Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El zafarrancho PNP

Las peloteras dentro del PNP son más evidentes que en ningún otro partido, por causa de que están arriba y se disputan la gobernación.

Pero las mismas broncas ocurren en el resto de las colectividades políticas o movimientos que ahora, de repente, presumen de “estabilidad y tolerancia”.

Mentira, se dan broncas, celos y batallas donde el ego no cabe ni en el Coliseo.

Quizá es por eso que ninguna figura destacó entre la muchedumbre que exigió la renuncia de Rosselló, y se desperdició el momento ideal para aupar a un líder opositor con verdadera garra.

Las razones fueron muy variadas. Algunos tiraron la raya: iban a las concentraciones y se dejaban ver hasta que empezaba la candela, a altas horas de la noche. Pensarían que si se quedaban, y luego la cosa terminaba mal, por causa de elementos a los que no controlan, corrían el riesgo de “quemarse” y arruinar una posible candidatura el año que viene. De hecho, en un país donde todo el mundo se hace fácilmente con un arma, era imposible prever si un exaltado iba a disparar al aire, o iba a pegarle fuego a una tienda. El que no tiene control de los manifestantes, corre, o corría, ese riesgo. Pero de riesgos precisamente está empedrado el camino de los grandes liderazgos.

Del Partido Popular, se me ocurre que “el hombre que volvió a las sombras”, David Bernier, era el único que hubiera podido subirse a la valla que separaba a la policía de los manifestantes, sin exponerse a que le tiraran adoquines. A los demás no me los imagino. Por otra parte, Bernier tiene una ventaja: es espadachín, le sobran los reflejos, y se hubiera crecido en esa coyuntura dejando a medio mundo atrás. Sin embargo, puede que haya pensado que no iba a sacarle las castañas del fuego a un partido donde no lo han tratado bien y, además, se despedazan vivos. Mucho criticar las reyertas del PNP, y ellos están igual o peor, peleados unos con otros, atizando el fuego de las puñaladas traperas. Ni siquiera sabemos si también han cultivado algún chat. El que tenga copia de conversaciones, que las guarde, nunca se sabe cuándo van a ser buenas.

Aparte de esos dos partidos mayoritarios, los reyes de las facciones son los soberanistas e independentistas. Están de acuerdo en el repudio a la Junta Fiscal, el manejo de las cenizas de carbón y la petición de auditoria de la deuda. Hasta ahí. Pero en lo más importante, que es generar una figura urgente, articulada y sobre todo realista, han fallado. Fallaron en el momento irrepetible en que se abarrotó San Juan. Y yo veo que anuncian esas asambleas de pueblo, que son tan anacrónicas, de los tiempos en que no había ni Facebook, ni Twitter, ni hashtag (ni la buena señora que los parió, como diría Joaquín Sabina), y entonces sí tenía sentido llevar una sillita y reunirse al fresco. ¿Pero a estas alturas asambleas de pueblo? Si ya sabemos cómo son: se levanta uno y echa una parrafada eterna, y luego sale el otro con una propuesta para elecciones adelantadas, y a continuación pide la palabra aquél que insiste en un estado de emergencia y una auditoría, y al final todo queda anotado. En fin. Es más bien un ejercicio electoral, en el que, en lugar de hacer caminatas, se celebran círculos más o menos esmirriados para que unos cuantos políticos emergentes puedan alardear de rectitud.

Es lo mismo que pasó con la llamada Comisión para el Desarrollo Cultural, de la que salió un informe hace como cinco años, producto de reuniones abstractas e interminables, y en nada vinculadas a la realidad (porque en aquel tiempo el único realista era Anaudi). El país no se había ido a la quiebra, pero los economistas ya avisaban la catástrofe y tal vez había espacio para auditar la deuda. Sin embargo, nadie exigió una auditoría, ni hubo marchas ni consignas, ya que todos suspiraban agradecidos por las promesas culturales.

Así se fue la guagua, y ahora es tarde. El asunto está en manos de una jueza federal. Pero hay más: el miércoles pasado, dos importantes aseguradoras que también han tenido que pagar platos rotos (es decir, responder a sus asegurados por los compromisos que Puerto Rico ha incumplido) demandaron a un puñado de bancos de inversión. Dichas demandas no estarían amparadas por la moratoria que decretó la jueza Laura Taylor Swain, toda vez que los bancos de inversión no son acreedores. Así que habrá mucho movimiento en los tribunales.

Y en medio de ese panorama, ¿quién va a empezar una auditoría, y por dónde?

A Wanda Vázquez le preguntaban eso el otro día y ella trató de zafarse como pudo. Pero digan la verdad. Que la auditoría se la tenían que haber pedido a Acevedo Vilá, a Fortuño, a García Padilla. Declarada la bancarrota, metidos en negociaciones que penden de un hilo, y amenazados desde tantos flancos (pues si los tribunales no han congelado los fondos del gobierno es gracias a esa moratoria que mencioné antes), con qué autoridad se va a decir: “quietos todos, que vamos a auditar”.

Con ninguna. Cero auditoría. Ya no la habrá.

Y como no me quiero despedir con una nota aciaga, exhorto a las feministas a que alegren esas caritas. Por primera vez dos mujeres se disputan la gobernación, y ambas, cada cual a su modo, han tirado trompetillas a los varones.

Si eso no es para saltar, díganme entonces qué.

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