Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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El puño y el “punching bag”

El acontecimiento de la semana pasada fue el puño en la boca que le ofreció por CNN el gobernador de Puerto Rico a Master Trump. Aunque blanco de críticas por parte de los adictos a las zalamerías oficiales, la repentina sacada de pecho del caballeroso don Ricky nos puso a gozar.

Del gozo pasamos, casi en seguida, a la incredulidad. ¿Sería posible que, después de tanto haberle reído las gracias al presidente, el circunspecto Rosselló II le hubiera raspado su versión reciclada del famoso “don’t push it” así, sin más ni más? La sumisa reverencia demostrada – por él y por la comisionada residente - hacia la persona del Gran Jefe Blanco durante el período poshuracán jamás hubiera permitido imaginar una transformación tan radical.

¿Cómo olvidar aquellas sonrisas complacientes mientras Trump lanzaba rollos de papel toalla a los aborígenes? ¿O el incómodo silencio de ambos ante las declaraciones ofensivas del boquisuelto de Casa Blanca? ¿O aquella obediente aquiescencia cuando el americano les requería aleluyas por la infinita generosidad de su corazoncito imperial?

Muy poco duró nuestro júbilo. Al día siguiente del histórico fronteo, el campeón de la puertorriqueñidad ultrajada como que se nos ablandó. Que no era un puño de carne y hueso, aclaró. Que sólo había sido una metáfora para expresar la indignación del pueblo frente a las injusticias, añadió. Tan pronto hubo ofrecido esa enigmática explicación, medio mundo agarró el celular para buscar el significado de metáfora en un diccionario “online”.

Algunas mentes malpensadas atribuyeron la recién estrenada combatividad de don Ricky a una vulgar competencia de molleros con la nueva “darling” del Democratic Party: la alcaldesa itinerante de San Juan. Igual podría especularse, y con justa razón, que las zafiedades incesantes de Trump le ajotaron el monstruo durmiente al Gobernador. Lo cierto es que, con las elecciones de 2020 a la vuelta de la esquina, nadie en su sano juicio quisiera lucir mongo ni por error. Ya se sabe que la más remota apariencia de monguera termina siendo pasto de pasquines y costándole la derrota al candidato menos bravucón. Posar de hombre fuerte bien pudiera ser una estrategia de sobrevivencia electoral.

Sobrevivencia, sí, porque con la sequía de los millones federales, el cambia-cambia del gabinete, la corruptela rampante, las investigaciones en curso, el descontento del sector teocrático, las renuncias de los superfuncionarios, la pejiguera de la Junta y el atolladero de la estadidad, las posibilidades de un segundo término podrían estar en riesgo de muerte. Lo que queda, para mitigar el daño, es pisar y hablar duro, tirarles trompetillas a Trump y a la Jaresko y apostar a la nulidad de la oposición para producir un aspirante pasablemente presentable.

En el ínterin, el “bully” de Washington se pone las botas metiéndole puños de verdad a su “punching bag” colonial en el Caribe. Con el tuiteo compulsivo que parece ser su pasatiempo preferido,bombardea sin parar a los medios regando falsedades como gérmenes de influenza. A cada rato amenaza con quitarles a los puertorriqueños los fondos de asistencia. Y, a la menor oportunidad, proclama su desprecio por la ineptitud de la clase dirigente que, mal que mal, nos representa. En eso último, por desgracia, no se equivoca.

De nada ha valido el llantén estadista de que acá abajo malviven en la desigualdad tres millones y pico de ciudadanos americanos. Para Trump, la isla está llena de chupópteros que les roban su legítima cuota de asignaciones a los pobres agricultores de Estados Unidos. El “territorio” es percibido como un país extranjero con (malas) costumbres e idioma distintos. El otro día, un oficial de comunicaciones de la presidencia se refirió a Puerto Rico como “that country”. Y la importante revista conservadora “The National Review” publicó un artículo caliente subrayando las diferencias culturales como obstáculos infranqueables a los sueños de anexión. En eso otro, por suerte, tampoco ellos se equivocan.

El cuadragésimo quinto presidente de USA no inventó el racismo ni el colonialismo. No es el primero ni el único en haberlos utilizado como armas de propaganda ideológica. Lo bueno es que los ha destapado en toda su crudeza, sin la vaselina diplomática que suaviza el embate de las palabras. Su especialidad es la generalización difamatoria que ratifica el prejuicio y justifica el discrimen. Nos tira a mondongo de lo más campante para luego reclamar bombos y genuflexiones. Y, con el paternalismo narcisista que es su marca de fábrica, se golpea los pectorales y ruge a todo galillo: “Lo mejor que le ha pasado a Puerto Rico se llama Donald J. Trump.”

Estamos más atrapados que nunca en las redes de la contienda electorera entre demócratas y republicanos. Los dos nos necesitan para enamorar a los inmigrantes latinoamericanos y aumentar el número de sus votantes en estados claves. Los dos nos manipulan como les da la gana y trafican, a fuerza de promesas incumplibles, con nuestras ilusiones.

¿Y nosotros, seguiremos sirviéndoles de “punching bag” político a los puños ajenos? El horno no está para galletitas, ni el momento para amagos metafóricos.

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