Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El viejo de la laguna negra

Sus temperamentos son, de hecho, menos que aquellos que observamos al otro lado de la Avenida Ashford, ya en pleno Océano Atlántico; mientras allá se ven los pañuelitos con el viento del norte, o aparecen las brumas, las marejadas de los muertos y esas calmas que sorprenden, del lado de acá, apenas a doscientos metros de la ventana al mar con la escultura de Botero, se encuentra, no siempre, porque es como una alucinación, esa superficie imperturbable de la laguna, cual espejo gigantesco, donde se reflejan temblorosos los altos perfiles de los edificios, donde se destaca el diseño en uve invertida del antiguo Hotel La Rada.

Se me ocurrió la idea de cruzarla justo porque en pleno verano, con la temporada de tríalos, la laguna se llenó de nadadores. No puede estar tan contaminada como me habían advertido… Ya no había “descargas” a la laguna. Esa palabra, “descarga”, bien que la conocía de mis cruces en Isla Verde durante los años setenta. A la altura de El Alambique un enorme tubo del alcantarillado descargaba en la playa. Mar afuera se divisaba la mancha color marrón. Eso cesó allá y también acá, en la Laguna del Condado. Cuando Sylvia Rexach le cantaba a su laguna lunera y ponderaba sobre los tragos y orgías que encontraban en la laguna su remanso espiritual, esas aguas eran el final del grueso sistema digestivo de todos los habitáculos cercanos. Según el folklore cangrejero, antes de que se construyera la Baldorioty —en que su orilla sur fue rellenada, haciéndola más angosta—, sobre sus inquietas aguas espejeantes flotaban “cocodrilos” y marañas no de algas sino de papel higiénico. La laguna era el pozo muro de Miramar y el Condado. Ya no.

A la derecha está el Parque Jaime Benítez, donde se alquilan kayaks y canoas. Del lado norte, y saliendo de las raíces del mangle, está la ruina de lo que supongo fue un viejo embarcadero. Con este marcador podemos constatar si la marea está alta o baja. El viento siempre sopla del este, hacia el límite que es el Puente Dos Hermanos. Sería la manera más fácil de cruzarla: de este a oeste. Del lado de acá, sobre la laguna propiamente, en su lado norte, he contado hasta cinco atracaderos, que supongo ilegales. Serán estos la mejor manera de marcar el avance durante el cruce. El sitio de llegada será ese parque de diversión acuático para niños —con sus llamativos colores amarillo y azul— al comienzo del puente Dos Hermanos, frente al Condado Plaza.

Decidí hacer un cruce corto; así probaría las aguas. De caer enfermo al otro día, sabría cuán nociva es para la salud esta laguna miasmática, quizás malsana, que Sylvia identificaba con lo saturnino, lo melancólico y orgiástico. Empezaría en la playita que está casi llegando al puente Miraflores, que cruza desde Santurce a Miramar. Durante María esa playita sufrió grandes destrozos; el resto del tiempo es lugar de barbacoas con aroma a jambergadas, depósito de botellas tamaño padrino, chancletas de goma abandonadas y Pampers usados.

Tanteo el fondo; la arena se ve limpia, temo alguno que otro cristal. Ya cercano a las boyas que limitan la playita, el fondo se vuelve pedregoso. Más allá de las boyas, la corriente peina las algas en dirección oeste. El bajo está lleno de plantas marinas, buena señal de vida. Ya con las primeras brazadas noto que la corriente es fuerte hacia el puente Miraflores, en dirección a Isla Grande. Todo el tiempo siento las bofetadas de la fuerte corriente. Ya pronto no se ve el fondo; a mi derecha el mangle crece a lo largo de la Baldorioty. Esta parte del cruce nos arropa con un azul oscuro, hasta profundo. Recuerdo que la profundidad de la laguna no es de más de treinta pies; si la recorremos en kayak podemos ver tortugas que asoman el pescuezo, mantarrayas que saltan; los manatíes posiblemente se manifiestan como manchas oscuras que se mueven, apenas entrevistos como perturbaciones del agua. La laguna del Condado está repleta de variada vida marina.

Llego al parque acuático de los niños y decido regresar a la playita del lado de la Baldorioty, a nado. En el Parque Acuático observo, desde el agua, a esos niños que aprenden a kayaquear detrás de las boyas. Noto ese entusiasmo cercano a la ferocidad que muestran algunos niños cuando aprenden una destreza; es como si tomaran por asalto sus limitaciones. Pienso que la lejana infancia está sobreestimada.

Casi debajo del puente Dos Hermanos, se agrupan las familias de manatíes. He visto cómo un coletazo de uno de estos grandes mamíferos es capaz de partirle un remo a un kayaquero. Estas grandes, feas y míticas “vacas de mar” —el Mato en que cabalgaba la Reina de África, según el cronista Oviedo—, las “sirenas” que quisieron ver los tripulantes de las naves de Colón en estas aguas, no ceden en su empeño de hábitat.

De regreso me percato de los dos colores, del agua cercana a la playita; casi en la orilla es de azul claro verdoso; atrás dejo ese azul oscuro que insinúa abismos que no existen. A la izquierda noto que el manglar está adornado con trapos, quizás camisetas abandonadas por los dueños de los pampers y las botellas plásticas. Me zambullo por debajo de las boyas. En la playita están, casi cubiertos por arena, esos troncos de palmas que nos tumbó María. Me olvidé de los cristales. Pisé fuerte.

A los pocos días cruzo desde el Parque Jaime Benítez. Para vadear, desde la playita rodeada de mangle, es necesario caminar descalzo sobre un plástico que los muchachos de los kayaks han colocado allí para facilitar la entrada al agua. Noto, a la derecha, que la marea mañanera, de las diez, casi ha rebasado el atracadero.

Con las primeras brazadas siento el empujón de la corriente hacia el Puente Dos Hermanos. Huelo el agua; huele más a mangle que a cloaca; es un olor marino reconfortante, que tranquiliza. El monumento a Baldorioty, a mi izquierda, es el marcador del avance.

Algo que no tranquiliza en este cruce es que solo hay una dirección para ir, y esa dirección es hacia adelante. A la izquierda están las rocas y el mangle, a la derecha otro mangle y esos atracaderos que me imagino sin escaleras. Solo hay una dirección, y es hacia el puente Dos Hermanos. Desde la orilla el cruce se ve espectacular, enorme; desde acá, en el agua, y a ras de la corriente, es cuestión de marcar fuerte una brazada frente a la otra; entonces resulta corto. El Parque Acuático de los niños es el sitio escogido para la llegada y siempre está a la vista. A la derecha, reconozco el avance según voy rebasando los atracaderos. Después del último, decido moverme a la derecha, empujo hacia los inflables azules y amarillos con el brazo izquierdo. Ahora es cuestión de llegar donde están esos niños que tan furiosamente, y con mucho chapaleteo, aprenden a usar los remos de los kayaks. Vadeo ya por el lado de la playita donde están los enormes inflables amarillos y azules, oigo los gritos de los niños, me incorporo. El viejo de la laguna negra ha cruzado la laguna melancólica de Sylvia a los setenta y dos años, algo así como desnudarse, o quitarse el gabán apretado con que lo pintó Munch mientras contemplaba la liquidez del tiempo, tan vulnerable como el albatrós de Baudelaire, la calvicie solo superada por la telarquia senil.

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