Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El puente de los músicos

Tan pronto me mudo a un lugar, el Departamento de Transportación y Obras Públicas secuestra mi atención, como si fuera urgente recomponer —con una ingeniería superior a la que se enseña en Mayagüez, o una arquitectura más humana que la propuesta en Río Piedras— el nuevo vecindario, tanto en su aspecto vial como edificado. Trato de “desfacer entuertos” y señalar desaciertos. Solo en los momentos de la novedad encuentro los defectos. La costumbre nos vuelve indiferentes.

Cuando me mudé al Sector Los Filtros de Guaynabo —comunidad donde más Porsche Cayenne se venden en el mundo entero—, me impuse a la tarea de escribirle al secretario de dicha agencia, solicitándole, muy respetuosamente, que colocara antes del semáforo del Sector Los Filtros, frente a la urbanización “The Falls”, una luz de tránsito que detuviera el endemoniado flujo vehicular —de yuppies y millenials con pésimos modales aunque trepados en B.M.W. y Mercedes—, lo suficiente como para dar un salto —que no fuera mortal— al carril del extremo izquierdo, ello dada la poca distancia entre la salida que sube de la Martínez Nadal por la marginal y esa luz de la Avenida Lomas Verdes. Supongo que no me entendieron. Escribí varias cartas; todavía estoy esperando; sobreviví los casi veinte años que tuve que hacer ese cambio de carril en pocos segundos. Todavía vivo en la ilusión de que la ciudadanía responsable, y que paga impuestos, debe ser escuchada; sobre todo, y pongo énfasis en esto, en lo que toca a la seguridad vial. En aquel entonces el Secretario de Transportación no escuchó mi reclamo. El actual estoy seguro que me escuchará.

Me mudé de la ambición a la tradición. Aunque mi iPhone localiza este barrio más el este, llamándolo Gandul y Alto del Cabro, me pienso mudado al principado de Miramar, donde la ciudadanía saca sus perros al atardecer, y en las mañanas, donde los jóvenes saben lo qué es un pesto y un tabulé, donde se inauguró un museo del diseño justo ahora, en el “otoño” tropical. En algunos fines de semana oigo tiroteos en el vecindario, pero no sirenas, ni ambulancias. Esto es de madrugada, mientras que algunos sábados, hacia la medianoche, el cielo se ilumina con fuego, y no de pistolas Glocks chamboneadas en La Colectora: A lo lejos, en el Vanderbilt del Condado, la hija de algún bonista buitre se casa y el cielo se ilumina con fuegos artificiales a todo color, muchos en forma de emojis y corazones, gente joven que suspira camino al matrimonio. Desde mi balcón en el piso diecisiete en Miramar se ve el Condado, con todas sus luces; pero eso es como otro mundo, como la barriada Figueroa, acá detrás, porque ocurre que entre Miramar y el Condado está la Avenida Baldorioty de Castro.

La Baldorioty no siempre estuvo ahí. De hecho, la Laguna del Condado —a la que Sylvia Rexach le dedicó un bolero— llegaba hasta una playita con embarcadero, donde hoy están esos condominios construidos en los sesenta y setenta, cuyos dueños vieron y protestaron la salsera“marginal de la Baldorioty”. En 1964 un compañero graduando me dio una trilla descapotada por esa avenida recién inaugurada, en un Triumph TR4, el regalo de graduación de su papi. Pero en los años cuarenta y cincuenta, los privilegiados de las mansiones en la calle Trigo, con sus portales y ventanales en estilo renacimiento español californiano, los más cercanos a la laguna, serían capaces de escuchar la marea alta, ahí batiendo cansadamente en la playita de la laguna. Hoy en día cruzar la Baldorioty para caminar por el paseo-malecón de la Laguna del Condado, en su lado sur, el de aquella notoria “marginal” de pinchos y mazorcas, es tan peligroso como el salto mortal al semáforo de Los Filtros. Propongo, entonces, que, para remediar el acceso peatonal desde Miramar a la laguna, y si se desea caminar hasta el Condado, se construya un puente peatonal que cruce desde el Conservatorio de Música, sobre los cinco carriles de la avenida, al otro lado.

La propuesta de este puente tiene un historial arquitectónico-visionario. No sé si fue parte del descabellado plan urbano —hecho bajo el gobierno de Acevedo Vilá— que se proponía hacerle un segundo piso vial a todo Santurce. También soñamos con celebrar unas Olimpiadas. De todos modos, cuando se planificaba la brillante restauración del viejo Hogar de Niñas, para transformarlo en el actual Conservatorio de Música —durante la administración de Rosselló—se concibió la idea de extender la plazoleta del Conservatorio sobre la Baldorioty, alcanzar la orilla sur de la Laguna del Condado, culminar esa arquitectura visionaria con la construcción de una concha acústica sobre las quietas aguas, plataforma a ras de la orilla para conciertos y festivales. El Tren Urbano y El Choliseo secaron los bonos buitres disponibles. Nos quedamos sin el puente visionario.

No pretendo tanto. Podríamos, con el permiso de la Junta de Supervisión Fiscal, construir uno de esos puentes enjaulados, a prueba de suicidas, como el que está en la misma Baldorioty, ya en Isla Verde, que posibilita a los vecinos de esa comunidad ir a comprar el pan en la Panadería España. Algo modesto, en estos tiempos de austeridad, para esas dos comunidades llenas de tradición urbana, Miramar y El Condado. El puente podría ser sitio para que los estudiantes del Conservatorio toquen para un público peatonal, o practiquen sus instrumentos en la soledad, y con ese agorafílico paisaje marino de la laguna a la vista, más allá el Atlántico y los marullos de San Gerónimo, el oleaje del arrecife de playa a playa, desde El Escambrón hasta Isla Verde. Un puente para ensayar escalas en el saxofón, como lo hizo Sonny Rollins en el puente de Brooklyn a fines de los cincuenta, recuperando de esta manera su sonido. Y así, yo no tendría que saltarme, ya menos ágil, los cinco carriles de la Baldorioty para alcanzar la promesa del Condado.

 Espero que el Secretario de Transportación y Obras Públicas no sea sordo, como uno de sus antecesores, y acoja mi humilde propuesta. Por cierto, el semáforo de la esquina de la Hoare con la Ponce de León, frente al Conservatorio, permanece dañado desde María; ese semáforo es imprescindible cruce peatonal y PARE para los aguerridos choferes de la A.M.A. 

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