Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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El verdadero patriota

Por varias décadas, el puertorriqueño ha estado dividido por ideologías políticas que favorecen una opción de estatus sobre otra. Sin embargo, no importa si usted favorece la estadidad, el estadolibrismo o la independencia, no podemos evitar sentir emoción ante el sonido de nuestra Borinqueña y la hermosura de nuestra bandera. Tampoco podemos evitar entonar con gran emoción canciones como Preciosa o Verde Luz.  ¿Y que me dice de extrañar el sonido del coquí cuando viajamos al exterior? Son estos algunos de los símbolos que representan nuestro orgullo patrio y nuestro amor por la isla.

Este sentido patrio se agudiza en la diáspora, por la añoranza y la romantización de aquella cultura que dejamos atrás buscando nuevas fronteras. Es en la diáspora que muchas veces hacemos cosas que nunca pensamos hacer en el terruño, tales como poner una bandera de Puerto Rico en el carro o en la ventana de nuestro apartamento, ponernos unas chancletas Puerto Rico “metedeos” o jugar dominó todos los sábados con dóminos dibujados con la bandera.  No importa si otros piensan que “nos hemos quitado” el amor por la isla y sus símbolos prevalece.

Es evidente que si de banderas, himnos y cantos se trata, el puertorriqueño expresa un gran sentido de patriotismo. ¿Pero es ese el verdadero significado del patriotismo? Diría yo que las expresiones antes descritas representan un patriotismo inmaduro que idolatra los símbolos pero evita profundizar en las verdaderas acciones patrióticas. Cuando el patriotismo madura, nos damos cuenta que el mismo se demuestra a través de la preocupación por las condiciones sociales, económicas y políticas del país.

Por ejemplo, si usted es patriota debe estar sumamente preocupado porque más del 55% de los niños del país viven bajos los niveles de pobreza. Esto es una situación sumamente sería e impacta un sector de la sociedad que catalogamos como el futuro del país. La pobreza en nuestros niños se ve reflejada en la calidad de la educación que reciben, el acceso a una buena nutrición y a oportunidades de diversión, y sus futuras expectativas laborales, entre otras cosas.

Cuando el patriotismo madura también nos preocupa la severa desigualdad social en que vivimos. Puerto Rico es uno de los cinco países con mayor desigualdad social. Esto quiere decir que existen agudas diferencias entre los más ricos y los más pobres. La desigualdad social afecta diversos indicadores de bienestar en nuestra población como lo son la salud y la educación. A eso le añadimos la alta tasa de desempleo, la crisis económica y el alto nivel de dependencia en ayudas gubernamentales.

Cuando maduramos nuestro sentido patriótico nos preocupamos por la migración de nuestros compatriotas, quienes se van del país buscando un mejor futuro para sus familias. La madurez nos ayuda a entender que ellos son parte nuestra. Esa parte nuestra, que herida por un sistema que frecuentemente no apoya su desarrollo y bienestar, se ve forzada a buscarlo en otras latitudes. Ellos no se quitan; son y siempre serán parte de nosotros, de este colectivo llamado Boricuas que grita en momentos de crisis a lo Fiel a la Vega “vivir pa’ sobrevivir”. 

Un patriotismo maduro se indigna por la corrupción rampante en nuestro gobierno, sin importar el color del partido y sin crear excusas para sus candidatos. El patriota sabe que la corrupción afecta el desarrollo de ese país para el cual tanto profesa amor. Para acabar con esa corrupción se involucra más en el proceso democrático a través de las urnas, realiza llamadas a su Representante para dejarle saber su parecer, y se integra a movimientos ciudadanos para no permitir que los mismos corruptos alcancen el poder.

En fin aunque nuestro amor por la bandera y nuestro himno son gestos afables de patriotismo, de nada valen cuando nuestros ciudadanos sufren el embate de tantos males sociales y callamos ante los mismos. Este momento histórico demanda tener ciudadanos que demuestren su amor y compromiso con Puerto Rico a través de acciones individuales y colectivas que influyan en un cambio de rumbo para el país.

Estas acciones incluyen el ser críticos ante la información que recibimos, el no votar por tradiciones o colores sino con la conciencia de quienes son los mejores candidatos y candidatas y el entender que nuestra participación democrática rebasa las urnas y se debe concretar en acciones en nuestras comunidades y en ejercer presión por los próximos cuatro años para que nuestros oficiales electos honren su mandato de buscar el bienestar de nuestros ciudadanos. Solo así la próxima vez que entone estrofas como “y así le digo al villano, yo sería Borincano aunque naciera en la luna”, sus lágrimas serán de orgullo y no de tristeza por un país que se nos hace cantos.   

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