Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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Enero: una entrevista

Los puertorriqueños le han declarado la guerra al mes de enero. Pero no es la primera vez que un pueblo vitupera algún mes. Mucho antes que los puertorriqueños, los romanos lo increparon, pero con el decoro obligatorio de la espada de los césares. El primero en entrevistarlo fue el poeta Ovidio, y en sus “Fastos” llamó al primer mes: Jano bicéfalo. No era del todo un insulto, pues el mes nació en el año 713 a.C. bajo el mando del rey Numa Pompilio, en honor a Jano: el dios de dos caras, el dios de las puertas, del pasado y el futuro, el que tiene una cara mirando al principio y otra al final. 

Giacomo Leopardi, poeta de retamas y montañas, también entrevistó a enero, y a sus dos caras las convirtió en personajes: un vendedor y un transeúnte. En su famoso, “Diálogo entre un vendedor de calendarios y un transeúnte”, Leopardi se sacude el fácil pesimismo filosófico con el que batalló y, sin querer, formó parte. Preocupado por las posibilidades del nuevo año, un transeúnte le pregunta al vendedor de calendarios si cree que el año próximo será mejor que el anterior. La respuesta del vendedor puede sonar publicista, pero prefiero pensarla tierna: “La vida bella no es la que se conoce, sino la que no se conoce”.

Menos optimista tal vez, hace veinte años Claudio Magris intuyó que las dos caras de enero se mueven al ritmo de un baile de máscaras entre la utopía y el desencanto. Utopía entendida como el no olvido de las víctimas anónimas, como arca bíblica que nos recuerda que la felicidad acarrea violencias. Desencanto entendido como una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza, que ahuyenta los argumentos fáciles de la regresión, y nos fuerza a asumir la contradicción con rima asonante.    

Pero los puertorriqueños quieren que enero renuncie. ¿Victimismo, olvido, negación, chivo expiatorio, odio, dramatismo, changuería? Al parecer, enero se ha vuelto impredecible y la acumulación es innegable: una familia masacrada, terremotos -o para ser técnicos una secuencia sísmica, refugiados, derrumbes, dos meteoritos -si es que la basura espacial cuenta como uno, casi una veintena de almacenes con comida y suministros escondidos desde el tiempo de María, corrupción, marchas, bajas en el gabinete del gobierno, amenaza de pandemia en el aeropuerto; solo por hacer un resumen ajustado y local. Puede que la petición de los puertorriqueños haya dejado en ridículo las preguntas que Ovidio le lanzó a enero: “¿Por qué comienzas con frío y qué significado tienen los dátiles y los higos arrugados?”

Por suerte, enero no se ofende con facilidad, al menos no como lo hizo el Tiempo en “Alicia en el país de las maravillas”. En el capítulo siete, Alicia se sienta a la mesa con el Sombrerero y la Liebre de Marzo a beber té y a conversar. El Sombrerero dice que una vez se peleó con el Tiempo porque le exigió resultados inmediatos y, desde entonces, su reloj de bolsillo está atrasado y sus días se repiten. 

Menos mal que enero tiene más clase y porte. Entre el usurero diciembre y el cojo febrero, enero oscila entre lo clásico y lo vulgar: “januario” o “janero” según la clase de latín. Por eso, para Gabriel García Márquez, enero aún tiene el prestigio de cierta rima en español, pues abril rima con toronjil, mayo con caballo y rayo, agosto con el alto costo del mosto, y octubre con descubre. Julio es caro porque rima con peculio, marzo es barato porque suena a zarzo, pero enero gusta a los poetas porque suena a corto aguacero. 

A preguntas de este diario, enero se mostró sorprendido que los puertorriqueños despidieran el año 2020 otra vez, porque hace apenas treinta días tuvo que aguantar la peste celestial de los fuegos artificiales y las balas al aire. Según fuentes que este diario no revelará, enero estará hasta marzo tomando un curso de apocalipsis práctico. Sus dos maestros, Carlos Monsiváis y Juan Villoro, le dirán, en tono sociológico, que el “postapocalipsis” es nuestro mejor drama, y que consiste en hacernos los héroes: “Estuvo duro, pero la libramos”. Martín Caparrós, por su parte, le dirá que “lo mejor de los apocalipsis es que nunca suceden”, y que eso nos permite imaginar nuevos y más poéticos finales del mundo.  


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