Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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El síndrome de Zelig

El distinguido poeta y crítico literario Juan Martínez Capó me decía que a muchos puertorriqueños se les pega con facilidad el acento de los hispanohablantes de otros países. “Si pasan una temporada en Argentina, México, Cuba o España terminan hablando como argentinos, mexicanos, cubanos o españoles”.

Pienso que mi amigo tenía razón en lo que decía, porque yo he observado ese extraño comportamiento en no pocos puertorriqueños. Esto podría ocurrirle a cualquier ser humano que viva un tiempo fuera de su patria. Pero en algunos hijos de Borinquen esa conducta resulta ser exagerada, por no decir preocupante. Es posible que el deseo de caer bien, de querer agradar para ser aceptados, impulse a estos boricuas de pobre autoestima a copiar el acento de su interlocutor. Padecen el síndrome de Zelig sin saberlo.

Zelig (1983) es una película escrita, dirigida y protagonizada por Woody Allen.

Esta especie de documental gira en torno al asombroso caso de Leonard Zelig (personaje ficticio), un individuo que reproduce las características de las personas que lo rodean. Si está acompañado de un músico, un médico, un pelotero, un político, un mafioso, un indio, un gordo, un negro, un enano, se convierte en un músico, un médico, un pelotero, un político, un mafioso, un indio, un gordo, un negro, un enano.

Copia tanto la apariencia física como la forma de pensar de su interlocutor. Y esta transformación ocurre de manera inmediata, ante los ojos de los demás.

La doctora Eudora Fletcher (Mia Farrow) sostiene que el problema de Zelig no es de naturaleza fisiológica sino psicológica. Lo hipnotiza para encontrar el origen de su mal. “¿Por qué copias las características de las personas que están contigo?”, pregunta la psiquiatra. Zelig responde: “Porque ser como los demás es algo que me da seguridad. Quiero caer bien”. Fletcher pregunta: “¿Recuerdas la primera vez que empezaste a comportarte como la gente que te rodeaba?” Zelig contesta: “En la escuela algunos estudiantes muy inteligentes me preguntaron si yo había leído Moby Dick. Me avergonzaba admitir que no la había leído y mentí. A partir de ese momento empecé a fingir en todo”.

Zelig viene a ser el colonizado puertorriqueño frente al amo del Norte. Con todos sus complejos de inferioridad ante la raza superior. Lo que está en juego aquí es la autoestima. Por eso Zelig siente que no encaja en ninguna parte, por eso necesita disfrazarse de lo que no es para ser aceptado. Asimismo, el colonizado boricua siempre siente la necesidad de disfrazarse de lo que no es porque no se acepta, duda de su valor como persona, se desprecia. Vive para emular al señor que lo domina, para buscar su aprobación y para servirle.

El primer “Zelig” que yo conocí fue Johnny Rosas, el joven maestro de escuela que llegó al barrio La Cuchilla para mostrarle a Peyo Mercé cómo se echaba al piso la tradición. “Tenemos que enseñar mucho inglés y copiar las costumbres del pueblo americano”. El maestrito que se disfrazó de Santa Claus tiene muchos seguidores. Demasiados. Numerosos puertorriqueños de distintas edades desechan el español porque les da vergüenza. Piensan que el inglés los puede elevar a un nivel de superioridad porque es la lengua del amo. A través del inglés se convierten en americanos. Zelig no lo haría mejor.

Quien niega su lengua se niega a sí mismo. Es una caricatura de ser humano, un paria sin un lugar en el mundo. El gran escritor brasileño Rubem Fonseca dice que “de todas las manifestaciones culturales de un pueblo, la más importante es la lengua”. De igual manera, el poeta portugués Fernando Pessoa afirma en uno de sus poemas: “Mi patria es mi lengua”. Por su parte, Miguel de Unamuno nos ha legado este verso inmortal: “La sangre de mi espíritu es mi lengua”.

El amo desprecia a quien se desprecia. Lo sabemos. Pensemos en los judíos (“judenrat”) que servían de alcahuetes a los nazis en Schindler’s List y en The Pianist. Pero nada compara con el patético Stephen, el capataz negro de Django Unchained. El personaje interpretado por Samuel L. Jackson. Un renegado que defeca encima de la gente de su propia raza para agradar a su señor.

El amo se aprovecha de esos seres miserables que se traicionan a sí mismos y a los suyos. También se aprovecha de los ingenuos, de los débiles y de los pobres. Los utiliza, los humilla, los manda a la guerra como carne de cañón.

Los cipayos en la India, los boricuas en Corea, Vietnam, Irak y Afganistán. Cuando ya no los necesita, los aplasta como si fueran cucarachas.

Yo realicé mis estudios graduados en la Universidad de Pennsylvania y allí hice grandes amigos. Norteamericanos en su mayoría. Ninguno de ellos me exigió que yo fuera su copia al carbón para aceptarme y respetarme. Al contrario, agradecían que yo fuera auténtico, que me reafirmara en ser quien era y que sintiera orgullo por mi tierra natal. De hecho, algunos de esos buenos compañeros visitaron Puerto Rico en más de una ocasión, porque sentían curiosidad de conocer la isla hermosa de la que yo tanto les hablaba.

Zelig logró curarse de su enfermedad cuando la doctora Fletcher lo obligó a enfrentarse consigo mismo. Aceptarse tal cual era le trajo paz y felicidad. Ya no le molestaba ser diferente, ni sentía la necesidad de agradar a los demás. Sabía que ocupaba un lugar en el mundo que sólo él podía ocuparlo.

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