Carlos Dalmau Ramírez

Punto de vista

Por Carlos Dalmau Ramírez
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Enmiendas electorales venenosas

Las leyes electorales no son las sagradas tablas de la ley.  Son normas pragmáticas dirigidas a garantizar un proceso de votación limpio, justo y confiable.  Es razonable que, de tiempo en tiempo, se enmienden estas leyes para atemperarlas a nuevas realidades.  Pero cuando los cambios al sistema electoral se imponen a porrazos por la mayoría y en atropello de las minorías, entramos en una zona peligrosa para nuestra ya golpeada democracia.  

En temas electorales aplica aquello de la mujer del César:  no basta ser bueno, hay que parecerlo.  El problema de umbral con la reforma electoral que considera la mayoría senatorial es que se ve mal y ha excluido a las minorías.  De aprobarse, su efecto puede ser mucho peor de lo que parece a simple vista.  Una vez se quiebra la confianza en el sistema, el camino de regreso es muy arduo.   En Puerto Rico, la última crisis de confianza fue el episodio de Valencia durante las elecciones de 1980.  Eso generó cambios profundos al sistema, fundados en un proceso de consenso con las minorías.   Así nació la estructura legal que da vida a la Comisión Estatal de Elecciones. No es poca cosa que Puerto Rico logró, luego de mucho esfuerzo, restituir la confianza en su sistema electoral.  

Hay razones de peso para que la mayoría desista de imponer esta reforma electoral ahora.  La primera, y esta debería ser suficiente, es el repudio amplio y contundente de las minorías.  La mayoría se hace daño empujando una reforma que arroje dudas sobre confianza en su capacidad de ganar en buena lid.  Esto no es bueno para la mayoría, ni es bueno para nadie.

Por otro lado, este es el peor momento para impulsar una reforma como esta.  Un cambio en las reglas del juego, a estas alturas, con tan poco tiempo antes del año electoral, de por sí, genera gran suspicacia.  Al evaluar algunas medidas, como la del voto ausente, la suspicacia se convierte en fuerte sospecha de que las cartas del juego están marcadas.    

En un momento en que la imagen de Puerto Rico en Washington ha sido lacerada por los actos del gobierno en el pasado año, no necesitamos una ley electoral que, al menos en apariencia, refleja a un gobierno que busca cargar los topos, para perpetuarse en el poder.  Como he dicho arriba, en este tema no basta ser bueno, hay que parecerlo.  La narrativa de que en el gobierno de Puerto Rico no se puede confiar, porque no hace las cosas bien, no necesita más gasolina, ni ejemplos que la sustente. 

En fin, esta reforma electoral es veneno para Puerto Rico.  Lacera la confianza del ciudadano en su sistema electoral y arroja nuevas sombras sobre la imagen de Puerto Rico ante Washington.   A mi juicio, el liderato legislativo está a tiempo para rectificar y abrir un proceso mucho más inclusivo, respetuoso del parecer de las minorías y con aplicabilidaden el 2024.   Podría crecerse en este momento crucial.  Es mucho lo que está en juego, para todos. 

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