Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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El simulador de democracia

Muchos de ustedes habrán sentido alguna vez la emoción intensa de conducir un auto deportivo, una aeronave militar o un cohete espacial muy cómodamente sentados dentro de un simulador. Amén de agitarnos el velómetro biológico, esos extraordinarios aparatos también permiten experimentar, entre otras cosas, las sensaciones y conmociones producidas por un huracán, un terremoto o un tsunami.

Hay simuladores para todo tipo de riesgos, incluyendo los atentados terroristas y las cirugías cosméticas. La idea es que la exposición artificial al peligro extremo pueda servir de preparación psicológica para el control del terror. Así pues, la experiencia provee no sólo un delicioso sobresalto de embuste sino un práctico taller de prevención.

Mi curiosidad por esa fascinante maquinaria me ha inspirado una modesta teoría científica. Procedo ipso facto a revelarla. Puerto Rico es la sede del más sensacional embeleco tecnológico concebido por el genio creativo estadounidense. Se trata nada menos que de un simulador de democracia. Este original mecanismo de representación tiene un funcionamiento muy distinto al de otros de su especie.

Sí, señores, estamos ante un artilugio psicopolítico de una sofisticación raras veces vista. Para empezar, su objetivo no parece ser la prevención sino la confusión. En lugar de exponernos a la posibilidad, nos encierra en la imposibilidad. En lugar de entrenarnos para la acción, nos adiestra para la apatía. Y termina persuadiéndonos de que disfrutamos de unos derechos y unas libertades que en realidad nunca han estado a nuestro alcance.

Una serie de simulacros combinados nos ha permitido vivir una impresión de democracia por 64 largos años. El más antiguo de ellos es el del gobierno propio. Por suerte, la administración Obama se ha dedicado a desmantelarlo con inusitado (y misterioso) empeño. Sin amago de diplomacia, varios funcionarios federales han tirado al medio la naturaleza crasamente colonial del “territorio no incorporado”. A estas alturas del juego, hasta los populares reconocen a regañadientes que la autonomía es un cuento de camino.

La propuesta para la creación de una Junta de Control Fiscal, ahora bajo consideración del Congreso, pronto hará innecesarias las elecciones boricuas. Regresamos así a los tiempos aquellos en que nuestros conquistadores no se afanaban tanto por maquillar las fealdades del régimen. La inminente toma de posesión por la junta de marras no ha suscitado grandes protestas. Sospecho que la mayoría silenciosa aplaude en privado lo que percibe como el fin de los abusos de las mafias partidistas criollas.

Seguramente no se imaginan las drásticas repercusiones que los dictámenes de ese organismo “supervisor” podrían tener en las vidas de los ciudadanos de a pie. Sólo hay que ver lo sucedido en la empobrecida y deteriorada Detroit con el nombramiento de un “manejador de emergencias fiscales”. El hombrerompió a botar gente, a cancelar convenios y a rebajar pensiones sin el menor parpadeo.

El puesto de “comisionado residente” es otra simulación ingeniosa fabricada por los americanos. Si el gobierno “local” está manco para todo lo que no sea la repartición del bacalao presupuestario, el papel de nuestro representante en Washington resulta todavía más inútil. Mendigo oficial con sueldo federal, delegado de voto vetado, su presencia en la Cámara se reduce al privilegio del pataleo. Su única misión existencial es tratar de insertar a Puerto Rico en la cola de cualquier legislación que conlleve billetaje, cuestión de restregarnos en la cara, a la hora de las papeletas, la suma de los millones asignados.

Pero el ejemplo cumbre de la ilusión participativa es el de las primarias presidenciales. Adoptadas por estadistas y estadolibristas, no pasan de ser otro simulacro inconsecuente del ejercicio de un derecho democrático. ¿A quién se le ocurre prestarse para seleccionar un candidato por el que luego no podrá votar? Y, peor aún, rellenarle las maletas de donativos a cualquier soplapote que pretenda venir a hipnotizarnos con sus cantos de sirena afónica. Y, encima de eso, atreverse a despilfarrar los escasos fondos públicos restantes en semejante bufonada.

Algunos pensarán que la oportunidad de tomarse un “selfie” con los aspirantes al trono imperial bien vale el checazo que cuesta. Flojo el negocio. Que yo sepa, ninguno de los candidatos agraciados ha hecho un divino por Puerto Rico. Fuera de alguna mención pasajera a “that beautiful island” o la ocasional declaración retórica de apoyo mongo a la estadidad, no abren la boca más que para echarse al cuerpo una alcapurria pisada con un cubalibre.

En el plano de la fantasía, las primarias presidenciales patrocinan un baño espumoso de americanidad, una ficticia sensación de membrecía en ese club poderoso e inaccesible desde el que se nos tira, de cuando en cuando, algún hueso sintético para que no ladremos.

Tremendo acto de ilusionismo el que se han inventado los gringos para mantenernos a raya. Y lo increíble es que lo han conseguido. Entre quimeras y espejismos, seguimos instalados en el simulador de democracia, alegremente convencidos de que nuestros amos benévolos nos quieren, nos protegen y nunca nos van a abandonar.

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