Juan Negrón Ocasio

Desde la diáspora

Por Juan Negrón Ocasio
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El silente código del puertorriqueñismo

Los puertorriqueños, sin pensar en su ideología política, son más puertorriqueños que el mismo coquí. Adonde quiera que vivan su patria es la Isla y defienden su bandera. Gozan de su música: el reguetón, la salsa, el seis chorreao, la bomba y la plena. Admiran sus deportistas, artesanos, poetas, escritores y artistas, y se deleitan con la comida típica e inventan sus propias bebidas. No existe ser humano más patriota que los borinqueños. Jamás lo niegan. Lo sienten. Lo viven, lo gritan y hay veces que lo callan dentro de sus contradicciones. La porfía que les distingue es el vaivén del color político, generalizan su puntualidad y responden con un “¡Ay, bendito!”.

Emigran por necesidad indeliberada y, al alejarse con la vista melancólica sobre las nubes, se llevan en el alma la puertorriqueñidad. En el destierro crían a sus hijos enseñándoles su idioma y cultura. En los supermercados o tienditas de la lejanía compran arroz, gandules, pernil, vianda, bacalao, van hasta las sínsoras a buscar productos típicos como mangó, guayabas, quenepas o aguacates. Preparan su propio sofrito con ajíes, pimientos y recaito. El café prieto no falta en la mañana, ni a las tres de la tarde. Escuchan las noticias y misas en español. Cuando planifican un bautizo, una boda o aniversario, ¡ah!, piensan primero en sus familiares y amigos en Puerto Rico. En las vacaciones, anhelan visitar El Morro, La Parguera, Las Cuevas de Camuy, El Centro Indígena de Tibes y el Chorro de Doña Juana; ir a festivales, fiestas patronales y playas. Ansían recorrer la Isla con sus hijos. Y cuando vuelven a distanciarse sueñan con el regreso. Si se jubilan, quieren volver y antes de morir suplican que los entierren…en la Isla.

En Estados Unidos, los puertorriqueños han fundado clubes sociales y empresas salvaguardando sus pueblos y emblemas. Glorifican únicamente su bandera en desfiles y en las ventanas de altos edificios, participan en deportes de pequeñas ligas y registran a sus hijos en programas bilingües. Arrastran con su idiosincrasia donquiera que van y muchos se resisten a aprender otro idioma. Ejercen su voto en elecciones y se esmeran por un porvenir dentro la nación libre norteamericana, sea en Florida, Ohio o Nueva York. Es en la ausencia donde sienten el verdadero orgullo de ser boricua. No aguantan vulgaridades de Puerto Rico a nadie. Defienden esa patria como leales Borinqueneers. Van a guerras, si así lo depara el destino, o envían a sus hijos. Eligen candidatos puertorriqueños y riñen por nombrar calles, parques y escuelas que lleven nombres de personajes históricos boricuas, y puede que sean de distintos ideales. Defender el puertorriqueñismo, adentro o afuera de la isla, siempre ha sido una batalla suprema de sobrevivencia.

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