Manuel G. Avilés Santiago
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El Rey Charlie y la nueva industria del chisme

Antes que el Rey Charlie ocupara el trono mediático, celebrado por su poder de convocatoria que llevó a miles de motorizados a protestar en eco estruendoso a la solicitud de renuncia de Ricardo Rosselló, hubo otro Rey Charlie que redefinió la industria del chisme en Puerto Rico.

Aunque algunos apuestan a que la industria del chisme es legado directo de la llamada “prensa rosa” y los semanarios franceses que indagaban sobre la vida privada de la realeza en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que tal industria, como el conglomerado de programas, personajes, contenido, circulación y consumo de rumores de figuras públicas en clave de escándalo y sensacionalismo, es un proyecto puertorriqueño.

Aunque ya se gestaba desde la radio, la industria del chisme en la televisión puertorriqueña da inicio en la década de los 50 cuando la productora, cantante y actriz, Myrta Silva, creó el personaje de Madame Chencha, una pitonisa que informaba sobre los chismes de farándula, los cuales recibía como mensajes del más allá a través de una bola de cristal. Sin embargo, la decadencia de la industria de las telenovelas en Puerto Rico limitó la materia prima para la producción de chismes durante esa época, lo cual culminó con la salida de Chencha y su bola de cristal de la programación local. No obstante, la despedida de la reina del chisme permitió la entrada de un nuevo rey, quien escribió otro capítulo en el info-entretenimiento local.   

Fue el productor y animador Luis Vigoreaux padre, quien en su programa radial “Buenos Días Puerto Rico” introdujo la figura de Carlos Porrata Doria, mejor conocido como “Charlie Too Much”. Al igual que Myrta Silva, el personaje de Charlie logró trascender las ondas radiales y se insertó con éxito en la televisión puertorriqueña con intervenciones diarias en programas del mediodía e incluso, con su propio programa de televisión, “Charlie de noche”. Su puesta en escena, un poco parodiaba a los cronistas sociales de los setenta y ochenta como Ángela Luisa Torregrosa e Iván Frontera. De esta forma, siempre acicalado y de punta en blanco, con su cabello acrisolado color “blue-black” y su etiqueta ceñida a perfección, Charlie Too Much se convirtió en la figura de transición a una nueva etapa en la industria del chisme.

Atrás quedaron los rumores de actrices y actores de telenovelas para dar paso a nuevas narrativas producidas por merengueras y salseros, raperos y modelos, y sus respectivos manejadores. La industria del chisme ochentosa y noventosa se nutría no sólo del mundo del entretenimiento, sino del deporte y de la política-pop; una atmósfera cultural en donde gobernantes y funcionarios públicos se convirtieron en celebridades. De ellos nos contaba Charlie en sus siempre irreverentes intervenciones.         

Una vez Charlie Too Much decide retirarse de la escena pública, su antagonista, Antulio “Kobo” Santarrosa, comenzó a escribir la historia moderna de la industria del chisme. Es en esta nueva escena mediática donde Santarrosa adquiere notoriedad por sus personajes de “styrofoam” como La Cháchara, la Condesa del Bochinche y su creación más reciente, La Comay, una versión más glamorosa y pizpireta de sus predecesoras. Fue esta última la que le logró un espacio fijo en horario “prime time”, el cual, por más de una década, acaparó los más altos índices de audiencia del país. Y así, entre cancelaciones y reinicios, La Comay batalla por sobrevivir en una industria del chisme que dista de lo que fue hace dos décadas.

Hoy día, la industria del chisme, aunque presente, es una fragmentada y viral. La llegada de las redes sociales ha alterado el ecosistema mediático e, incluso, el concepto de celebridad. La nueva cepa de ciudadanos-celebrity (por ejemplo, Joshua Pauta, La Vampy, El Gabilón, entre otros), también conocidos como “influencers”, ha cambiado las dinámicas de consumo y producción de contenido. Sin libretos o interlocutores, en las redes se produce el chisme y también se desmiente en forma de tweets o de transmisiones en vivo a través de Facebook o Instagram. 

Y así, la televisión como empresa mediática a cargo de la interlocución principal queda en un segundo plano y se convierte simplemente en una repetidora de contenido ya discutido hasta la saciedad. Ya lo vaticinaba Charlie Too Much cuando en personaje solía vociferar, “Ángela Luisa, apaga el televisor”. 


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