Amílcar Matos Moreno

Punto de vista

Por Amílcar Matos Moreno
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En cuarentena por nuestros viejos: separados, pero no desconectados

Vivimos momentos de mucha incertidumbre ante la pandemia de COVID-19 que acapara nuestro diario vivir. Según la Organización Mundial de la Salud (WHO por sus siglas en inglés) para el 21 de marzo de 2020, cerca de 287,326 personas han contraído el COVID-19 y 11,893 fallecido a causa de sus síntomas. Hemos visto como, a nivel mundial, son los adultos mayores los que más han experimentado las peores complicaciones asociadas a este virus. 

Italia hoy está en la prensa por experimentar la mayor cantidad de muertos debido a este virus. Se estima que un 87% eran adultos mayores. Puerto Rico tiene una población de adultos mayores parecida a la italiana, estimada en 20.4% de la población total. Como epidemiólogo, estos estimados demográficos sirven como factor de preocupación, ya que podríamos experimentar una situación similar a la italiana, de no tomar medidas preventivas. El momento para tomar acción es ahora.  

Existen características sociales que podrían exponernos a una situación de salud más precaria que la italiana. El 40% de nuestros adultos mayores se encuentra bajo el nivel de pobreza. La mayoría depende del plan médico público. Cerca del 49% reportan alguna discapacidad física. El 30% viven solos y sin apoyo físico de algún familiar. Más aún, la gran mayoría de los adultos mayores tienen alguna condición preexistente como diabetes, hipertensión, asma, entre otras, que aumentan su riesgo de mortalidad por COVID-19. Estos estimados hacen evidentes las dificultades específicas que podría tener esta generación en una situación de emergencia. También ejemplifican la necesidad de apoyo de familiares en momentos de enfermedad. 

La mayoría de los adultos mayores puertorriqueños cuentan con menos de $1,100 al mes para subsistir. Ante este presupuesto ya limitado, las dificultades y limitaciones de una cuarentena crean una situación precaria. Aquí reside la importancia de la comunidad y el apoyo social que podemos brindar desde el aislamiento. Aunque reducir el contacto físico es imperativo, no debemos distanciarnos como comunidad. El apoyo social es instrumental. Podemos asistir en tareas necesarias tales como hacer compra y ayudar en recogido de medicamentos. 

Pero no nos limitemos al apoyo físico. El apoyo psicológico es esencial para minimizar la incidencia de la tensión, la ansiedad, la depresión y otras condiciones mentales. Estas pueden desembocar en un sistema inmunológico más débil y propenso al COVID-19. La experiencia del huracán María y los sismos de este año nos ha enseñado a los salubristas que la salud mental ante un evento imprevisto es tan o más importante que la salud física. 

Es importante que sepan que no están solos, y que pueden contar con su comunidad.

Por el bien de nuestra población mayor, actuemos como si todos fuésemos portadores del virus. Si alguien en casa presenta síntomas relacionados, toda la familia debe aislarse. Tengamos presentes a nuestros familiares y vecinos mayores, y démosles el apoyo necesario. En esta época de cuarentena, la separación física debe ser balanceada por la unión en comunidad. Todo por nuestro país y por nuestros “viejos”.  


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