Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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En Puerto Rico seguimos con la casa sucia

Estábamos comenzando a sosegarnos como pueblo, cuando nos ha venido el sobresalto de una nueva ronda de acusaciones contra exfuncionarios y empresarios locales por un esquema de apropiación ilegal de fondos públicos y otras lides. Habíamos pasado por algo parecido cuando el fiscal Guillermo Gil desató en otros tiempos una campaña de procesamiento penal contra los Víctor Fajardo de la década de los 90, aquellos que esquilmaron cerca de tres millones de dólares que los llevó a todos a la cárcel.

En aquel momento, el fiscal dijo que la corrupción en Puerto Rico tenía “nombre y apellido”, lo que puso a rabiar a los que llevaban ese nombre sobrentendido, y a celebrar por dentro (y por fuera) a los que no. Y debió haber sido que con tanta celebración, los que no llevaban aquel nombre y apellido no se dieron cuenta de que la familia suya también se contagiaba y que el germen de la corrupción tiene sus mutaciones para volverse del color de los que gobiernan. Así fue como un día amanecimos con nuestros televisores mostrando las imágenes de los arrestos en el caso de Anaudi. Aunque el nombre y apellido de estos arrestados eran distintos a los mencionados por el fiscal Gil, los mamelucos chinita y nuestra vergüenza colectiva eran los mismos.

¿Qué es, que se percibieron inmunes? ¿Creyeron que las autoridades federales, por estar ofuscadas con “los del otro nombre y apellido”, no tendrían interés ni tiempo para fijarse en lo que ellos hacían? Pero se fijaron. Y de qué modo. El escándalo de los casos de Anaudi Hernández nos sacudió como pueblo. Creímos que los que vinieran detrás, los funcionarios y empleados del servicio público que se desempeñaran en épocas posteriores a los 90, habrían aprendido la lección; que no sucumbirían a la tentación del “guiso fácil” —para tomar prestada la frase de la canción de Pedro Navaja—, y que abandonarían todo intento de hacer suyo lo ajeno, que más que ajeno es de todos nosotros. Pensábamos que los procesos penales federales y las sentencias asociadas a los corruptos de aquella década tendrían un valor ejemplarizante y constituirían suficiente disuasivo para que los de ahora anduvieran derechitos. Mas, otra vez nos hemos dado de bruces.

El miércoles pasado, hemos visto de nuevo a la fiscal federal anunciar con rostro sombrío este nuevo esquema delictivo en el Departamento de Recreación y Deportes. El relato que contiene la acusación pertenece al género de la novela negra, con la diferencia de que, por no tratarse realmente de un relato de ficción, nos lastima. Diez millones de dólares, tres veces la cantidad de los casos de Anaudi. Dinero que debió haberse invertido en los meritorios programas de ese departamento para bien de nuestros niños y jóvenes, y que la fiscal se propone probar que fueron a parar a los bolsillos de unas cuantas personas y a las arcas de una entidad política.

Y si lo del miércoles conmocionó al país, lo del jueves casi nos derriba. La presidenta del Panel del FEI anuncia que la próxima semana sus fiscales habrán de presentar acusaciones por delitos graves contra el expresidente de la Cámara de Representantes durante la pasada administración presuntamente por corrupción. Y casi simultáneamente, a tiempo para salir en los noticiarios de la tarde, el secretario de la Gobernación informa de la destitución del jefe de la Autoridad Marítima de Transportes por otro esquema indecoroso de corrupción que involucra otros tres millones de dólares.

Es como para no dormir. Continuamos con la casa sucia y no sabemos qué hacer. Sí sabemos que no es cuestión de más leyes, porque leyes tenemos y bastantes. Hemos legislado condenas más severas y para eliminar la probatoria en ciertos casos de corrupción. Pero los corruptos no se detienen. La clave tendrá que ser en mejorar las técnicas y estrategias para el descubrimiento de la conducta del corrupto y promover el procesamiento más vigoroso del delito. Los que están en el negocio de robarnos los fondos públicos es porque apuestan a que no serán atrapados. Y, en verdad, casi siempre ganan.

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