José Frontera Agenjo

Punto de vista

Por José Frontera Agenjo
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“El virus fue productivo”

Esta frase del licenciado Juan Maldonado en el nuevo chat en la secuela de los posibles actos de corrupción de este cuatrienio vuelve a indignarnos a todos. Mientras experimentamos desasosiego, frustración colectiva y lloramos a los enfermos y a los muertos, cuando muchos han perdido el trabajo o la fuente principal de sus ingresos, el cinismo de unos pocos, lucrándose de la necesidad del pueblo y a sus expensas, tiene que estremecernos en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra conciencia colectiva. Pero, luego de analizarlo de forma sosegada, hay algo de verdad o podría haberla, si aprendemos finalmente ciertas lecciones.

Primeramente, que después de los hechos del 2019 todavía haya quienes se sientan que pueden decir, hacer o escribir lo que sea, sin importar su posible efecto y trascendencia pública, nos demuestra el grado de impunidad que perciben. Mientras no haya consecuencias, mientras las investigaciones sigan haciéndose en cuartos oscuros, sin acceso a la información ni transparencia, mientras no haya acusaciones criminales, ni convicciones ejemplares, seguiremos teniendo que soportar este tipo de comportamiento. Si pensábamos que estos sectores allegados al liderato político del país aprenderían la lección, nos equivocamos, pues no han tenido ningún incentivo para hacerlo ni ven consecuencias a sus actos.

En segundo lugar, queda demostrado que la corrupción tiene cara de ser el modo de operación de ciertos niveles de la administración pública y que hay personas que se han insertado en agencias y posiciones de gobierno para facilitar, mover y engrasar este tipo de actuaciones. El bien común, la solidaridad, la empatía y la dignidad, que deben ser las guías de cualquier gestión pública, han quedado en el olvido y se han sustituido por el lucro personal, la obtención del poder por propio beneficio y la explotación y abuso del mismo contra los propios votantes, incluso los de la misma alineación política.

Finalmente, pone de relieve nuevamente cuál debe ser el estilo de país y las preocupaciones genuinas que van a dominar el espacio público y político post-pandemia. ¿Quiénes y cómo nos proponen respuestas y propuestas serias, realistas e implementables en respuesta a las cuestiones que realmente nos afectan? ¿Cuándo los verdaderos retos del país se enfrentarán con franqueza y verticalidad, sin importar el costo político futuro y desde el marco de la verdad?

A fin de cuentas, el virus puede ser productivo. Productivo si nos permite superar la ceguera ideológica-política. Productivo si nos permite recuperar las bases de una sociedad colaborativa desde sus comunidades y las capacidades de sus individuos. Productivo si nos lleva a poner en práctica las lecciones que dijimos haber aprendido después de María y de los terremotos. Productivo si todo el malestar generado por la forma en que se aprobó el Código Civil, no tanto su contenido, y la afrenta contra el sistema electoral que se pretende aprobar en las mismas cámaras oscuras capitolinas se transforma en dínamo del cambio que necesita el país.

Después del verano del año pasado, en otra columna publicada, planteaba que la salida del gobernador Rosselló Nevares no resolvía el problema. Que había lecciones después de la crisis que era necesario discernir, aprender y asumir. Los temas detrás de la indignación colectiva no terminaron allí ni han terminado todavía. La pandemia los ha hecho patentes. Si de esta experiencia los asumimos con conciencia y responsabilidad y nos comprometemos de verdad con el futuro del país entonces, frente a esos que ahora nos ofenden, podremos decir colectivamente “el virus fue productivo”.

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