María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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¿En qué invertimos nuestras resistencias?

El poder no se refiere a un objeto, a un lugar o alguna cosa que está fuera de nosotros mismos y de nuestra cotidianidad. Está en mí y está en los otros. No lo sentimos o reconocemos entre nosotros, pero responde a nuestro ser y estado de humanidad. Lo utilizamos constantemente para imponer nuestras ideas, los objetivos que buscamos alcanzar o para obtener todo tipo de beneficios o privilegios.

“El poder está en todas partes”, dijo Michael Foucault en su amplio y complejo estudio sobre el concepto. O como explica Fernando Mires: “el poder es relacional y no autoreferente, es decir, siempre existe en relación con alguien o con algo”. Hal Saunders lo vivió a través de su experiencia en la diplomacia y lo consignó en su libro Power is About Relationship.

Destaco estas brevísimas referencias para traer a discusión que todos vivimos entre fuerzas que luchan por el poder; desde las familiares, hasta las planetarias. Buscamos prevalecer, dominar, sobrevivir, convivir o compartir en un espacio o momento.

En tiempos pasados, algunos pensaron que se heredaba, como en las monarquías. Otros lo entendieron como un asunto divino; algo que algún dios ungió a seres escogidos. La modernidad esclareció hace tres siglos que se trataba más de una lucha entre grupos, partidos, clases sociales y gobernantes, por decir algunos; para influenciar, argumentar, convencer y movilizar personas hacia la delegación en ellos de sus poderes conjuntos, para permanecer como representantes ante las decisiones que todos necesitan atender para vivir: la seguridad, la propiedad, los derechos, la vida misma. De ahí nacieron las propuestas de la democracia representativa, el sistema republicano que conocemos, con sus poderes y sus reglas de juego. El asunto de fondo siempre quedó igual: nos relacionamos con el objetivo de decidir, unos sobre otros, el destino de los asuntos humanos.

Acceder a tal nivel de influencia requiere reconocer el nivel y la calidad de las relaciones que hemos logrado y que vamos trabajando cada día.

En Puerto Rico, mucha gente piensa que el asunto del poder es sólo un asunto de Estado. Peor, lo reducen a un asunto de partidos políticos. Algunos otros, adjudican su sola influencia a los mercados o “los grandes intereses”. No se reconocen como entes de poder o de influencia, se sienten “despolitizados” y sin capacidad de cambio, porque han convertido el poder en cosa; la llamada cosificación del poder. Quizá por esto y sin darse cuenta, inviertan sus días y horas útiles ejerciendo su poder en imponerse en sus parejas, en los hijos, en compañeros de trabajo o contra el ambiente. Muchas veces, dedican esa fuerza vital derrotando cada proyecto de vida, cada derecho humano; impidiendo en concierto de voces hacia un derrotero común. Es un poder pequeño que les hace sentirse poderosos en lo pequeño, pero es suicida. Todos contra todos y nadie a favor de nadie.

De Foucault se me quedó siempre su cita de que “Donde hay poder hay resistencia”, describiendo que para que el poder se ejerciera, alguien debía reconocerlo de alguna manera y responder en manera contraria.

La pregunta para nosotros ahora es ¿en qué estamos invirtiendo nuestras resistencias? ¿en combatir lo que nos destruye o destruir lo que nos fortalece? Imagine que decidimos resistir en una sola fuerza, como lo hizo India para liberarse del colonialismo inglés; o como hizo la ciudadanía de los países escandinavos para coronarse como los más democráticos. Resistieron a la tentación de excluirse y destruirse entre ellos para ganar poder para su pueblo. ¿O nos resistimos a cambiar?

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