Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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En cinco años

La misma semana de los disturbios y encontronazos violentos ocurridos en Charlottesville, Virginia, nuestro gobernador, Rosselló el breve, anunció que la estadidad nos llegaría, por obra y gracia de los tiempos que corren, dentro de cinco años. Y uno se pregunta en qué demontres estaría pensando cuando dijo esto, es decir, si se trata de perversidad o inocencia, o una mezcla de ambas sazonada con esa confianza y creencia cósmica que los penepés tienen en la ciudadanía americana. Basta tenerla para hacernos acreedores del derecho absoluto de convertirnos en estado, no empece la quiebra fiscal en que se encuentra el país y la ola reciente de racismo y xenofobia que ha traído el Trumpismo.

Charlottesville ha colocado a la unión de estados camino a la prueba más importante de su sistema político y constitucional desde los años sesenta y la lucha por los derechos civiles. Ya no se trata de la erosión de los partidos políticos tradicionales y la proliferación de tendencias dentro de los mismos —liberales o conservadores, globalistas o aislacionistas, republicanos Tea Party o demócratas de izquierda, socialistas a la Bernie Sanders—, sino que testimoniamos una desunión en el tejido social de la nación norteamericana, división fratricida que manifiesta una profunda problemática de identidad cultural y racial. En medio de este agónico repaso de su propio perfil como nación, a estos insensatos del penepé —con su pueril visión pueblerina— se les antoja pensar en la posibilidad casi inminente de la estadidad para Puerto Rico. En vez de bajar la cabeza, conseguir bajo perfil, en lo que cesan las pedradas, el Ricky decidió guapearse, sacar pecho y dar cara con el tema de la incorporación definitiva, y final. Cuando la Casa Grande del Imperio está en desorden y los agraviados sitian el balcón y las galerías, hay que saber colarse por la cocina, habrá pensado él, supongo, y de la manera más jaiba y oportunista, vana ilusión.

En los Estados Unidos existen alrededor —según estadísticas del FBI— de novecientos grupos de odio, “hate groups”. Los jóvenes que marcharon vociferando consignas nazis por el campus de la Universidad de Virginia, contra judíos y un “you” que suponemos incluiría a todos los afroamericanos y “latinos”, tendrán mucho que decir sobre la anexión a la unión norteamericana de un estado hispano. Como reacción visceral a la elección de un presidente negro por dos términos, los nacionalistas y racistas, sacados a pasear por la campaña de Trump y sus ejecutorias xenófobas desde la Casa Blanca, hoy en día conforman un sector vociferante y decisivo de la base política del Partido Republicano. El indulto reciente del sheriff Joe Arpaio de Arizona va dirigido a congraciarse con ese sector racista y xenófobo, a la derecha del llamado Tea Party o “Freedom Caucus”, obsesionado con los emigrantes latinos, no importa que ostenten la ciudadanía norteamericana, como los nuestros.

Para empezar, la inútil reacción del sector liberal será el intento por desmantelar los 1,500 monumentos dedicados a los combatientes y generales confederados. Quizás Ricky Rosselló haya pensado que parte de la contraofensiva liberal, que ya no es otra cosa que una asordinada guerra civil, debe ser la petición de estadidad para Puerto Rico. Así como la esclavitud fue la justificación del conflicto entre los estados del Sur y del Norte en la Guerra Civil Americana —la guerra más grande y cruenta que ha conocido América—, la petición de estadidad por los puertorriqueños podría convertirse en la justa y necesaria causa de demócratas y liberales contra la reacción republicana. Si la anterior Guerra Civil se libró para abolir la esclavitud, ésta se libraría para acabar con el colonialismo en Puerto Rico, habrá pensado nuestro Ricky, y justo en cinco años, el plazo de aquella otra guerra.

Ahora que los Estados Unidos va camino a una autocracia como la de Maduro en Venezuela, quizás sea el momento para proclamar nuestra identidad latinoamericana, validándonos con caciques y jefes testiculares como Romero Barceló y Rivera Schatz. A Maduro no le han dado el golpe de estado definitivo, aun cuando los generales manden —sobre todo en lo tocante a la corrupción—, y se conserve cierta fachada civilista. En Estados Unidos la estabilidad del imperio, esa racionalidad y sensatez mínima para que no comiencen a volar los cohetes intercontinentales y tácticos, reside, hoy por hoy, en los generales Kelly, Mattis y McMaster. Ese triunvirato casi golpista gobierna, mediante lo que podríamos considerar como un residenciamiento “de facto”, en todo lo tocante a la política exterior norteamericana, la más importante del mundo.

Por otra parte, queda en manos de un Congreso y un presidente incompetente atender esa política doméstica, cada vez más marcada por una crisis de identidad en la que no estamos llamados a participar, justo por estar en bancarrota y excesivamente visibles, por la emigración masiva de los nuestros, ante los prejuicios ancestrales del “White America”.

Resulta irónico cómo la historia vuelve a darle razón al Estado Libre Asociado; este sirve no solo como refugio de nuestra patética irresolución centenaria, y conflictos de identidad coloniales, sino también de los irreconciliables odios y las luchas culturales que aquejan a nuestros conciudadanos del Norte.

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sábado, 7 de octubre de 2017

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