Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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En la tumba de José Luis González

(En ocasión de la celebración de la Fiesta de la Lengua en la Universidad del Turabo, 21 de abril de 2016).

Los escritores puertorriqueños a veces nos convertimos en cantidades exclusivamente sonoras, renombres que evocan alguna que otra lectura aunque pocas veces la totalidad de una obra.

Recuerdo cómo en una actividad aquella profesora de español me presentó a los estudiantes como el autor de la novela El entierro de Cortijo. A eso me refiero, es decir, a la vaguedad unida a la pereza. El entierro de Cortijo se había convertido en rumor, una referencia flotando en la indiferencia. La profesora se había equivocado de género. Era difícil concebir cómo aquella maestra de español desconocía que mi libro El entierro de Cortijo no era novela sino crónica, y, además, bastante notoria hacia aquellos años.

Cuando hablemos de René Marqués esa cantidad sonora, la fama de oídas, ya se volverá todavía más borrosa, quizás hasta cumplirse únicamente en el recuerdo de La carreta; habrá alguien que la evoque, con todas las admiraciones posibles, como una “novela”. La guaracha del macho Camacho aún conserva sus mejores perfiles, pero ha cumplido, esa merecida fama del libro, el infortunio de haber convertido a su autor en “leyenda”, que es un poco la premonición del olvido, porque, en última instancia, un escritor solo pretende que lo lean.

Existe otro tipo de consagración, y esa es la del escritor llamado “clásico”, a la manera del Aschenbach de Muerte en Venecia. Thomas Mann aludía a ese clasicismo que había logrado Aschenbach en su carrera literaria, lo cual le posibilitaba ser manoseado en la lectura por los niños, ser apreciado por los adultos y releído por los viejos, justo lo que supuestamente El Quijote es capaz de provocar en los lectores.

Evoco ese clasicismo cuando recuerdo la figura literaria de José Luis González. Fue un escritor con los equilibrios y discreción de escritura que lo mismo posibilitan la inclusión curricular que la placentera lectura solitaria, o la incitación al debate y la polémica. Su obra no rehuía describir lo trágico, lo patético, como en el cuento La carta, pero tampoco —sobre todo en la segunda parte de su producción— se desligaba de ese sentido del humor y de la compasión con que identificamos a los autores clásicos. Su cuento tardío El oído de Dios es revelación de un significado que se ocupa de lo más profundo de la existencia humana. En el cuento de su madurez, La noche que volvimos a ser gente, reconocemos esa compasión, matizada por una mansa ironía, hacia lo que fue su más urgente y anhelante, a veces disputada y otras veces renegada pasión, es decir, su deseo de entender al pueblo puertorriqueño, con su contradictoria trayectoria y sus a veces incomprensibles vicisitudes.

Fue por todo esto que en el camino a este cementerio, a enterrar a José Luis, hace veinte años, se me alegró lo que, de otra manera, hubiese sido la despedida definitiva del amigo al olvido. Niños de todas las escuelas de San Lorenzo salían con pancartas a saludar el paso fúnebre del escritor, escena que lo habría alegrado y justificado. Estaban a la orilla de la carretera y en esas pancartas tenían escritos los títulos de los principales cuentos, ensayos y novelas de José Luis González. Parecía que era un escritor en la apoteosis de un reconocimiento amplio, nacional, que ya lo encumbraría, precisamente, al sitial de “clásico” indiscutible de la literatura puertorriqueña. En aquella escena camino al cementerio vi una esperanza.

Ahora bien, como siempre ocurre en mí, esa esperanza contenía la sombra de una duda: ¿Cuántos de esos estudiantes con las pancartas se convertirían en lectores? ¿Cuántos siguieron leyendo en su vida adulta los cuentos de José Luis González, cuántos descubrirán en sus años otoñales El oído de Dios? ¿Cuántos de sus maestros de español, los mentores del proyecto de las pancartas, habrán hecho lo propio?

La literatura puertorriqueña necesita lectores; nuestra literatura deberá ser testimoniada como algo más que una obligación curricular. Solo de esta manera lograremos que nuestra futura convivencia sea más tolerante. La literatura nos abre a la posibilidad de lo conflictivo, de sus matices, a la posibilidad de entender y comprender en vez de juzgar. Esa lección es el fundamento de una visión nada ideológica del mundo, y que representa, justamente, la semilla de la tolerancia y la vida democrática. Pienso que la gran lección de José Luis González, en su desarrollo literario, fue eso, la consecución de una visión compleja sobre nosotros mismos, cada vez más dramática, eso sí, aunque sin el rencor ideológico o la intolerancia partidista. Eso lo convertiría en un autor “clásico” cuando la promesa de esos niños con las pancartas, la de convertirse en lectores apasionados, finalmente se cumpla.

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