José A. Hernández Mayoral

Tribuna Invitada

Por José A. Hernández Mayoral
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El PPD y su misión de la vida buena

La moda ahora dentro del Partido Popular es decir que tiene que regresar a sus raíces. No hay nada malo con eso, excepto cuando se ponen a inventar cuáles son esas raíces. El PPD se originó como un movimiento no dogmático, no ideológico y no nacionalista, cuya misión era lograr que cada individuo tuviese una vida buena. Al ser pragmático, se pueden encontrar en él posturas que tienen carácter de izquierda, otras que parecen de derecha y muchas entre medio. Volver a las raíces no puede ser un ejercicio selectivo.

Todo comienza con la meta de la vida buena. Luis Muñoz Marín la describió en el discurso del 25 de julio de 1952 como: “Un pueblo albergado en viviendas, que son pocas de extremo lujo, ninguna de arrabal; con la oportunidad de trabajo honroso a remuneración adecuada para un sereno buen vivir”. “La tranquilidad de las familias al saber que sus hijos han de educarse, y que para la enfermedad, la vejez y la dureza de la suerte han de llegar a tener razonable amparo”. “Que la labor se haga con gusto, con libertad, con deber y con derecho, con respeto de los unos para los otros”.

El PPD no se aferró a dogmas para lograr esas condiciones de vida. Entendía que la manera de llegar a ellas era favoreciendo la mayor productividad posible y poniendo énfasis en la mejor distribución social de la riqueza económica. Pero reconociendo los límites de la iniciativa pública para lograrlo y la necesidad de ejercer la iniciativa privada para el bien general. En cuanto a eso no tenía objeción a que por su esfuerzo algunos tuviesen más que otros, inclusive mucho más que otros, siempre y cuando nadie tuviese menos de lo necesario para esa vida buena.

No era ideológico. El postulado original del PPD fue que el status no estaría en issue en las elecciones de 1940 pues había problemas apremiantes que resolver. Una vez tocó atender el tema se planteó que el status debía verse ser como instrumento que se usa para alcanzar un fin y no como un fin en sí. El fin era, pues, esa vida buena: lograr vivienda, trabajo, educación, salud, para promover la tranquilidad, metas que no pueden sacrificarse por ideologías. Observando que aquí no era posible ni la estadidad ni la independencia, y el daño que esa dicotomía estéril causaba, concibió el Estado Libre Asociado y lo negoció al máximo posible en ese momento, dejando trazado hacía dónde debía evolucionar.

No era nacionalista. El PPD promovía una actitud humanista en el puertorriqueño, donde se sintiese mejor como miembro de la cristiandad que como habitante de demarcación política. Los nacionalismos los veía como divisivos y conflictivos.

Dentro de ese marco, el ascenso meteórico del PPD se debió a dos factores. Primero, porque ese PPD era un reflejo del sentir de la mayoría de los puertorriqueños. Observó Muñoz que: “Desde mucho antes de existir el Partido Popular Democrático había miles de puertorriqueños que eran Populares –que subconscientemente eran lo que después resultóllamarse Popular Democrático, pero que no encontraban insignia en la papeleta para liberar esa actitud subconsciente, para hacerla consciente, para crear a través de ella un instrumento de poder y de acción–”.

El segundo factor es el más difícil de recuperar: ganó porque creía lo que decía y porque le creyeron. Dijo Muñoz que el PPD “no tuvo más ayuda que la de su verdad, honradamente creída y claramente expuesta, y el efecto de esa verdad sobre la conciencia pública”.

Eso de regresar a las raíces es fácil y agradable decirlo, pero requiere sinceridad, seriedad, disciplina y esfuerzo.

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