Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El unicornio rojo

Tienen que ejercer precaución los que andan buscando el alma del Partido Popular Democrático (PPD), no vaya a ser que por las escarpadas pendientes, los sinuosos pedregales o las vaporosas llanuras por las que, antorcha en mano, están rastreando, vayan a chocar de frente con Silvio Rodríguez, quien desde 1982 va tras su unicornio azul, sin haberlo encontrado, que se sepa o haya sido reportado.

Habrá que perdonar, antes de seguir, a los que creen, como este su servidor que escribe aquí, que el alma del PPD, el unicornio azul de Silvio y hasta la proverbial gárgola son en el fondo lo mismo: quimeras, mitos, leyendas urbanas, fábulas, cuentos de camino, alegoría, parábola, símbolo, lo que la gente que quiere pasar por fina llamaría “figmento (lo cual es un anglicismo) de la imaginación” o lo que la gente del barrio Almácigo Alto de Yauco llamaría, simplemente, una paja mental.

Es que las organizaciones, las personas, las religiones, hasta los países, tienen, a veces, que inventarse sus propias epopeyas (también llamado cantarse y llorarse uno mismo) que le hagan parecer más sustanciosos de lo que en realidad son.

Ahí vemos al PPD, pues, enfrentado con el inconfesable desenlace de que carece de la voluntad para cortarle el vuelo a un presidente que fue sorprendido cogiéndole chavos a una gente que torpedeó la gestión de un gobernador de ese mismo partido, tratando de consolarse a sí mismo con la ficción de que se le perdió el alma a ver hasta cuándo puede retrasar el momento de mirarse al espejo y ver, a lo Jorge Luis Borges, “quizás con sorpresa, quizás con horror”, que, como con los vampiros, el espejo no le devuelve ninguna imagen.

El problema, como veremos a continuación, y por eso quizás es que hay repelillo a mirar la bestia cara a cara, es mucho más simple, profundo y espantoso a la vez.

Las sacudidas que hemos vivido como país en los pasados años de quiebra, intensificación del coloniaje y desastre natural han hecho que, canto a canto, se le vaya cayendo la máscara a la clase política colonial.

En estos días en particular, ha querido el capricho del destino, o quizás de los ciclos noticiosos, que le toque al PPD ser desnudado de esta manera, dejando expuestas, en una radiografía de lo inaudito, hasta sus vértebras más íntimas.

Pero que venga el dios de los judeocristianos, o cualquiera otra deidad en la que se crea, y vea si esto no es, apenas, una manifestación, grave como es, de una verruga que hace tiempo deformó el rostro de la clase gobernante, hasta hacerla irreconocible.

Lo que corrobora el “affaire DCI” en el PPD es que para buena parte de la clase política puertorriqueña, ahora más que nunca, se vale to-to, como cantó aquel. No hay principio sagrado, lealtad inamovible, raya que no se pueda cruzar, asuntito que no se pueda negociar, palo que no se pueda doblar o mejunje que apurar.

José Saramago, premio Nobel de Literatura portugués, autor de maravillosas novelas como Memorialdel convento y Alzado del suelo, pasó sus últimos años en la isla española de Lanzarote. Desde allí, publicaba un blog que llamaba “Cuadernos de Lanzarote”, con sus reflexiones sobre asuntos de actualidad. El 16 de enero de 2009, escribió: “Crisis financiera, crisis económica, crisis política, crisis religiosa, crisis ambiental, crisis energética, sé no las he enumerado todas, creo haber enunciado las principales. Falta una principalísima, según mi entender. Me refiero a la crisis moral que arrasa al mundo”.

Ahí está, cantado con la claridad de los grandes, el grave dilema que lleva tatuado en la piel buena parte de la clase política puertorriqueña: no se reconocen valores superiores, ni mucho menos se aspira a alcanzarlos. Todo es negociable. No es que este sea un fenómeno nuevo. Es que, en este contexto, en el que hay tanto en juego, parece mucho más grave de lo que jamás había sido.

Y en el “affaire DCI” este fenómeno se manifestó con una violencia moral pocas veces vista antes.

Vimos, por ejemplo, que aunque nos atiborran de pasquines de gente con rostros sonrientes, nos entretienen con tumbacocos, nos consuelan con promesas rimbombantes y eslóganes cursis y nos apaciguan con anuncios hipnotizantes, debajo, como las homicidas corrientes submarinas que a veces agitan playas que desde afuera parecen seguras, está lo que el ojo no ve, pero al corazón pueden estrangular: la comparsa siniestra compuesta por los que activan los resortes ocultos que, al final del día, sentimos cada uno de nosotros en nuestras vidas diarias.

Por ahí se mueven, a ras del suelo para no ser vistos, los cabilderos, operativos y doble-agentes, tirando billetes a izquierda, derecha, centro, arriba, abajo y al medio.

Si no fuera por las fuentes del corresponsal de este periódico en Washington, José A. Delgado, no habríamos sabido nunca que el hoy presidente del PPD, Héctor Ferrer, le trabajó a DCI poco después que esa empresa le hiciera al gobernador popular del cuatrienio pasado, Alejandro García Padilla, la gravísima, la inusitada, la ofensiva e insultante imputación de que había facilitado el uso de Puerto Rico como puente de tráfico de drogas entre Venezuela y Estados Unidos.

Imaginen que Héctor Ferrer hubiera llegado a La Fortaleza, con ese secretito guardado en el lado oculto del corazón. O Roberto Prats, también popular, otro posible aspirante a la gobernación, que igual le trabajó a DCI.

Ricardo Rosselló, a quien no hay que imaginar como gobernador porque ya gobierna, también tiene su historia con DCI, de la que recibió donativos, con cuyo directivo Ryan Grillo se relacionó en términos que no han sido explicados con toda claridad y de cuyas posturas respecto a la deuda se hizo eco cuando era candidato.

Ya gobernando, enfrentado a la ruinosa realidad fiscal de Puerto Rico, no le costó más remedio que ver la verdad y dejó atrás aquella postura, la de DCI, que con tanto orgullo pregonaba,de que la deuda era pagable y deoposición a que Puerto Rico tuviera un mecanismo para reestructurarla.

Mas no debe olvidarse que este camino de la deuda y la quiebra y la privatización y la reconstrucción y todo lo que se mueve sobre y bajo la superficie en la administración de un país en proceso de tratar de rehacerse es largo y sinuoso, y todavía hay asuntos en los que se pudiera, digamos, coincidir.

No sabemos, en resumidas cuentas, para quién trabaja esta gente, qué intereses andan por ahí mojando y aceitando, cubriendo todas las bases, lo cual es harto peligroso, por todo lo que está en juego en este tiempo de desplazamientos que el gobernador Rosselló ha llamado, significativamente, “la tela en blanco”, en alusión a que puede venir cualquiera que se venda bien a hacer lo que le plazca.

Puerto Rico está en quiebra y un huracán le pasó por encima como un camión. Pero sigue teniendo su valor, como por ejemplo, millón y medio de clientes para una compañía eléctrica, lo cual es solo una de las cosas que estimulan la codicia de los que andan por ahí comprando al que se deje comprar.

Para no hablar de eso que es lo importante, es que hay gente buscando almas perdidas, unicornios azules o quizás, por tratarse de quien se trata, en el tema que nos ha ocupado esta semana en particular, un unicornio rojo.

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