Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El tropezón del mundo

La repercusión de la pandemia en Puerto Rico, en términos políticos, queda por el momento reducida al hecho de las pruebas rápidas, las pruebas moleculares, las corruptelas de personajes que han querido lucrarse, los traspiés de la gobernadora y las vistas en la Legislatura.

El debate preelectoral, con pocas excepciones y a través de los años, se ha concentrado en reyertas administrativas sobre quién gobierna con más o menos maña, o quién tiene la verdadera vocación para el servicio público. No obstante, entre col y col, antiguamente cobraba notoriedad el tema del estatus.

La pandemia ha trastocado eso. Reconocerlo es de valientes, pero pocos lo reconocerán.

Del lado de los sectores estadistas, es de todo punto imposible prometer absolutamente nada en los próximos meses, y aun durante el año que viene. No habrá ni un solo movimiento, ni un atisbo de avance en su proyecto anexionista. La economía estadounidense tiene que enfrentar un proceso de recuperación que, con suerte, comenzará a fines de este año o entrado el 2021, y se prolongará por varios años, si es que la pandemia no lo vuelve a echar todo hacia atrás. En eso se concentrarán Congreso y Casa Blanca, y ninguno, en ninguna parte, va a mover un dedo para adelantar un Estado 51 que queda muy atrás en el orden de sus prioridades.

Quien prometa lo contrario, miente con saña y con alevosía. El COVID-19 ha vuelto patas arriba demasiadas cosas que dábamos por sentadas, hasta el orden mundial, que ya no será el mismo. Habrá que ver en qué condiciones salen las potencias de esta catástrofe, y a base de eso se reorganizará la geopolítica y la economía global.

Habrán visto, además, que el discurso independentista se ha ido retrayendo, porque no es el momento ni el lugar. La pandemia también los afecta, y es imposible proclamar unas bondades soberanas cuando se están repartiendo billones de dólares que no salen más que de un solo lugar: las arcas federales. Renegar de esa bonanza millonaria es cuesta arriba. Y convencer a la gente de que tales fondos no son un regalo, sino parte de la deuda contraída por los Estados Unidos durante más de cien años de coloniaje, choca contra la realidad implacable: una vez se produzca una ruptura soberana, nadie puede obligar al gobierno estadounidense a responder por pandemias ni por huracanes.

Casualmente, días atrás leí una interesante reflexión del sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, hombre sensato y profundo, que se refería a los reclamos de indemnizaciones que han interpuesto antiguas colonias a los imperios que arrasaron con sus recursos, o causaron estragos entre la población. Muchas de esas colonias, hoy independientes, han exigido una reparación monetaria para rehabilitar sus comunidades nativas, reforzar su sistema de salud, desarrollar proyectos educativos, recibir ayuda tecnológica, e incluso rehabilitar sicológicamente a los antiguos súbditos imperiales. El primero en decirles que ni lo soñaran, en 2015, fue el entonces primer ministro del Reino Unido, David Cameron.

Más tarde, en plena campaña por la presidencia, el actual mandatario francés, Emmanuel Macron, admitió que la colonización de Argelia había sido un crimen contra la humanidad. De la reparación económica, ni pío. Pensarán que bastante tienen con los territorios de ultramar.

Más enérgico fue el actual presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, que solicitó al Rey de España y al Papa que pidieran disculpas a los mexicanos. No recibió ni acuse de recibo. O sí, creo que la petición fue terminantemente rechazada por el Estado español. De paso, se suponía que López Obrador le pidiera algo similar al presidente Trump, pero con Trump se exponía a recibir una respuesta brutal, demoledora. Así que no lo hizo.

El gobierno de Bélgica se ha desentendido del Congo, y lo único que hizo, ya muy tarde, fue pedir disculpas a los llamados “mestizos belgas”, miles de niños hijos de padre belga y madre congoleña que, al final de la colonización, fueron arrebatados a sus familias e internados en orfanatos.

Los imperios nunca han indemnizado a sus colonias. Y como va el mundo, aquí nadie puede hablar de una soberanía con condiciones impuestas al Congreso, eso es irreal, y es la razón por la cual el debate de este año mirará para otro lado, lejos del ideario tradicional y las promesas de estatus.

Aquí, por ahora, todo lo que queda es análisis gerencial, pura rivalidad administrativa entre unos y otros (tradicionales y novísimos): de quién será la gestión más transparente; quién manejará mejor los fondos; quién será más efectivo en evitar la trampa y ahuyentar a los aprovechados. Del contexto general no se pueden sacar ni a la Junta de Control Fiscal ni a la jueza Laura Taylor Swain. Miren si esto es complicado.

La discusión política entra en una etapa inédita, por causa de la pandemia y por la ristra de billones que van a circular entre la población, un proceso que está reñido con movilizaciones y avances soberanos. Eso dicen la experiencia y la historia. Tendría que haber mucha opresión y hambre, y de momento esa no es la realidad.

El mundo ha dado un tropezón y a todos toca parte de esa sacudida. La manera en que lo vamos a asumir es lo que definirá el futuro.

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