Juan Negrón Ocasio

Desde la diáspora

Por Juan Negrón Ocasio
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El puertorriqueñismo siempre vivito y coleando

Hay un elemento fundamental que identifica al puertorriqueño en el mundo y está integrado a su impostergable idiosincrasia: el idioma. Aquellos que nunca han vivido en Estados Unidos se les haría imposible consultar algún recuerdo o vivencia, pero pueden informarse y formalizar conclusiones a base de la experiencia ajena en la historia de los que se han sacrificado en abandonar a la patria con su familia en busca del provenir y progreso. Los demás, los que han vivido y conocen de esas vivencias, convergerán que existe algo irrefutable.

En la década de 1950 hubo una oleada de emigración de puertorriqueños que se desbordó por los estados del este de la unión norteamericana. Uno de los estados beneficiados de estos trabajadores fue Nueva York. En East Harlem establecieron sus yucayeques, sector conocido como El Barrio. Los boricuas dentro de sus maletas, amarradas algunas con bejucos, trajeron semillas profundas de la mancha del plátano que ha sido difícil extirparlas de sus descendientes. El orgullo de los puertorriqueños que llegaron a la urbe, inclusive desde el siglo XVIII, se mantiene intacto. Por las calles de Nueva York se pasearon y lucharon Clara Lair, Pachín Marín, Eugenio María de Hostos, Luisa Capetillo y muchísimos otros.

La incidencia crítica de nuestras inmigraciones fue, y sigue siendo, el idioma. Hubo confrontaciones contra distintos grupos étnicos, especialmente con italianos. Para sobrevivir y protegerse formaron las llamadas “gangas”. Sin embargo, esta no era la característica primordial ni la función sociológica como la pinta la película “West Side Story”, que denigra nuestras tradiciones y cultura. Irónicamente, Rita Dolores Moreno, artista puertorriqueña gana un Oscar (1961) por su rol. En rigor al deseo de comunicarse y no aprender eficazmente el “difícil”, a estos boricuas los estereotipan con diferentes adjetivos, tales como “niuyorican” y “spiks”. Spiks se vuelve sinónimo de una lucha sociológica al inmortalizarlo en un cuento Pedro Juan Soto (Cuentista puertorriqueño y padre del joven Carlos Soto Arriví, asesinado en el Cerro Maravilla, 1978).

Spiks se torna análogo del ser puertorriqueño, y aunque ofensivo a principios, el término fue lisonjeado a nuestra idiosincrasia. Escuchar el discurso de Iván Rodríguez, en la exaltación al Salón de la Fama Nacional de Béisbol, me trae placer recordar esas luchas necesarias del puertorriqueño y la pronunciación del inglés. De esas andanzas de abandonar la patria y superarse en tierra extraña hay miles que nos engrandecen. Estos a su antojo hicieron de “spiks” un vocabulario nuevo y llenaron de tinta imborrable el significado verdadero de ser puertorriqueño. Añadieron también el “spanglish”. Pero “spik” es una palabra poética fina que para entenderla hay que padecer el precio del sufrimiento, la incomprensión, el racismo, la penumbra del alejamiento de la patria. Roberto Clemente en una ocasión dijo: “Yo no sabía lo que era ser negro hasta que llegué a Estados Unidos”.

Había olvidado que la programación era ese día. Irónicamente el canal fue el preciso al prender el televisor. Primero toleré la larguísima historia de Selig y sus memorias. Con paciencia esperé que tomara el podio Iván. No sabía si ya lo había hecho. Selig por fin finaliza y una dama presenta a Iván. Después del saludo protocolar agradece al Comisionado por permitirle dirigirse en español a sus familiares, amigos y puertorriqueños que aportaron a su estandarte. Quedé perplejo por el agradecimiento y me cuestioné el por qué tenía que pedir permiso para hablar en su propio idioma. Iván Rodríguez tiene 45 años de edad. Se retiró del béisbol en 2012. Más de la mitad de su vida la vivió en cuclillas frente a un árbitro americano y los jugó en ciudades de Estados Unidos. Oír su discurso de un inglés quebrado durante la exaltación me llenó de orgullo. Recordé el poema del poeta puertorriqueño Pedro Pietri. En palabras de Tomas Ferri: “Obituario Puertorriqueño…es un ejemplo de quien emigra de su propia identidad, quien fracasa en su intento por integrarse, por formar parte, quien emigra a una muerte… como mínimo, cultural.”  Recordé a mi madre quien vivió más de 50 años en Estados Unidos y el acento del inglés le tronaba porque jamás perdió sus raíces. Felicidades a Iván Rodríguez por asegurarnos que dentro su maleta está bien amarrado el puertorriqueñismo.

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