplen 80 “vueltas al sol”, como dicen ahora, dos íconos cuyas historias conozco desde mi niñez: Supermán y el Partido Popular Democrático. Los “paquínes” de Supermán me los compraba mi madre y los “pasquines” del PPD me los conseguía mi viejo. Guardo ejemplares de ambos. Y escribo estas líneas con gran afecto y nostalgia por ambos iconos. 

Supermán, o Kal-El por su nombre de pila kriptoniano, es el inmigrante ilegal más famoso y querido en toda la historia de Estados Unidos. Su misión ha sido “luchar por la verdad, la justicia y ‘the American way’”. En su primera aparición, en el Action Comics #1, además de evitar una ejecución injusta y un acto de violencia doméstica, el hombre de acero va a Washington D.C. y atrapa a un político corrupto. Unos 80 años después, sus historietas, películas, dibujos animados y mercancía de todo tipo siguen siendo rentables y deseadas por buena parte de la humanidad. 

Unos meses después del debut de Supermán en la mítica ciudad de Metrópolis, surgió en los reales y empobrecidos pueblos de Barranquitas y Luquillo, el Partido Popular Democrático. Su fundador, Luis Muñoz Marín, reclamó que dicho partido lucharía por darle “Pan, Tierra y Libertad” a los puertorriqueños y que su lema sería: “Vergüenza contra dinero.” Consignas heroicas que aún nos retan a todos los populares hoy. Algunos las hemos seguido siempre. Otros las olvidaron o las manosearon a su conveniencia. 

En sus 80 años de existencia, ambos iconos de mi niñez han protagonizado (y sobrevivido) cientos de aventuras y peligros. Han tenido momentos de gloria y otros donde parecería que no subsistirían. Ambos tienen historias clásicas y otras que muchos quisieran olvidar. 

Supermán sigue siendo un ancla que mantiene cerca los recuerdos de aquella niñez en la que todo se dividía en “buenos y malos”, en que los primeros no padecían de fallas morales y los segundos no tenían una sola cualidad que les redimiera. Metrópolis era un lugar fabuloso donde había claridad moral, sin espacio para los grises que tanto agobian la vida adulta. 

Pero para el PPD, existiendo en el Puerto Rico de la segunda mitad del siglo XX y el principio del XXI, el camino a seguir no siempre ha sido recto o estado claro. 

Cierto que puede asumir una cuota importante de autoría por los avances socioeconómicos y de gobierno honesto que Puerto Rico experimentó bajo sus primeras administraciones. Pero también el PPD tiene que asumir una porción de responsabilidad por el deterioro actual de nuestra calidad de vida, la paulatina entrega de la “Vergüenza” a cambio de un mayor apego al “Dinero” —tanto en la política como en la vida en general— y sí, la incapacidad de ponerle punto final a nuestra subordinación política, impuesta a través de la vulgar cláusula territorial de la Constitución de Estados Unidos. 

Esta subordinación territorial le ha dado a los poderosos de Wall Street la posibilidadde lograr queel Congreso nos imponga una Junta de Control Fiscal para impulsar burdamente una austeridad extrema que ya atenta contra el mínimo de dignidad que merece todo residente en Puerto Rico. Esa bochornosa subordinación es la misma que la jueza Swain nos restregó en la cara —a todos los puertorriqueños— en su reciente opinión. 

Ante esa realidad, los que aún abrazamos el mito heroico que significó el PPD tenemos que cuestionarnos —SIN MIEDO— si aún le queda misión a nuestro partido o si es hora de hacernos a un lado para dejar que nuevos héroes, con nuevas energías, continúen la lucha. 

En ese cuestionamiento, los populares solo debemos temer a un tipo de kriptonita. La que nos haga delirar con que podemos regresar al pasado de un PPD hegemónico y de enormes mayorías. Ese PPD y el Puerto Rico que lo hizo posible ya no existen. Creer que podemos (o debemos) retrotraernos a él sería un error mortal. 

Nos queda, a Puerto Rico y al PPD, lo que en las historias de superhéroes llaman “la última esperanza”. Únicamente si evitamos el delirio del retorno a la hegemonía y abrazamos la idea de las alianzas o los juntes desde el respeto a la diversidad, es que podremos encontrar una nueva misión para el PPD. Si queremos ser relevantes, tenemos que dejar de vernos tanto como un partido y empezar a vernos más como parte de un movimiento social que debe rebasar las fronteras del partidismo. 

Una de las frases clásicas de la presentación de Supermán en los programas de radio y televisión era: “Más poderoso que una locomotora.” A sus ochenta años, el hombre de acero aún puede alardear de eso. La pregunta es si podemos decir lo mismo del PPD. Si contestamos que “no”, tenemos que preguntarnos qué transformación debe sufrir el PPD para que en el Puerto Rico de la terrible Junta Fiscal y la siniestra Promesa, pueda proclamarse como un verdadero paladín del "Pan, la Tierra y la más completa e integral libertad de los puertorriqueños". 

El PPD cumple 80 años este domingo 22 de julio. ¿Le irá igual de bien que a Supermán? Ojalá. Concluyo con la frase, aún en clave de esperanza, con la que terminaban tantas de esas revistas de superhéroes que mis padres me regalaron: “Esta historia continuará...”

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