Manuel Martínez Maldonado

Punto de vista

Por Manuel Martínez Maldonado
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El problema de China no son solo los virus

En un arrebato metafórico y pensando en Marco Polo, los chinos han develado un plan: “La iniciativa de las correas y las carreteras”. “Correas” quiere decir carretera de asfalto (y cemento); “carreteras”, rutas marítimas. El simbolismo no se queda ahí. Esas “carreteras” marítimas son “la versión moderna, siglo XXI, de las rutas de la seda”. El proyecto de $1.3 trillones (sí, con “t”) conectaría por tierra Asia, Europa y África; por mar, China con el hemisferio occidental (ya han mencionado a Latinoamérica). También se construirían aeropuertos para facilitar vuelos a los varios países. 

Precedido por eslóganes de “prosperidad para todos”, muchos ven el esfuerzo chino como un deseo de dominancia internacional. Las redes terrestres conectarían los tres continentes con 1,386 billones de residentes de la República Popular China. Sin duda, eso incrementaría el acceso al país y facilitaría el que se entendiera mejor cómo funciona y qué puede ofrecer a las relaciones internacionales. Pero van en dos direcciones, y también podría —me parece casi seguro, si hay influjo de emigrantes— incitar la xenofobia ya evidente en Europa, y el recelo de que se estén invadiendo a los 70 países que el proyecto abarca.

Ese no es el único problema. Aunque las consideraciones que he mencionado no ocurran, el efecto que este proyecto puede tener sobre el ambiente y el calentamiento global puede ser desastroso. Científicos occidentales y chinos han alertado que aunque el presidente, Xi Jinping, ha respaldado la idea de controles ambientales para el proyecto, en la práctica ha titubeado. Como se ha planificado, la iniciativa estaría completa en 2049. Para entonces el presidente, si es que todavía lo es, tendría ¡96 años! 

Que Xi no vaya a estar a cargo barniza el proyecto de incertidumbre. Aún ahora, entre 2014 y 2017, la mayoría de la energía usada en el transporte a través del globo proviene de fuentes que generan grandes cantidades de CO2. Peor aún, como señalaron dos investigadores en la revista Science en mayo pasado, China respalda las plantas de carbón como si nada estuviera sucediendo en el globo. La transportación, a través de aproximadamente 60,000 kilómetros de carretera, de camiones, autos, trenes, etc., además del aumento en movimiento aéreo, ha de lanzar a la atmósfera cargas enormes de carbono. Las posibilidades de que este tráfico conduzca a contaminación de cuerpos de agua es enorme. Complica el asunto que se planifica construir gasoductos y oleoductos de una extensión sin precedentes. 

Para el paso de esas estructuras (ductos, carreteras, vías ferroviarias) se requiere deforestar miles de kilómetros en áreas de bosques frondosos y sustituirlos por cemento o brea. El efecto que tendría sobre la fauna y flora de esas regiones podría ser (será) devastador. La alteración de los hábitats es obvia, no solo por la ausencia súbita de árboles y plantas, y posibles contaminaciones acuíferas, sino por su fragmentación. 

Sí, de seguro que habrá aumentos económicos significativos, ¿pero a qué precio? ¿Qué hace uno con el dinero si no puede respirar o resistir el calor? O si la naturaleza desata una serie de desastres naturales, ¿dónde nos escondemos?      

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