Rafael Cox Alomar

Tribuna Invitada

Por Rafael Cox Alomar
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El retiro del juez Anthony Kennedy

El súbito e inesperado retiro del juez Anthony Kennedy del Tribunal Supremo federal abre una caja de pandora con potencial ilimitado para marcar decisivamente la vida de millones de personas. A sólo meses de las elecciones de medio término, cuando todavía al presidente Trump le resta por recorrer la segunda mitad de su borrascoso mandato, se abre una nueva y más cruenta batalla ideológica y política en el seno mismo de los Estados Unidos no sólo sobre el reemplazo de Kennedy, sino sobre la brújula moral del pueblo norteamericano. 

Y algunos se preguntarán: ¿por qué tanto revuelo con la salida del juez Kennedy? Muy sencillo. Porque el juez Kennedy era quien mantenía ese fino (y a veces insostenible) balance entre liberales y conservadores en el Supremo federal. El voto de Kennedy en el pleno del Tribunal llegó a ser decisivo en más de una ocasión para desempatar y desenredar el tranque entre liberales y conservadores. 

Tan es así, que la semana antes del anuncio del retiro del juez Kennedy, el Supremo resolvió tres casos de gran trascendencia en donde él emitió el voto decisivo y fungió como juez ponente en dos de ellos. 

En Trump v. Hawaii, resuelto el pasado 26 de junio y decidido en votación 5 a 4, el voto de Kennedy fue decisivo para validar la directriz migratoria de Trump. En su opinión de conformidad, no obstante, le exigió a los funcionarios federales apego a la Constitución al momento de emitir declaraciones públicas aun cuando éstas últimas no estén sujetas al escrutinio de la revisión judicial. 

Cinco días antes, el 21 de junio, el Tribunal Supremo había anunciado su decisión en South Dakota v. Wayfair Inc., donde en votación 5 a 4 (siendo el de Kennedy el voto decisivo), el Tribunal resolvió por voz del propio Kennedy que la cláusula de comercio interestatal en su estado durmiente no constituye impedimento para que los estados obliguen a los comerciantes que venden por internet a cobrar el sales tax y a enviarlo a las tesorerías estatales.

De igual forma, el 4 de junio, había sido Kennedy quien había escrito la opinión de la mayoría del Tribunal en el caso del repostero de Colorado que se había negado a venderle un bizcocho a una pareja del mismo sexo para la celebración de su boda: Masterpiece Cakeshop, Ltd., v. Colorado Civil Rights Commission. Anclado en una lectura expansiva de la cláusula de libertad de culto de la primera enmienda federal, Kennedy revocó al tribunal inferior y resolvió a favor del repostero, aduciendo a que la Comisión de Derechos Civiles de Colorado había violentado las libertades religiosas de este último.

Visto ya desde la óptica más amplia de sus 30 años como juez asociado del Supremo federal, Kennedy, quien fuera nominado por el presidente Reagan en 1987 luego de que el Senado federal colgara la nominación del ultra conservador Robert Bork, deja ante sí un largo récord de luces y sombras. 

Por un lado, Kennedy ha sido firme en la expansión del derecho a la intimidad, tal y como se destila de sus opiniones sobre el derecho fundamental que cobija a parejas de un mismo sexo (i.e. Obergefell v. Hodges, United States v. Windsor y Lawrence v. Texas), y a la mujer en sus decisiones reproductivas (Planned Parenthood v. Casey) e inclusive solidario con la figura de la acción afirmativa en el campo de la educación universitaria pública (Fisher v. University of Texas). 

Más aún, en lo concerniente a la compleja (y a veces problemática) relación entre el gobierno federal y los estados, Kennedy siempre tendió a esbozar una posición de mayor deferencia a los estados (i.e. su concurrencia en Printz v. United States) y por consiguiente más conservadora que la de jueces más liberales como Breyer o Ginsburg. 

Y con respecto a Puerto Rico y las tribus indias siempre exhibió una posición relativamente conservadora. Tanto en Sánchez Valle como en Franklin Trust concurrió con la opinión de la mayoría.  Y en Boumediene v. Bush, aunque fue el voto decisivo a favor de los peticionarios detenidos en Guantánamo, se abrazó a la odiosa doctrina de los casos insulares para sustentar su posición --- dándole así oxígeno al coloniaje a perpetuidad. Autor de la opinión de la mayoría en Duro v. Reina, Kennedy además desmanteló el concepto de la soberanía inherente de una tribu para procesar criminalmente a indios no registrados como miembros de ella. 

El retiro de Kennedy abre, pues, un nuevo ciclo de debate en la sociedad norteamericana sobre las coordenadas de su compás moral. Se reinicia, pues, una batalla cuerpo a cuerpo, fundamentalmente, entre dos grupos irreconciliables: aquellos que quieren edificar una sociedad más igualitaria sobre la base de lo construido por la Corte Warren y quienes intentan a toda costa desdibujar esa historia para sobre ese vacío articular un estado de derecho enajenante, retrógrado y anti histórico.     

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