Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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El Senado huele a derrota

Llegaron tarde y mal. Tarde, porque la sesión extraordinaria convocada en el Capitolio para las tres de la tarde, empezó con cuarenta minutos de retraso. Mal, porque todos y cada uno de los senadores tenía ese aire estragado que no sé si es consecuencia del asueto veraniego, o consecuencia de que cada vez se saben más intrascendentes. Acaso la combinación de ambos.

Vi algunas bancas vacías, eso también le resta fogosidad al encuentro. ¿Quiénes faltaron en ocasión tan decisiva? No sé. Allí les colocaron su copa de agua (con hielito), su libreta, su lápiz apuntando en un ángulo concreto, todos iguales, pero ellos no asistieron.

En cuanto al público, brilló por su ausencia. Ni siquiera hubo esa nube de periodistas que yo sinceramente anticipaba, tratándose del “juicio” sumario del Senado contra el gobernador Pedro Pierluisi. No hubo alcaldes, alcaldesas, jefes de agencia. Nadie quiere calentarse mucho.

La exsenadora Miriam Ramírez de Ferrer, sí que se presentó temprano. Tomó asiento detrás de mí, en el tercer piso, pero más tarde la descubrió un grupito de senadores que le pidió que se uniera a ellos: “Baje, baje, doña Miriam”. Y ella respondió desde el balcón que “no la dejaban”. La escena tenía un regusto renacentista. El presidente del Partido Popular, Aníbal José Torres, exclamó: “Los populares le damos la bendición… Baje, baje”.

Al final, cuando por fin entró el protagonista de la sesión extraordinaria, Thomas Rivera Schatz, el mismo Aníbal José Torres se le acercó a la carrera y le contó que doña Miriam estaba arriba y que debían invitarla a bajar. El presidente del Senado se encogió de hombros: “Que baje”. Ella bajó rápidamente al hemiciclo, donde todos se la comieron a besos, y a continuación vino la invocación.

Todavía me pregunto por qué tenían que llevar a una pastora, y propinarnos, luego de tan larga espera y tratándose de un asunto de la más alta prioridad, esa invocación llena de pullas, donde se dijo dos o tres veces que el “distinguido Senado” era servidor de Dios. Ah, ¡qué conveniente! Y la Cámara de Representantes, ¿no es servidora de Dios? Por supuesto, y hasta más que el Senado, puesto que “Johnny” Méndez ha hecho ayunos y a Rivera Schatz no se le conoce ni una dieta de la lechuga.

Hubo seis o siete discursos predecibles. Dos senadores, Miguel Romero y Zoé Laboy, dijeron que apoyaban a Pierluisi. Y Henry Neumann se enredó en una larga perorata de lo correcto y lo incorrecto, y uno casi entendió al final que como en las canchas de baloncesto se lo pedían, él le daría un voto a Pierluisi.

Rivera Schatz tenía prisa. A Neumann le reprochó que se extendiera, ya que en su momento le advirtió que le quedaban unos segundos y el otro había seguido hablando. Ese regaño surtió tal efecto, que el senador de las canchas cayó súbitamente en la silla, como tocado por un rayo: así de autoritario fue el tono de su jefe.

Thomas Rivera Schatz parecía impaciente, loco por terminar aquello. No es raro verlo malencarado, cultiva esa hosquedad gratuita, pero esto era distinto. Había hastío en su rostro, yo diría que hasta una cierta tristeza. Les dio un buen leñazo a los que dijeron que estaban a favor de Pierluisi. Les dijo que era indigno que pensaran así.

“El jueves tenía apenas cuatro votos”, agregó Rivera Schatz. “Hoy tiene cinco”.

Advirtió que nadie se creyera que él no estaba dando paso a la votación porque tuviera temor de que Pierluisi ganara en el Senado, sino porque quería que la decisión recayera en el Tribunal Supremo.

Para él, recalcó, el nombramiento de Pierluisi era nulo e inconstitucional, y lo rechazaba con toda su alma. (Lo de “toda su alma” es mío, pero lo pongo porque se notaba que era con el alma).

Pude olfatear la derrota en una anécdota de naturaleza familiar que Rivera Schatz contó al final de su discurso y que no voy a repetir. Cuando un político tira de la sentida nostalgia, hasta de la ternura, es que se debate en un laberinto sin salida.

Es verdad que en Puerto Rico hubo una auténtica explosión de pueblo para sacar por las greñas a Ricardo Rosselló. Pero esa explosión, nadie se llame a engaño, coincidió oportunamente con el interés de Washington en deshacerse de la misma pieza.

Ahora es distinto. El Departamento de la Vivienda federal ya le retiró al gobierno el control de los fondos que llegarán a la isla, y los dejará en manos de un síndico. Esto podría tener un efecto dominó. Y en la conversación telefónica que sostuvieron Pierluisi y Rivera Schatz el pasado sábado —porque fíjense que, a pesar de todo, conferenciaron ese día—, tuvo que haber quedado claro que la Junta Fiscal tiene que trabajar con alguien, y que no hay marcha atrás en muchas de las políticas anunciadas.

“Después de mí, el diluvio”, pudo haberle dicho Pierluisi. Y fue entonces que se allanaron a la salomónica opción de que decidiera el Supremo.

En el desangelado escenario capitolino, quedó flotando un aire de desencanto. No es una percepción particular de quien escribe, pues hasta los ujieres lucían alicaídos.

En el Paseo de los Presidentes, los hombrecitos de bronce desafiaban el calor y el absurdo, socarrones hasta la eternidad.

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