Arturo Massol Deyá

Punto de vista

Por Arturo Massol Deyá
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En alto riesgo el pulmón de la Tierra

Ardió el Museo Nacional de Brasil. Igual destino corrió la Catedral de Notre Dame en París. Desde la distancia, miramos perplejos haciendo nuestro el sufrimiento por la pérdida irremediable del patrimonio cultural de la Humanidad. Los adinerados no esperaron para competir por quién daría más para su reconstrucción. Hoy arde la Amazonía brasileña como viene ardiendo por días, semanas, años y décadas ante ojos de indiferencia. Sí, por mucho tiempo los incendios forestales intencionales son la ruta al “desarrollo” de la selva para convertirla en pastizales para ganadería, siembras de soya y monocultivos o para explotar su petróleo, oro y demás minerales.

El llamado pulmón del planeta está al acecho, y tras desregulaciones ambientales del presidente Bolsonaro, Brasil arde con más intensidad, alcanzando cifras históricas de 72,000 incendios forestales en lo que va de año, 84% más que el año pasado. Un nuevo incendio cada minuto. No solo incide la degeneración de políticas públicas de conservación, sino que reina la impunidad ambiental. Peor aún, después de Colombia, Brasil es el estado latinoamericano con más asesinatos de defensores del ambiente en el 2018. 

Mientras la Amazonía produce el 20% del oxígeno global, el capitalismo salvaje ha reclamado 17% de su paisaje, hogar de sobre 5 millones de especies de plantas, animales e insectos, y ni hablar de otras formas de vida. Otras tantas aves migratorias simplemente requieren hacer parada en la zona como parte de su ciclo de vida. Es impresionante: casi la mitad de la biodiversidad global vive o hacía vida allí. Con su extinción de los últimos años, miles de especies han pasado al récord fósil. Otras miles, críticamente amenazadas con el cambio climático, están en el umbral de su desaparición. La extinción es irreversible. O sea, es para siempre, lo que representa pérdida de riqueza natural. 

Cuando el museo o la catedral ardían bajo intensas llamas, se consumía lo que distingue a nuestra especie de otras formas de vida. Sin embargo, cuando el Amazonas arde se consume lo que distingue a este planeta del resto de los planetas de este universo de universos. Arde la biodiversidad como arden las tribus indígenas que han hecho hogar armonioso allí. La muerte violenta es causada por la avaricia y un modelo de explotación de los recursos naturales sin ética ecológica. Bochornosamente, ocurre ante la mirada silente de muchos que dicen alabar la creación y no hacen nada por proteger el ambiente.

Con solo un 3% de la superficie terrestre ocupada por bosques tropicales, Puerto Rico tiene su cuota, también al acecho de incendios provocados para simplemente ver arder el paisaje. Lo sufrimos en el Bosque del Pueblo años atrás, lo sufre el Bosque Seco de Guánica anualmente ante criminales que carecen de perspectiva ecológica. El “desarrollo” acá es destrozar las costas, los humedales y nuestras áreas naturales. 

A semejante suicidio del mercado, la naturaleza pasa sin misericordia sus cuotas, como lamentablemente queda evidenciado con la erosión costera en Ocean Park, Vega Baja y Rincón. Somos islas y el cambio climático cobrará la deuda global sin procesos de corte o leyes terrenales de quiebra. 

Si no armonizamos nuestra existencia con fuertes medidas de conservación y luchamos para cambiar el modelo actual de explotación ambiental; si no construimos un futuro sustentable atendiendo la pobreza y las desigualdades, la colonia, la estadidad o la independencia serán destinos sin sentido. No estamos en Brasil pero tampoco estamos a salvo. Tenemos la responsabilidad planetaria de cumplir con nuestra cuota de protección ambiental. Las plegarias son completamente insuficientes. Hay que tomar acción. 


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Brasil arde con más intensidad, alcanzando cifras históricas de 72,000 incendios forestales en lo que va de año, 84% más que el año pasado. Un nuevo incendio cada minuto

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