Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El puente de los suspiros

Pensó que su última columna sería una parábola de cómo el puertorriqueño “coge de suruma” al otro puertorriqueño. Entonces, ¡ecuanimidad, compañero!, quiso tranquilizar sus nervios encrespados, pensar que, después de todo, Ricky Rosselló tuvo que renunciar a la gobernación, en parte, solo en parte, porque “había cogido de pendejos” a los de su propio partido penepé. Es nuestra cultura profunda, se dijo.

Entonces, de repente, se figuró que aquel proyecto suyo, tan de ciudadano ejemplar, es decir, gestionar la construcción de un puente peatonal que cruzara la Avenida Baldorioty de Castro hasta alcanzar la marginal y paseo de la Laguna del Condado, había sido más proyecto necio que visionario, y que se debía más a sus desfallecidos entusiasmos seniles que a una juiciosa consideración de la condición boricua. Ahora pensaba, todavía peor, que se trataba de una parábola de la mediocridad de su sociedad, y, todavía más grave, de su falta de honorabilidad. Se trata de una sociedad de embaucadores, pillos de señales beisboleras y chanchulleros, se dijo. Los puertorriqueños siempre dicen que “sí” y piensan y actúan que “no”, son ventajeros y en el mejor de los casos cacheteros.

La gestión empezó bien; de hecho, muy bien. Era necesario convencer al público, a los manejadores del presupuesto, de que aquel puente sobre la Baldorioty uniría dos sectores claves del tejido urbano de la ciudad, es decir, Santurce y esa larga península que bordea la laguna, el Condado, y que contiene la principal actividad turística del país. Reclutó para la justificación arquitectónica a un generoso amigo suyo, también viejo visionario. Quisieron rescatar un antiguo proyecto que unía, mediante concha acústica, la gran plazoleta del Conservatorio de Música y el paseo de la laguna. Pronto se percataron de lo utópico que resultaba el proyecto: aquel puente costaría más de cinco millones de dólares y tendrían que pedirle —¡alguien, no ellos! — autorización a la Junta de Supervisión Fiscal. Él, por su parte, se conformaría con un modesto puente peatonal; así se le dijo al arquitecto visionario.

De casualidad se encontró con alguien que había conocido en el “Festival de la Palabra”. Se felicitó por su suerte. EL fulano era ingeniero civil con especialidad en manejo de tránsito vehicular, tenía aficiones literarias y ahora era ayudante del Secretario de Transportación y Obras Públicas. El zutano le ofreció su teléfono privado luego de que él le explicara el proyecto. Éste le pareció necesario. Al final de la conversación algo lo perturbó, porque perencejo le repitió, varias veces, que había aceptado aquella ayudantía como “servicio voluntario”. Él pensó que jamás había oído aquella frase, tan de palabrero boricua. Varias veces lo llamó sin éxito; en una ocasión el ayudante lo llamó, notó que rabiaba por algo, al parecer había marcado el número equivocado, todo esto para sorpresa y perplejidad suya. Tuvo entonces intercambios por correo electrónico; aquel morrocoyo,con especialidad en excremento de toro, seguía asegurándole que sí, que el proyecto “iba”, era viable, ¡cómo no!, ¡no faltaba más!

Se tropezó con un ayudante de la alcaldesa Carmen Yulín, quien le dio la mala noticia de que los puentes peatonales no se usan, que el de la Baldorioty, a la altura de la Panadería España, sería demolido, tarde o temprano, que quizás sería mejor usar semáforos, o “muertos” en el pavimento. Aquello le pareció razonable, demasiado razonable. Entonces se encontró, más que con un ayudante, con uno de los confidentes de la alcaldesa, alguien que sabía el valor de un “interlocutor valioso”. Lo llamó a su oficina en el Municipio. Le contestó la llamada, le prometió —esta vez de manera contundente— que no solo era ese un buen proyecto, sino que también él impulsaría un paseo tablado alrededor de la laguna. Este último detalle terminó de convencerlo. Además, sonaba para candidato a senador una vez Carmen Yulín se largara para la gobernación. Para subrayar sus intenciones, le prometió una reunión con el arquitecto a cargo de proyectos urbanos en el Municipio. Sigue esperando la llamada, y la reunión con el urbanista del Municipio.

Quedaba el periodista, y el segundo arquitecto. El periodista, de nuevo, pues coincidieron varias veces, en un café cercano, en el colmado. Se sentó con él y le explicó el proyecto, que ya no era utópico, ni visionario, y que ya meramente pertenecía a su literatura de bienestar público. El periodista, que le aseguró que estaba escribiendo sus Memorias —algo que le extrañó, porque apenas escribía para los periódicos— le prometió que le conseguiría entrevistas con varios candidatos penepés a la alcaldía de San Juan. Esto lo alegró; le dio nombres y apellidos que él recordaba vagamente. Luego se enteró de que el periodista tenía un programa de radio, lo cual lo entusiasmó sobremanera; hasta se podría hacer una campaña pro-gestión del necesario puente peatonal; con ese puente modesto todo el mundo estaría bien servido; no sería necesario ponerle jaulas para potenciales suicidas, o boricuas necios lanzando bombas de agua. Pero el periodista también se borró.

Finalmente se encontró en el colmado—donde se tropezaba con el periodista, algunas veces con el primer arquitecto y nunca con el ingeniero civil ni con el consejero de Carmen Yulín—con un segundo arquitecto, esta vez nada visionario sino partidario de un realismo pragmático y crudo. Le advirtió sobre la reglamentación federal para la construcción de esos puestos peatonales, o sea, las jaulas para los suicidas, los ascensores para los incapacitados, las rampas de acceso para los parapléjicos que padecieran de claustrofobia, los códigos nuevos contra temblores. No sería fácil, le aseguró. Quizás el puente peatonal podría ser una “zebra” en el pavimento, o un semáforo localizado estratégicamente, quizás unos “muertos” antes de que hubiera más en los sectores de la Baldorioty en que los boricuas con inteligencia de sesenta y pico siempreaceleran, o una astuta combinación de todos los de arriba. Pasó de la desazón al pesimismo.

Era como la educación en Puerto Rico. Cuando se criaba había Instrucción Pública, y ya. Ahora están las escuelas chárter, las escuelas Montessori, las de Educación Especial, todas ellas reglamentadas por los federales y los locales, por la burocracia distante e indiferente o la cercana, inepta y también corrupta. Se consoló pensando que no se trataba de las lanchas de Vieques y Culebra, o de cómo se le agrietó la casa el 7 de enero, y que, en última instancia, se trataba de la risible y engañosa imaginación de un ingenuo septuagenario.

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