Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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El sistema es machista

A pesar de las leyes de protección contra el acoso sexual, laboral y personal, las indignas agresiones continúan manifestándose a tutiplén en Puerto Rico. Esto significa que es mucho el camino andado pero mucho más largo es el que aún falta hasta lograr un satisfactorio consenso sobre el valor del respeto por la dignidad ajena.

Una empleada reporta asedio. La institución diz que hace una investigación pero, ¡sorpresa!, concluye que no existen suficientes elementos para configurar el delito ni para tomar acciones a pesar de contar con suficiente evidencia. Dejan la víctima a su suerte soportando el acoso, ahora velado y “justificado”, porque tuvo el atrevimiento de romper la burbuja ilusoria de sanidad laboral al denunciar al pervertido sexual, obsesionado y descabellado que amenaza el entorno laboral revolcando, con ello, el hormiguero de pasillo.

La investigación interna, por sí misma, levanta defensas institucionales, motivados a hacer el mínimo para guardar apariencias de obrar en cumplimiento de ley. Pero el sistema es fundamentalmente machista y poco puede esperarse en justicia. La realidad es que se agarran de tecnicismos y protocolos, que nada tienen que ver con la intención genuina de salvar la perseguida del perseguido, haciendo el mínimo para evitar demandas. ¿Labor realizada? Pobreza de espíritu tienen los que se lo crean. ¿Cómo pueden dormir en paz dejando la víctima sin apropiada protección o, peor aún, contribuyendo a su victimización? Ahhhh, debe ser que en el fondo piensan que el problema no tiene que ver con ellos.

El investigador institucional suele ser hombre. Como tal, a pesar de su mejor intención de cumplir bien con su trabajo, si así fuera en el mejor de los casos, no deja de ser psíquicamente un macho que escucha con mejor predisposición la postura del varón acusado que el de la acusadora. Si la investigadora es mujer, no dejan de reproducir esquemas aprendidos, fuertemente imbricados en la psiquis colectiva, muchas veces perpetuando el mito y la mentira de que algo hizo la asediada para provocarlo. Entonces, en las mejores circunstancias, se concluye salomónica pero disparatadamente, que la responsabilidad del acoso fue compartida. Se lavan las manos pensando que han resuelto el problema.

Los que asumen esa filosofía institucional-organizacional de la línea del menor esfuerzo en el cumplimiento de la ley de protección a víctimas no se percatan que al dejar pasar con fichas al empleado agresor perpetúan un problema interno que terminará intoxicando la institución. Quien asedia lo hace con profundos problemas de auto-control y es cuestión de tiempo antes de que vuelva a repetirlo con una nueva víctima. Pero, claro, mientras no sea con una mujer de sus familias, ni su esposa ni sus hijas, la cosa nunca será suficientemente grave. Que error tan contundente; nada es grave sino hasta que es demasiado tarde. Entonces vienen las lamentaciones que en nada ayudan a la víctima.

Un hombre que se pega físicamente en exceso a una mujer en su ambiente laboral, que la persigue y aparece en todas partes sin llamarle o invitarle, que crea infamia y alimenta difamación sobre su reputación profesional o personal con el fin de aislarla de otros compañeros de trabajo, que inventa relaciones inexistentes, que disfraza de buenas atenciones lo que son entrampamientos para capturar su víctima sola, aquel que se pinta cordero pero manipula la verdad seduciendo con favores a los demás para acallar sospechas y ganar adeptos, … definitivamente no tiene la capacidad de corregir su comportamiento depredatorio por sí solo. Es un infame desajustado, sin vergüenza y pobretón de espíritu que se aprovecha de las mujeres; un cazador de presas, no un amigo; un violador de la ley penal, ética y moral; ni siquiera un buen empleado porque terminará involucrando la institución en líos mayores. Es cuestión de tiempo…

Las víctimas terminan haciendo ajustes incómodos e injustos o renunciando. Aunque pierdan su trabajo, llevan su cabeza en alto y duermen tranquilas salvando su integridad. Despiden el desgraciado evento dejándolo donde debe estar, en el zafacón donde todas las mujeres dejamos las basuras del pasado sabiendo, como decía mi sabia abuela, que todo lo que se hace en esta Tierra, aquí se paga y todos los depredadores caerán por su propia soberbia. Pero, ¡qué mucho nos queda todavía por hacer para salvar las madres, hermanas, hijas, nietas, sobrinas, amigas y estudiantes de nuestro amado terruño! 

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