Aida Díaz

Tribuna Invitada

Por Aida Díaz
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El valor de la solidaridad magisterial en la sociedad puertorriqueña

En la mente de todos nosotros se encuentra fresca alguna imagen de felicidad de la niñez que en muchos casos tiene que ver con una maestra o un maestro. La seguridad que produjo el consejo sabio, la mentoría, el cariño, el rigor o el apoyo de ese maestro marcó de alguna manera la vida de muchos de nosotros. 

Si bien es cierto que desde hace tiempo venimos hablando de lo lastimoso que resulta la poca valoración social que hay hacia el magisterio, y cómo a su vez otras culturas le tratan, le remuneran y le consideran con la dignidad que merece el privilegio de enseñar, la figura del maestro sigue representando para muchos un punto nodal en nuestras vidas. Ante tantas preocupaciones por las técnicas y los contenidos, sigue siendo la figura de empuje, arrojo, del pensar fuera de la caja, pero, sobre todo, la del amor que transforma las vidas de los estudiantes. 

Hoy durante la celebración del Día del Maestro más que festejar, invito a todos los gobernantes y al pueblo en general a una profunda reflexión sobre la contribución del magisterio al desarrollo de nuestra sociedad y cuánto más podrían aportar si fueran justamente valorados y apoyados. 

Ante los múltiples problemas que enfrenta nuestro presente, de cara a nuestro futuro, el rol de los maestros es fundamental, no solo en el dominio de conocimientos y destrezas cada vez más diversificados y complejos que cambian por completo nuestro papel en la sociedad, sino en la capacidad de entender y trabajar en un Puerto Rico complejo que requiere nuevas visiones, pero la misma solidaridad, el mismo coraje y el deseo de siempre que nos ha traído hasta aquí. 

Pese a lo que se ha pensado, nuestra sociedad no ha colapsado. Detrás de muchos éxitos está la maestra que, a costa de esfuerzo propio, la gran parte de las veces con su propio dinero y su gasolina, sacó al estudiante fuera de las cuatro paredes de la escuela y le enseñó otro mundo. La historia de ese éxito está pavimentada con la humildad que significa dar, guiar, caminar y aprender juntos, las claves de este laborioso oficio, que le dio el empuje que le hizo ver otro horizonte a ese estudiante. 

Se anidan una mezcla de emociones que dejan felicidades a ambos, pero pocas felicidades tienen comparación con la satisfacción que sienten los maestros ante el logro de sus estudiantes en la vida y para eso hay que poner la vida allí donde se muele vidrio con el pecho. A todos ustedes, ¡gracias!

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