Yarimar Bonilla

Desde la diáspora

Por Yarimar Bonilla
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El trauma de María: ¿Cómo contar lo perdido?

2,975. Este es el número que un nuevo estudio de la Universidad George Washington propone como estimado de las vidas perdidas al huracán María. Muchos lo proclaman como la cifra “oficial,” y el gobierno parece haberlo aceptado y con ello haber llegado al fin de la controversia sobre las muertes de María. Pero me pregunto: ¿podrá este número ayudarnos a sanar? ¿Nos permitirá pasar la famosa página?

Luego del anuncio del estudio de GW, el gobernador propuso lo que llamó una “competencia amistosa” entre las universidades del patio para la creación de un monumento a los muertos de María. Sin entrar en el asunto de por qué no se confía en los expertos locales para la contabilidad pero sí para la representación, cabe preguntar: ¿En qué consistiría este monumento? ¿Qué imagen, figura o concepto podrá captar, de forma útil para la sociedad, la magnitud de lo perdido? 

En este caso queda descartado algo como el monumento de los Veteranos de Vietnam en Washington D.C., con sus filas y filas de nombres tallados sobre una pared de granito negro. Una práctica común entre los que allí visitan es ir y tocar con sus manos el grabado al relieve del nombre de un ser querido para poder sentir con sus propias manos la realidad de la pérdida. También se acostumbra frotar un papel con lápiz para trazar así el nombre como prueba de lo que allí quedó inscrito. 

Aquí no serán posibles tales actos ya que ni el estudio de GW ni el de Harvard nos han podido dar nombres ni historias personales—solo números y estadísticas. Apenas nos ofrecen pequeñas pistas sobre qué sectores se encontraban más expuestos: sabemos que el nivel económico y la edad tuvo un gran impacto sobre la mortalidad (eso no sorprende a nadie) pero el estudio de GW nos habla también de género, y sugiere que los hombres mayores—aquellos que durante sus vidas quizás se consideraban los más fuertes— terminaron siendo los más vulnerables luego de la tormenta. ¿Será entonces a un jíbaro envejecido y frágil a quien se deba dedicar el monumento de María? 

Pero también me pregunto si al fin y al cabo hace falta verdaderamente un nuevo monumento, ya que aquí ya se hizo un tributo orgánico—mitad protesta, mitad velorio—cuando se llenó el espacio frente del Capitolio de zapatos en representación de los desaparecidos. Muchos de estos estaban identificados con el nombre de una persona perdida y detalles de la particularidad de su partida. A diferencia de los estudios universitarios, ese tributo nos dio lo que más ansiábamos: nombres, historias, trazos de personalidades, y detalles (por más pequeños que fueran) de las historias individuales detrás de cada una de las miles de vidas perdidas. 

Sandalias de niños, tacones de mujer joven, zapatos de vestir de caballero...La estampa que allí se produjo logró algo que las estadísticas nunca lograrán: sacar a los muertos del anonimato.

Muchos se preguntan cuál será la mejor manera de reconocer el día 20 de septiembre que se aproxima, ese 9/20 que quizás se convertirá en una fecha tan cargada como el 9/11.  Algunos piensan que debemos permanecer en silencio, otros que debe prevalecer la oscuridad. Hay también quienes proponen festejar nuestra resiliencia. 

Ciertamente no hay una forma universal de recordar el dolor y la pérdida. La memoria y el luto son prácticas culturales que varían de una sociedad a otra. Sin embargo, en la mayoría de los lugares donde se han sufrido grandes pérdidas de población por tragedia o violación de derechos humanos, es común reclamar un reconocimiento de lo ocurrido. Pienso por ejemplo en las madres de la Plaza de Mayo en Argentina que exigían que se reconociera que sus hijos no habían desaparecido por acto de magia, sino por represión política. En lugares como Chile y Sudáfrica, al final de la dictadura y del apartheid, se crearon comisiones de “Verdad y Reconciliación” que buscaban destapar la verdad, reconocer daños, y darle nombre al dolor. 

De hecho, no debemos hablar solamente de los muertos de María, sino también de sus víctimas, muchas de las cuales siguen luchando para superar lo vivido. En los últimos meses me he topado con decenas de personas que no han logrado superar el trauma: niños que sueñan que sus padres se están ahogando, abuelas que sufren ataques de ansiedad y pánico cuando escuchan una ráfaga de viento y lluvia, sin hablar de los que todavía luchan con la ausencia, sea por fallecimiento o destierro, de sus seres queridos.

Los procesos de Verdad y Reconciliación no buscan necesariamente pasar juicio, pero sí intentan ir más allá de las excusas, más allá de simplemente decir que “no somos perfectos.” Se trata de admitir un daño causado y reconocer una culpa. Muchas veces incluye también el pedir perdón.   

Para poder superar el trauma colectivo de María, los puertorriqueños necesitamos tal vez nuestro propio proceso de verdad y reconciliación. Pero lamentablemente vivimos en una era “post-truth” donde la verdad está sujeta a debate. Por ejemplo, reaccionando al estudio de GW, el presidente de los Estados Unidos una vez más minimizó los daños, llegando hasta el punto de decir que desde mucho antes de María en Puerto Rico no había electricidad. 

Aunque el gobierno quiera que el número 2,975 quede marcado para la historia como cifra oficial, lo cierto es que fue 4,645 el que logró ser un símbolo con valor propio, y no una simple abstracción. Quizás es porque contenía en su centro el número falso en el cual por tanto tiempo insistió el gobierno, 64. O sea que a la vez que proponía una verdad, nos recordaba de una gran mentira.

Tanto este 9/20 como en los que están por venir, se seguirá recordando muertos y buscando la verdad. Pero a no ser que logremos un verdadero proceso de reconciliación, lo que quedará consagrado en la memoria colectiva no será el número preciso de vidas perdidas, sino la aparente insistencia en ocultarlo.

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miércoles, 5 de septiembre de 2018

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