Luis A. Zambrana

Punto de Vista

Por Luis A. Zambrana
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El racismo como metástasis institucionalizada

El homicidio de George Floyd constituye el más reciente episodio de una secuela casi interminable de linchamientos de afroestadounidenses en manos de la Policía. Su muerte no es un caso coyuntural que deba examinarse de manera aislada. Es parte integral de un sistema de segregación racial que constituye un fenómeno estructural en las instituciones estatales de Estados Unidos. 

El racismo sistémico legado por hábitos culturales y sociales se ha enquistado en las formas más básicas de las instituciones que normativamente están obligadas a salvaguardar un Estado constitucional y democrático de derecho. Los trágicos casos de Rodney King, Trayvon Martin, Eric Garner y Michael Brown sirven de antesala para entender lo sistémico de la violencia fatal que asfixió a Floyd debajo de la rodilla de un impertérrito policía de raza blanca. 

La abolición formal de la esclavitud en Estados Unidos no se materializó hasta 1865, finalizada la Guerra Civil y aprobadas las Enmiendas 13, 14 y 15 de la Constitución federal. A ese periodo conocido como de reconstrucción le sucedió una larga época protagonizada por las leyes Jim Crow en el sur del país. Estas leyes pretendían perpetuar el supremacismo blanco mediante la normativización de la segregación por razón de raza.

Si el Tribunal Supremo de Estados Unidos validó y protegió la esclavitud en Dred Scott v. Sandford (1857), también lo hizo con las leyes segregacionistas en Plessy v. Ferguson (1896). De ahí surge la doctrina jurisprudencial “separados pero iguales”, la cual se mantuvo hasta la decisión Brown v. Board of Education (1954), en la cual la segregación racial fue declarada incompatible con la cláusula constitucional de igual protección de las leyes. 

El caso de Brown sirvió como uno de los detonantes para el movimiento de derechos civiles en las décadas de 1950 y 1960. La aprobación de la Civil Rights Act (1964) y de la Voting Rights Act (1965) representó la concreción legal del esfuerzo y éxito del movimiento por finalizar formalmente el largo período de las leyes Jim Crow. El racismo estructural, sin embargo, encontró en otras formas legales una manera de subsistir sin ser identificado como tal. 

En la segunda mitad del siglo 19, el sistema penal estadounidense se encargó de proveer mano de obra a los intereses industriales que germinaban en el país. Abolida formalmente la esclavitud, esos trabajadores se consiguieron mediante la persecución penal de una incalculable parte de la comunidad afroestadounidense. Las llamadas “leyes contra la vagancia” fueron un ejemplo de ello. Las largas líneas ferroviarias del país llevan impresa esta forma de trabajo forzado. Ese sistema penal, y su función segregacionista, ha sido un vehículo de violencia racista que resiste a redimirse democráticamente. 

Luego de abolidas las leyes Jim Crow, el racismo institucional se revistió de aparente neutralidad en un sistema penal cuya selectividad se evidencia en la sobrepoblación carcelaria y el perfil de la persona privada de libertad. Las leyes contra las sustancias controladas y de armas ilegales, aunque se dirigen al público en general, se han aplicado desproporcionadamente a sectores minoritarios como el afroestadounidense y el latino. 

Las corrientes político-criminales de expansión punitiva y de populismo punitivo han tenido como resultado reavivar el sistema penal como garante de esa segregación racial. Es un sistema en el que es razonable que no puedan confiar amplios sectores de la población; un sistema democráticamente fallido y pervertido.

El homicidio de Floyd fue parte de ese sistema penal selectivo que segrega y excluye por razones racistas. Un sistema penal del enemigo que se ha mantenido durante siglos.

La ira en las calles no se transformará hasta que no haya una respuesta institucional mínimamente democrática. Los ciclos de violencia no cesarán hasta que no existan medidas que atiendan ese racismo estructural que metastatiza de múltiples formas, desde el discrimen espurio de Donald Trump hasta el linchamiento de afroestadounidenses en barrios empobrecidos. Son muchas las heridas que hay que enfrentar e intentar sanar en un país que persiste en mantener dinámicas de exclusión y de odio. 


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