Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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El sabor del triunfo

E l triunfo es dulce. Todos vimos cómo se logra. Vimos la concentración de Mónica Puig en la cancha de tenis, su energía, su precisión, la continuidad de su esfuerzo, su habilidad de reponerse tras un error. Jugando brillantemente, Mónica nos enseñó lo que hay detrás del triunfo: esfuerzo, disciplina, perseverancia. Celebramos no solo su victoria, sino la dedicación que la hizo posible.

A los puertorriqueños, dados como somos a buscar soluciones rápidas para nuestros problemas y proclives a enfocar sobre los resultados finales de cualquier empresa sin considerar el proceso que los produce, nos conviene aprender esa lección. Antes del triunfo de Mónica vinieron las prácticas tediosas, el cansancio, algún fugaz desaliento. Todo ello hace más dulce su éxito.

Valoramos la hazaña de la tenista que enarboló nuestra bandera, afirmando una relación de reciprocidad con su pueblo: triunfó como deportista y como puertorriqueña. Tal relación jubilosa marca una primicia (la primera medalla de oro para Puerto Rico en unos Juegos Olímpicos) que no quisiéramos que fuera un caso único.

Por eso su victoria debe convertirse en aliciente para seguir cultivando a nuestros atletas, proveyéndoles la infraestructura necesaria para su entrenamiento continuado.

Esos dos elementos –aprecio e infraestructura- son imprescindibles para el desarrollo de cualquier deporte, cualquier empresa, cualquier arte que pretendan ser exitosos. Esto se hace patente al considerar las épocas y los lugares en los que han florecido talentos que han asombrado al mundo.

Si la Italia renacentista tuvo tantos artistas excelentes fue porque también tuvo mecenas –institucionales o individuales- que patrocinaban su obra, coleccionándola y exhibiéndola. Si el Siglo de Oro español se distinguió por la vitalidad de su teatro, fue por la existencia de un público ávido y receptivo y la proliferación de “corrales” (los antiguos teatros) donde se escenificaban las obras.

Si la pintura neerlandesa del siglo XVII sobresalió en Europa fue porque reafirmó la prosperidad burguesa con sus retratos y el confort alcanzado con sus escenas domésticas, al igual que los bodegones subrayaban la abundancia y los paisajes marinos recordaban la vitalidad del comercio. Todo ello difundido por marchantes ya especializados y ferias de ventas de obras de arte.

¿Fue acaso casualidad que hubiera tantos novelistas extraordinarios en la Inglaterra victoriana? La era industrial vio, en ese país, la proliferación de imprentas, creó espacios de ocio para la lectura y propició la industrialización de la actividad editorial con ámbitos de resonancia como revistas, reseñas, premios, certámenes, librerías.

El éxito exige talento, práctica, perseverancia, pero también exige el apoyo de la sociedad. Los pueblos cultivan lo que valoran colectivamente. Nuestra afición por la música popular, por ejemplo, ha dado lugar a que surja un número considerable –y magnífico- de compositores, intérpretes, instrumentalistas, arreglistas, orquestas y conjuntos que han sobresalido en el mundo entero. Si hay un renglón de las artes en que hemos alcanzado gran resonancia, sería ese.

Y no es solo porque los puertorriqueños tengan un talento innato para la música, ni una aptitud colectiva para el ritmo, sino también por el estímulo que supone la valoración de sus diversas formas y la relativa abundancia de vías para su presentación. Todo ello ha visibilizado la música y facilitado su difusión, generando prácticas colectivas que han contribuido a su desarrollo y diversidad.

La infraestructura que una sociedad establezca para sus artes, deportes (o cualquier empresa) sentará la medida de su desarrollo. El triunfo de Mónica Puig debe ser un estímulo para reforzar ese fundamento necesario que nutre los esfuerzos individuales. La victoria es dulce, y nos alegra a todos. Tras ella hay invariablemente, sin embargo, sudor y lágrimas. Nos corresponde, como pueblo, crear las condiciones idóneas para la profesionalización de nuestros atletas, nuestros escritores, nuestros artistas si queremos saborear la dulzura de más victorias como la que acabamos de celebrar.

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