Pedro Reina Pérez

Punto de vista

Por Pedro Reina Pérez
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El reto de ser coherente

De todas las resoluciones del año nuevo, ser coherente es una a la que pretendo dedicarle mayor atención. Puede sonar sencillo, pero no lo es. La vida que se vive en Puerto Rico propende a que la persona se adapte constantemente a los sobresaltos, y en el proceso puede uno incurrir en demasiadas contradicciones. Entonces, para vivir la vida con un mínimo de sentido, conviene procurar que las acciones sean tan concretas como las palabras.

La Navidad, por ejemplo, es el periodo más nostálgico del calendario puertorriqueño, y se extiende casi dos meses. Una fecha en la que los símbolos y los ritos evocan un pasado idealizado, y lleno de falsas alegrías. Digo falsas, no porque quiera subirle el volumen al cinismo, sino porque pretendo reconocer sus ficciones tal como son. Se trata de un rito colectivo del que participamos una mayoría, aunque lo atemperemos a nuestra paleta de colores personal, para que encaje con nuestra particular versión de la fiesta.

No reparé en cuán profunda es nuestra adhesión a los ritos de la Navidad hasta que presencié una pequeña fiesta en Boston. El pequeño ágape de boricuas devino en alegre despojo colectivo, aunque el espacio apenas daba para ello. Un trío de cuatro, guitarra y bongó animaba la velada, seguido de cerca por un señor en los palitos. Y todo el mundo cantaba, canción tras canción sin parar, empezando por La paloma, pasando por Ese pobre lechón y terminando en El cardenalito. Todo el mundo, repito, horas tras hora. Entonces, una amiga colombiana que atestiguaba aquel rito bacano, me preguntó sorprendida—¿Qué es esto, por Dios? ¡Se las saben todas! Tras escucharla comprendí lo profundo que nos habita la cultura, y cuán dispuesto estamos a evocarla. Pero no me llamo a engaño: la fiesta termina y es necesario pisar la calle nuevamente.

Puerto Rico vive una emergencia, marcada por la incertidumbre que, como medusa, tiene muchas cabezas. Esto hay que afirmarlo para no perderse en la alegría pasajera que nos producen las estrellas de televisión o los mogules de Hollywood, de visita en la isla. Los asesinatos ocurren a plena luz del día, y se difunden por las redes sociales. Esto es síntoma de algo más complejo que no es susceptible a operativos policíacos fabricados para el consumo de la televisión. Los feminicidios se disparan y la sociedad civil lo denuncia, ante la inacción del primer mandatario. Y cuando una organización se manifiesta ante La Fortaleza, la Fuerza de Choque les pinta la cara de gas pimienta como afirmando—Las mujeres en su sitio. ¿Tan difícil es reconocer que el gobierno no posee la llave de ese candado, y que es necesario colaborar para atender esta emergencia? El acuerdo de COFINA aguarda su ratificación en corte mientras los economistas nos advierten que aceptarlo tal cual será un error por insuficiente y porque embargará a futuro el ingreso de varias generaciones. Es decir, una explotación despiadada y una nueva forma de esclavitud. De todo esto no hay salida sin acciones ciudadanas.

Hace poco recibí un comentario a mi columna anterior que decía que la gente estaba cansada de las protestas y deseosa de disfrutar de la vida en paz. Era evidente que esta persona no tiene amenazada su pensión ni los servicios de salud. Pero la mayoría de los puertorriqueños se acuesta sin saber cómo será el desenlace de su vida, sometidos al capricho y a la desigualdad. Angustiados al ver que el gobierno se divierte con otras cosas efímeras. Yo, me solidarizo con ellos porque para eso ejerzo la pluma. Y porque quiero que mi cuerpo construya lo que afirman mis palabras.

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