Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El Producto Nacional Brutal

Hace unos días, el gobierno hizo público su nuevo Plan Fiscal. Una administración inmersa en una crisis de grandes proporciones por los embates de los huracanes y, precedida por una depresión económica de más de una década, presentaba un proyecto que obligaba a poner los pies en la tierra y confrontar la realidad.

Aunque no lo queramos, todos estamos determinados por lo que existe. El asunto, y aquí está la clave de la cuestión, es si lo que decidimos para remediar lo existente hace parte también de lo real o si está completa o parcialmente estructurado por lo que se desea o, aún más gravemente, por lo que se sueña.

A pocas semanas de descalabros incapacitantes en el funcionamiento básico de esta sociedad, el gobierno ha delineado su plan de acción. Una maraña de cifras, conduce a unos contados embalses de fondos. En primer lugar, en el próximo año el gobierno espera el beneficio de lo aportado, a consecuencia de los huracanes, por FEMA. Aquí el enjambre de números se enturbia, porque debido a los manejos sospechosos e, incluso, chocantes y escandalosos, relativos a la contratación de Whitefish y otras compañías, para el restablecimiento de la red eléctrica, la confianza de Washington en el gobierno de San Juan ha desaparecido. El préstamo prometido de cerca de $5,000 millones no acaba de desembolsarse y FEMA ve fantasmas de corrupción en cada petición de ayuda. La situación ha llegado a tal punto, que aparentemente se interpreta cualquier solicitud de apoyo como un despilfarro de fondos.

Añádase a esto, la mala gestión de este seguro de desastres. Antes de la mácula de Whitefish, las acciones de FEMA fueron tardías e incompletas, ineficientes y desiguales y no exentas de sospechas. Contrariamente a lo que el colonialismo lleva a tantos a pensar, el gobierno estadounidense no es ágil ni justo, el nombramiento de sus funcionarios hace parte de luchas y pagos políticos y la ayuda a los damnificados, ni se diga a los que pertenecen a un territorio que "no es parte de, sino propiedad de" Estados Unidos, como es nuestro caso, no es prioritario.

Según el economista Kevin González Toro, de los $17,200 millones que FEMA ha destinado a Puerto Rico, sólo la mitad tendría un impacto directo sobre la economía del país. La otra porción se divide entre los gastos de la agencia y los pagos a sus suplidores y contratistas en Estados Unidos. Por tanto, en términos de su efecto inmediato, la cifra de ayuda se reduce a la mitad, no es recurrente (a no ser que acontezca otro desastre) y fue una reacción tardía e insuficiente para satisfacer las necesidades básicas de la población. A casi cinco meses de María, el gobierno no ha solicitado a FEMA fondos para mejoras permanentes. Por tanto, uno de los grandes embalses de los que depende el Plan Fiscal no está tan lleno como se imaginaba y tiene salideros que rápidamente reducen su caudal.

El otro gran embalse propuesto por el Plan Fiscal concierne las compensaciones por daños que pagarían las aseguradoras. El monto es hipotético, porque presupone que estas empresas pagarán exactamente las cantidades que aparecen en las reclamaciones de sus clientes. Nuevamente, esta categoría "financiera" sólo tendría vigencia por este año y no sería reproducible a menos que ocurra otra catástrofe.

El Plan Fiscal ofrece además una novedosa categoría económica, que a falta de descripciones técnicas, podríamos catalogar como la implantación del "embalse seco". El documento deja claro que no reserva un centavo para el pago de la deuda. Este hecho va contra las intenciones manifestadas por la Junta de Control Fiscal y el propio gobierno, cuyos altos funcionarios aseguraron hace un año, que cumplirían con sus obligaciones tal y como sus progenitores les habían enseñado, deslumbrando entonces con una interpretación económica apta para los rigores de la primera comunión.

Por otra parte, el documento estima que el Producto Nacional Bruto del país se reducirá este año 11.2% y que en 2019 aumentaría 7.6%, para luego, en 2020, contraerse 2.4%. La danza de índices de crecimiento (o empobrecimiento) es espectacular. Se pasaría en 12 meses de ser la penúltima economía del mundo, a convertirnos en una de las primeras, para después caer en una recesión. Para la realización de este asombroso y macroeconómico sube y baja, se cuenta con la hipotética inyección en los próximos años de $57,000 millones en fondos federales y nuevas reclamaciones de seguros. No sé qué contendrá esa "inyección", pero estoy seguro que también elimina arrugas y hace crecer pelo.

Casi simultáneamente con la presentación del presupuesto, el gobierno se vio obligado a solicitar una autorización a la Junta para un préstamo de emergencia de $500 millones a la AEE para que no cese operaciones en dos semanas. Esto contrasta con la proyección del Plan Fiscal, que propone un ahorro de $3,000 millones mediante reformas e implantación de tecnologías. Tantas cifras llamativas y descomunales sólo podrían ser comprendidas por los profesionales del Instituto de Estadísticas, pero ni siquiera esto podrá hacerse, porque el gobierno, informó que "ahorraría" su presupuesto trasladándolo a una entidad privada.

Finalmente, el gobernador y el Secretario de Hacienda aseguraron que el Plan Fiscal equivalía a uno de desarrollo económico. Para ello servirían como motores los dos hipotéticos embalses y el "embalse seco", a los que añadirían el poderoso turbo de la concesión de la estadidad.

El Plan Fiscal no contempla la producción de nada. Ni comida, ni productos industriales, ni energía, ni enseres, ni ropa, ni tecnologías, ni la creación y circulación de bienes culturales. El Puerto Rico que concibe no rebasa un plazo de dos o tres años: lo que queda del cuatrienio. Los puertorriqueños que preconiza, a todo lo ancho de las estratas sociales, son exclusivamente consumidores y beneficiarios directos o indirectos de fondos externos. Una economía de estas características, no es viable en ninguna parte del mundo, y su concepción hace suponer, que sus arquitectos son rehenes de fantasías o, lo que es lo mismo, de una ideología que los ha entrampado.

Si continuamos en esta lógica de las manos y las arcas vacías, se estará menospreciando e ignorando el potencial humano disponible para realizar un verdadero desarrollo económico. Tenemos múltiples ejemplos a la vista, pero estos no despiertan interés en el gobierno porque surgen de iniciativas que no controlan.

El Producto Nacional Bruto del país no debe transfigurarse en el Producto Nacional Brutal del gobierno. De acuerdo a lo que se desprende del plan presentado, lo mejor que le podría acaecer a Puerto Rico, en el año terrible que comienza, es el impacto de otro huracán. FEMA volvería a aportar fondos, las aseguradoras pagarían de nuevo, los acreedores exhibirían, sino compasión, al menos recato, y se irían al exilio decenas de miles de puertorriqueños, esfumándose inmediatamente su pobre e incómoda presencia. Los fondos recibidos un año, se recibirían por dos. De esta manera crearíamos riqueza sin producir, sin abandonar los comportamientos inéticos, sin respaldar a los que no pertenecen al partido, sin que nadie tenga que reducir salarios y privilegios. Un huracán o un terremoto proveería el dinero para modernizar el sistema eléctrico, para lidiar con los bancos, para exigir la estadidad. Nada como que el precio de las propiedades se desplome para que alguien las compre; nada como que no haya electricidad en los hospitales, para que las cirugías se hagan en un barco hospital que será como irse de crucero. Nuestra gran industria, nuestro petróleo, nuestra zafra, será de junio a noviembre, y nuestra prosperidad serán los huracanes. La riqueza llegará con las catástrofes. Será un Producto Nacional Brutal.

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