Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El Wicquipide

En mi juventud veía a las boricuas preñadas y sentía alegría; la patria se poblaría de futuros héroes, como Albizu Campos; hoy las miro y la palabra que viene a mi mente es “diáspora”, palabra grave que vuelve solemne la mismísima gravidez. Pienso que semejantes pensamientos nada tienen que ver con la infancia de mi vejez, porque, en realidad, cuando llego al semáforo de la Fernández Juncos con la Roberto H. Todd, y deposito la peseta en el vaso plástico del ciudadano americano de La Colectora, quien me pide para su manteca, las aprecio, a todas ellas, como una hermosa, vivificante, alucinación. Ahí se turnan en ese enorme “Billboard”, del tamaño justo del edificio en la otra esquina. Ellas anuncian los beneficios del W.I.C.; los anuncios son auspiciados también por el Gobierno de Puerto Rico y el Departamento de Salud. El programa de asistencia nutricional para infantes no está solo en el esfuerzo gubernamental por alimentar a “la raza”, expresión que se acuñó en mi juventud, allá en los niuyores. Lo importante no es eso, sino que son hermosas boricuas en distintos estados de la maternidad. Y con un poco de imaginación hasta podrían figurar como postales del Día de los Enamorados.

Porque esa niña apenas núbil, todavía con “bracers”, mostrándonos una preñez portentosa, que usa mochila y tenis color turquesa, con pantaloncitos cortos y la camisita de cuadritos abierta para que le cuelgue su embarazo, me sonreía con absoluta complacencia, la felicidad de estar encinta. Se le nota ese pelo enchumbaíto de la preñez; es un detalle que recuerdo de aquella euforia de mi juventud. Ella me proclama, sonriéndome ahí en el semáforo: “Yo soy Wic. Soy universitaria y seré madre. Una buena alimentación previene a mi bebé de enfermedades”. Estoy de acuerdo, mija; pero ¿no recibiste alguna educación sexual en escuela superior? ¿No hubo algo de coordinación entre el Departamento de Salud, de la Familia y Educación? No será fácil: Tendrás que criar al muchacho entre huelgas universitarias, profesores nacionalistas malhumorados que no asisten a clases, ese maldito curso sobre el cojito de Descartes y la cantaleta de papi y mami: “Yo te lo dije, y te lo repetí, ¡ese muchacho no te convenía!” En algún momento de exasperación, criatura, te echarás a llorar.

Vengo cansado; no estoy para pagar el peaje de La Colectora. Me pide un peso para comprarse una Coca Cola. “Con eso llegas a un centro de tratamiento”, le riposto. Entonces veo allá, en la enorme pantalla del billboard, a esa hermosura: Los cabellos le quedaron un poco muertos después del parto. Es guapa sin ser bonita, con facciones grandes y una hermosa dentadura, el pelo largo, color azabache. Me sonríe mientras le da la teta a su crío, que por lo visto va camino a dormirse. En el mollero del brazo derecho esta madre, capaz de zamparse una Palmolive en botella, tiene un lírico tatuaje de flores y capullos. Parece ser una madre soltera. ¿Dónde están los varones de este país? ¿En los semáforos?Ella está coquetamente vestida, en el nene no hay asomo de descuido. Es una madre ejemplar y me dice, quizás haciendo salvedad por el tatuaje, porque por todo lo otro es antiguamente matriarcal: “Soy joven, moderna y soy madre. Es mi vida, la salud de mi hijo es lo primero. Tú también puedes se WIC”. Busquen al padre, por favor, asumamos que paga Asume, aunque ella esté feliz de no tener el abusador ese cerca, ¿no? Por el amor de Cristo, traten de coordinar los programas para la educación sexual, la prevención de la natalidad accidental, esas viviendas de madres solteras, por favor, so pena de más diásporas y exilios en Kissimmee.

Hoy hasta le doy buenos consejos sobre el tratamiento que debe seguir, le advierto sobre la hinchazón en los brazos a causa de la celulitis, le doy el peso para la Coca Cola, hasta estoy dispuesto a conseguir que alguien venga a buscarlo. Está en silla de ruedas y su mirada rebasó ya la desesperación. Alcanzó esa tristeza que ya, también, se ha vuelto vicio. Me consuelo con la más hermosa; miro hacia arriba y ahí está: Es mulata, de cabellos rizos, la sonrisa Colgate, cutis perfecto y usa espejuelos, la chica profesional, que usa iPad y blazer. Tiene facciones pequeñas, delicadas, es una bella mujer. La nena, su hijita, mira la cámara con tímida alegría. Parece que no añora al padre; se ha colocado un lacito en el pelo rizo. Su mamá se manifiesta: “Soy trabajadora, maestra, y soy madre. La nutrición de mi niña es mi tarea principal. Tú también puedes ser Wic”. Ningún problema con eso.

Sin dudas es una política pública encaminada a repoblar el país después de María y la sufrida diáspora. Eso es. Faltaría aquello que en el gobierno de Acevedo Vilá se llamaba, pomposamente, “sinergesia”, coordinación, jamás consuelo para el gobierno que heredamos de él, y de otros. Pero, quizás, la asistencia nutricional es una manera de garantizar la sumisión alimentaria en la próxima generación. El mensaje subliminal es que no importa el gobierno quebrado, ahí estará W.I.C. para alimentar la descendencia, educarla, darle vivienda. Todos somos Wic; y también los varones, que no aparecen en los anuncios, sin duda también responsables de la maternidad.

La política pública superior, según nuestra raza, es que no se entere la mano derecha de lo que hace la izquierda, o que no se entere el estado benefactor de que estamos quebrados. O que no se entere nadie de qué rayos es lo que queremos.

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