Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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El PPD no existe

El Partido Popular Democrático (PPD) ya no existe. Lo que queda es la maquinaria electoral que se disputan dos facciones para, entonces, hacer un nuevo partido.

Un partido político parte de una ideología determinada. La ideología es una propuesta para conservar o transformar el sistema social, político y económico. El conjunto de principios fundamentales que forjan un sistema de pensamiento y propone un plan de acción —un programa político— para lograr la sociedad que considera ideal.

Un partido político se supone como una asociación estable de seguidores afines a una ideología que aspira a ejercer el poder de la nación para desarrollar ese programa político.

El PPD no tiene una ideología determinada ni estabilidad como organización de afines. Lo que le queda es el carapacho electoral. Muy codiciado porque es el andamiaje más difícil de montar para cualquier partido que empieza de cero.

Las dos facciones del partido –soberanistas y autonomistas– pretenden quedarse con el aparato. Sin duda, son facciones incompatibles. Los autonomistas proponen el colonialismo refinado de un concepto decimonónico. Los soberanistas buscan una independencia para asociarse simultáneamente con Estados Unidos en calidad de iguales.

El concepto de la casa grande donde caben todos ahora es una quimera. Lo fue antes, claro que sí. El PPD tuvo en sus filas independentistas, autonomistas y libre asociacionistas conviviendo bajo una ideología pragmática –práctica, no teoría– de prosperidad inmediata y circunstancial. Esa ideología la sostuvieron sobre un status fabricado a la medida y acreditado por la metrópolis hasta hace apenas un año –el Estado Libre Asociado.

El PPD se fundó y se desarrolló como un partido colonial avalado por la metrópolis para administrar la colonia con una autonomía fiscal que le permitiera controlarla de lejitos. El proyecto fracasó y la colonia llegó a la bancarrota, la corrupción evidente y el caos. La metrópolis se impuso para poner orden.

El Tribunal Supremo Federal desmintió la legitimidad de ese status autónomo artificial y el Congreso impuso la Junta de Control Fiscal. La metrópolis dejó al PPD sin plataforma política precisamente en el pico de la propia crisis ideológica interna del PPD entre autonomistas y soberanistas, que hace años convive hipócritamente dentro de la colectividad tratando de controlar el aparato electoral.

El cisma intrapartido fue producto también de la bancarrota del ELA como propuesta ideológica y como administrador neoliberal de la colonia, cosa que no es armonizable con la izquierda moderada que representan los soberanistas.

Lo que le faltaría ahora al PPD es un movimiento de los estadistas que ha albergado bajo su sombrilla y que han sido responsables de muchos de sus fracasos electorales votando por su rival, el otro partido colonial del País, Partido Nuevo Progresista.

Con un par de excepciones que han verbalizado su preferencia por la estadidad, los estadistas del PPD todavía esperan por el resultado de la lucha entre las otras dos facciones para mantenerse en su zona de confort o irse.

La ruptura definitiva del PPD está a punto de caramelo de cara al plebiscito del 11 de junio, hecho a la medida por el PNP para que gane la estadidad, aunque ahora no esté tan claro el triunfo arrollador que esperaban.

A falta de ideología, los autonomistas han secuestrado el PPD en lo que diseñan cómo zafarse del trance.

Los soberanistas por su parte, desafían el secuestro anunciando que independientemente de lo que decida “el partido” acuden al plebiscito a votar por la soberanía. Los más vocales admiten y aceptan la expulsión como consecuencia.

El nuevo presidente del PPD tiene dobles agentes en ambos bandos y hace promesas de cara a unas elecciones en el 2020 que no sabemos siquiera si se celebrarán.

De aquí a allá puede haber otro país. En el de ahora, el PPD llegó al risco.

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