Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El pueblo está trabajando

Unos días después que los terremotos del 6 y el 7 de enero dejaran a miles sin vivienda o con terror de habitar las que quedaron de pie, que el afán del boricua por ayudar empezara a adquirir rasgos caóticos y el gobierno se dejara ver atolondrado y paralizado, un grupo de jóvenes comprendió que tenía que actuar para intentar evitar que la cosa siguiera saliéndose de control.

El rostro público de ese grupo de jóvenes fue Juan Pablo Díaz, a quien el país conoció hace años en revistas de farándula como el primogénito de los artistas Rafael José y Magali Carrasquillo, y quien ya de adulto se dio a conocer como cantante, actor y, más recientemente, en el campo de la sátira política. Con Juan Pablo como portavoz, los jóvenes Javier W. Vélez, Orlando Vélez y Giovanni Collazo dieron a conocer la plataforma web suministrospr.com, que puede ser usada para organizar la plétora de ayuda que está fluyendo hacia el sur de la isla, de manera que no sobre en un sitio lo que falta en otro.

La plataforma, que es muy útil y harto fácil de usar, fue anunciada por Juan Pablo en sus redes el domingo, 12 de enero. Se convirtió en una herramienta tan popular para ayudar, que en algún momento el servidor en que estaba ubicada se cayó. Es, hoy, el principal punto de encuentro en la web para quienes quieren llevar desde mantas hasta latas de salchicha a las víctimas de los terremotos. Para el final de la semana, estaba siendo recomendada por la mismísima FEMA como una de las herramientas para canalizar ayuda hacia los municipios más afectados por los terremotos.

La página no le costó nada al pueblo de Puerto Rico. Fue ideada, diseñada y puesta en funciones en unos pocos días. Es producto solo del fervor patriótico de quienes la crearon. Lo único que motivó al grupo de jóvenes que nos obsequió esto lo explicó Juan Pablo en sus redes sociales: “Puerto Rico se está desbordando en ayuda, literalmente, y mientras unas personas innombrables no saben distinguir un desastre natural de una campaña política, el pueblo ha metido mano”.

No son pocos los que, tras ver la página, se han hecho, más intrigados que preocupados, las siguientes preguntas: ¿Cuánto habría tardado el gobierno para crear una plataforma similar? ¿Cuánto habría costado? ¿A quién le habrían dado el, quizás, millonario contrato? ¿Se lo darían al que más experiencia tuviera haciendo páginas así o al más que hubiera donado al partido? ¿Serviría al final del día? ¿No terminaría en un fiasco como tanto de lo que hace el gobierno?

Las respuestas imaginadas, reconozcámoslo, no son alentadoras. Y no se nos puede culpar por pensar así.

Puerto Rico vive hace un tiempo un proceso de lo que, en algunos círculos de las ciencias políticas, llaman de “desinstitucionalización”, lo cual significa que las instituciones públicas han sido degradadas de tal manera, en nuestro caso por la política partidista, que se vuelven virtualmente inoperantes y carecen en absoluto de la confianza de la sociedad.

En emergencias como las que vivimos, ese problema queda expuesto con mayor claridad que en cualquiera otra instancia.

Dice la leyenda que una vez Puerto Rico tuvo instituciones que funcionaron. Mas si alguna vez realmente fue así, ya ni lo recordamos, pues hace años lo que vemos es que fundamentalmente se usan para proteger y adelantar intereses partidistas.

Alguna vez, se trataba de que, por ejemplo, los jefes de agencia, además de pertenecer al partido, tuvieran alguna experiencia. En el camino, hasta eso se fue olvidando y hoy básicamente el único criterio es que sean leales al partido. En algunos casos, no basta siquiera con serle fiel a un partido; hay que serle fiel a una facción dentro de ese partido.

Para colmo, la obligación a jefes de agencia de repartir contratos y dinero público entre colaboradores del partido y tener que recogerle fondos, a menudo por medios inconfesables, a ese mismo partido (en verano una grabación del exsecretario de la Gobernación Ricardo Llerandi nos dejó ver cómo es el mambo ese) hace que el servicio público sea un acto de contorsiones circenses al que hoy muy poca gente seria quiere prestarse.

Esa es la explicación por la cual, ante una emergencia como la ocurrida con los terremotos, el gobierno se queda paralizado y le toma días reaccionar. Es que la gente en puestos importantes no está allí por su capacidad para servirle al país, ni por su experiencia, sino simplemente porque se entiende que son quienes mejor pueden servirle al partido.

Para muchos de ellos, era la primera vez en su vida que tienen que lidiar con una emergencia, no tenían idea de cómo actuar y les tomó días aprender y reaccionar.

Por eso, al principio lo único que se supo de los principales dirigentes políticos del país era que fueron a los pueblos afectados con capacetes, a tomarse fotos de las que se usan en campañas políticas mientras tocaban algunas de las estructuras afectadas, sin que nunca se hubiera explicado qué exactamente querían averiguar tocando las estructuras.

Por eso, es que durante los primeros días nadie sabía qué hacer con las escuelas. Por eso, tuvieron que salir los municipios, empresas privadas, iglesias y organizaciones sin fines de lucro a atender a los refugiados en esas primeras críticas horas, porque el gobierno estaba en San Juan aprendiendo a lidiar con una emergencia.

Por eso, el secretario de Salud, Rafael Rodríguez, uno de los principales responsables de la crisis que costó miles de vidas después del huracán María, pero que aun así sigue en su puesto, no apareció por días ni había comunicado a los hospitales cuál era el plan para atender traumas masivos en caso de un terremoto mayor.

Por eso, nadie sabe cuáles son los planes de emergencia, ni dónde están. Por eso, la Guardia Nacional, un cuerpo militar que se supone que sea la primera respuesta en situaciones críticas, tardó siete larguísimos días en erigir los campamentos de casetas donde algunos de los miles de refugiados pudieran vivir en condiciones menos precarias. Por eso, han sido tan escasas en los pueblos afectados las orientaciones sobre salud y vivienda, que son las principales preocupaciones de los afectados.

Por eso, el país, su gente, sus organizaciones no gubernamentales, sus iglesias, sus personas particulares han inundado la zona sur durante las pasadas dos semanas, dando abrigo y alimento a los desamparados. Sabemos que, si fuera por el gobierno, gente habría muerto por falta de atenciones y, en esta ocasión, contrario a María, de otras regiones sí teníamos cómo ayudar. Por eso, desde el primer momento, las comunidades no esperaron por ninguna autoridad formal y comenzaron a atenderse y defenderse por su cuenta.

El ejemplo más claro de la respuesta ciudadana al desplome de las instituciones lo dieron Juan Pablo Díaz y sus amigos, quienes hicieron rápido y sin costo, lo que todos, con la mano en el corazón, sabemos que el gobierno habría hecho tarde, caro y mal.

Se vio por las redes sociales en estos días un lema que decía: “Gobierno, tómese un descanso, que el pueblo está trabajando”. Suena gracioso, pero no lo es. La debacle de las instituciones es un problema de extrema seriedad. Sin instituciones que funcionen, nada avanzaremos. Es hora de entenderlo.

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