Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
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El Puerto Rico que merecemos

El inicio del año 2020 puertorriqueño –que coincide con el ya augurado histórico año electoral– es ocasión propicia para delinear, o al menos intentar hacerlo, el Puerto Rico que merecemos surja como resultado de la decisión que, razonadamente, haga cada elector en 11/20 para, voto a voto, conformar el siguiente gobierno. De tanto repetirse –y de tanto haberse fallado en implantarlos exitosamente–, los elementos garantes de un buen gobierno parecen metas irrealizables que, incluso han llevado a miles de electores a decepcionarse con el proceso electoral y alejarse de las urnas de votación. Hay que superar esa desidia que, poco a poco, nos va conduciendo a la desconfianza en la democracia participativa, cuyo desenlace último no podría ser otro que la anarquía y el caos social. Los garantes imprescindibles de un buen gobierno (en griego, kubernao, es decir, “pilotar un barco” o “capitán de un barco”, en referencia al control y la dirección sobre algo) siguen siendo: la obligación de transparencia y de fiabilidad en el desempeño público; el comportamiento ético en cada acción y decisión tomadas; la apertura al diálogo con el colectivo al que se sirve; el compromiso con la equidad social, económica y política, y con un comportamiento moral sin tachadura alguna de quienes se crean merecedores de “pilotar o capitanear el barco”.

Enfrentado cualquier pueblo a un gobierno que le ha fallado –por mor de su mediocridad, por su tolerancia con la corrupción, por el irrespeto al propio pueblo, por su insensibilidad o cualquiera de las modalidades de un mal gobierno–, la letanía común es hacia su maldición. Error. La maldición no debe ser a quienes, sin tener las virtudes de buen mando público, reciben los votos de la mayoría, a veces de las grandes mayorías, logrando así su ambición personal, que no es igual a un compromiso moral con sus votantes. La maldición (y el compromiso de enmienda para la próxima ocasión) tiene que ser a nosotros mismos, quienes tuvimos diferentes opciones de entre las cuales elegir, pero, por esa absurda tradición familiar, por ese pegajoso jingle que nos hizo bailar en las calles, por ese documental tan bien elaborado por un gran publicista, por esos spots radiales o televisivos propios de la mejor mercadotecnia, por ese fanatismo partidista que tantas veces he catalogado como la más burda expresión de la mediocridad personal, por la oferta de empleo a cambio del voto, nos allegamos al colegio electoral como arrimaos inconscientes del valor del voto como la más insigne de las cualidades humanas.

Solo ateniéndonos a la emisión de un voto racional –a candidatos y a partidos– podremos tener la garantía de que, por fin, hallaremos los caminos de acceso a una educación de excelencia para nuestros niños y jóvenes; a un sistema de igualdad social en el que salud sea el derecho de todos y no el privilegio de algunos; en el que en cada hogar haya cuando menos un familiar trabajando, y en el que la bandera de la tolerancia humana ondee hasta lo más alto de su asta.   

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