Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El Zipperle

Además de la destrucción con que nos azotó el huracán María, ahí está el olvido, la aflicción de la desmemoria histórica. La reciente demolición del restaurante El Zipperle es un acto de ceguera cultural que incita a una reflexión, quizás más compleja que la causada por las penurias del huracán.

Toda conservación contiene valoraciones ideológicas. En los años cincuenta y sesenta, el proyecto de restauración arquitectónica del San Juan Antiguo respondía al nacionalismo cultural del Partido Popular, muy particularmente del creador del Instituto de Cultura Puertorriqueña, don Ricardo Alegría. Era un proyecto de restauración de la memoria histórica, sobre todo del pasado colonial español. En los años sesenta se excluyó el recinto extramuros de La Puntilla de dicha conservación y restauración, también la estación del tren en el Paseo de Covadonga; se procedió a la demolición de la misma porque dicha estructura representaba los años del tren de circunvalación, tan identificado con la era de explotación cañera bajo el régimen económico colonial yanqui. Aquel nacionalismo cultural de Alegría ciertamente era ideológicamente escrupuloso, algunos dirán que claramente hispanófilo.

La bola columpiante y demoledora del llamado “progreso” también destruyó la mansión Georgetti a fines de los años sesenta, mansión construida por uno de los grandes terratenientes cañeros; esta casona era quizás el mejor legado arquitectónico de Nechodoma en Santurce. (La casona de don José Alegría, fundador del Partido Nacionalista y padre de don Ricardo Alegría, todavía está en pie; es la sede del Colegio de Arquitectos, en la Calle del Parque.) Con la demolición de la estación del tren también se destruyó el recuerdo del arribo a San Juan que tanto significó para la dificultosa movilidad de muchos puertorriqueños pobres de los años veinte, treinta y cuarenta, gente de campos, barrios y pueblos que en aquel entonces solo añoraban llegar a la ciudad más cercana. Las justificaciones ideológicas suelen ser tajantes, en realidad disparos de escopeta; acarrean la destrucción de los detalles sentimentales de la memoria histórica.

Del pasado reciente -años treinta, cuarenta, cincuenta del pasado siglo- se han conservado algunos ejemplos de arquitectura Art Déco -edificio Miami en la Ashford- mientras que el Parque Sixto Escobar y el Hotel Normandie continúan en peligro inminente de demolición. De nuevo, los criterios de una memoria que no sea solo historicista también admitirían la conservación de obras arquitectónicas de un pasado reciente y que aún tienen, para muchos de los vivos, aunque ciertamente ancianos, gran valor sentimental. Un poco en esta categoría, aunque no del todo, por su intrínseco valor arquitectónico, está la casa del arquitecto Henry Klumb en el Barrio Sabana Llana de Río Piedras, estructura casi abandonada por la Universidad de Puerto Rico antes de María y de suerte incierta después del huracán.

Ya iba a demolerse la hermosa “concha” del hotel del mismo nombre cuando el Colegio de Arquitectos la rescató. Esa estructura, donde hoy se encuentra el restaurante Perla, fue una edificación innovadora en su momento, de las primeras en Latinoamérica en diseñar moldes para un novel vaciado de concreto, que resultara en una forma orgánica y a la vez matemáticamente exacta, como la de una concha marina. El joven artista y arquitecto Rafael Villamil trabajó en ese proyecto después de un corto aprendizaje en el taller de Henry Klumb, cuyo extraordinario diseño para el Hotel La Rada, en ese mismo Condado que se creó en los cincuenta y sesenta, no ha tenido tanta suerte, desfigurado como permanece por las fachadas de quincalla turística que abundan en ese sector de la ciudad.

El Zipperle fue un restaurante inaugurado en 1950, bajo los auspicios de Fomento Industrial. Mi generación lo conoció en la infancia y también lo disfrutamos en la madurez. Si su arquitectura no fue tan meritoria como para merecer conservación, ciertamente lo serían sus vitrales, obras maestras del vitralista Arnaldo “Fray Marcolino” Maas, sacerdote dominico de origen holandés que las diseñó y forjó, a fines de los cuarenta y en el primer lustro de la década siguiente. ¿Se conservaron esos vitrales? ¿Fueron vendidos al mejor postor? ¿Los rescató el Instituto de Cultura Puertorriqueña? Quizás el pasado reciente no sea asunto para tan venerable institución, mucho menos cuando la barra del lugar testimonió tertulias etílicas y también los encuentros de músicos y artistas -dada su cercanía al antiguo Conservatorio de Música- como el maestro Roselín Pabón y el compositor Ernesto Cordero.

Los vitrales de la barra y el comedor exaltaban la euforia de la bebida y el convite a la manera de la Carmina Burana; en algún capítulo de mi novela juvenil Cartagena aparece descrito uno de esos vitrales, quizás el más notable, el del monje borracho, allí soñando con la etiqueta del Est Est Est o el Lacryma Christi. Siempre que me fijaba en ese vitral recordaba al padre Antonio González O.P., otro dominico genial de aquella década en que se transformó Puerto Rico.

Crimen notorio bajo la vigilancia del ICP fue la demolición de los murales de Antonio Torres Martinó y Lorenzo Homar en la piscina olímpica inaugurada para los Juegos Centroamericanos de 1966. ¿Qué destino corrió el mural de Julio Rosado del Valle en el segundo nivel del Caribe Hilton? Esperemos que la restauración de los monumentales mosaicos marinos del artista cubano Cundo Bermúdez, en la fachada lateral del Edificio Caribe, se hagan antes de la llegada de otro huracán María.

¿Con quién es esta vez la pendencia ideológica? ¿Será con los años de la fundación del Estado Libre Asociado y Fomento Industrial, insinuándose así un revisionismo histórico criminal? No lo creo. No hay fervor ideológico sino crasa indiferencia, olvido que se origina en la ignorancia, o en la estupidez de una sociedad que reniega continuamente de su historia, la grande y la más sentimental, la que se escribe con H mayúscula y también la conocida como “intrahistoria”.

Hace algunos años le pregunté al poeta mexicano Hugo Gutiérrez Vega qué fue de la conservación del Hotel Casino de la Selva en Guadalajara, lugar en que comienza una de las más grandes novelas del Siglo XX, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Me dijo que fue demolido y en su lugar se construyó un Costco. (Menos mal que de ese hotel todavía conservo un cenicero en barro.) En el sitio de El Zipperle y sus vitrales nos amenazan con construir un Popeyes. Y de ese lugar ya solo nos quedarán recuerdos.

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